Salí a la calle. Tenía cosas que hacer: y ya se sabe que el mundo de la fantasía impone deberes insoslayables. Ir al Banco, por ejemplo; a perdidas y remotas oficinas públicas, incluso. Me recibieron un sol tan cercano que parecía incendiarlo todo… y la luz de febrero, que cae inclinada y algo más suave por las tardes, anunciando el paso de los días, la cercanía del otoño. Una enana ciega se abrió paso entre la multitud de la peatonal, haciendo ruido con su bastón. Lloró un niño. Las pilas de sandalias plásticas de los vendedores de la calle me gritaron ¡Verde!, ¡Azul!, ¡Celeste!, ¡Lila!, ¡Rosa!, ¡Amarillo!, mientraspasaba sin mirarlas, como haciéndome la tonta. Chicos y chicas de uniforme aprobaron y desaprobaron examanes, rieron, lloraron, se besaron en los umbrales de las casas. “¡Ayúdenme, por favor!”, gritaba una y otra vez la mujer con niño que vende hilos y agujas en la puerta del café tan “city”. Corrí del Centro al Sur, y del Sur a casa:que también está en el mundo, aunque no tanto.