1 de Mayo: un homenaje

1 May
  
  
  
  En una esquina vió Karl un cartel con el siguiente texto: 
¡En el hipódromo de Clayton se contratará hoy, desde las seis de la mañana hasta la medianoche, personal para el Teatro de Oklahoma!.¡Os llama el gran Teatro de Oklahoma!.
  ¡Y llama sólo hoy, sólo una vez!. ¡El que ahora pierda la oportunidad, la perderá para siempre!. ¡El que piensa en su futuro es de los nuestros!. ¡Todos serán bienvenidos!. ¡El que quiera hacerse artista, preséntese!. ¡Este es el Teatro que está en condiciones de emplear a cualquiera! ¡Cada cual tendrá su puesto! ¡Felicitaciones anticipadamente a todo el que se decida!. ¡Pero daos prisa a fin de que seáis atendidos antes de la medianoche! ¡A las doce cerramos todo y ya no volvemos a abrir!. ¡Maldito sea el que no nos crea!. ¡Adelante, a Clayton!.
  Había bastante gente delante del cartel, pero el interés que provocaba no parecía grande. ¡Había tantos carteles!, ya nadie creía lo que los carteles decían. Y ése era aún más inverosímil que lo que suelen ser generalmente los carteles. Ante todo tenía un grave defecto: no se leía en él ni una sola palabra acerca de la paga. Por poco digna de mención que hubiese sido, el cartel se habría referido a ella sin duda; no habría olvidado el elemento más tentador. Nadie quería hacerse artista y, en cambio, todo el mundo deseaba que le pagasen por su trabajo.
   No obstante, el cartel implicaba para Karl una gran tentación. “¡Todos serán bienvenidos!” decía. Todos, de manera que también Karl. Sería olvidado todo lo que hasta aquel momento había hecho, nadie pensaría en reprochárselo. Allí podía él presentarse y solicitar un trabajo que no era ninguna vergüenza, sino al contrario, ya que era uno invitado públicamente a hacerse cargo de él. Y además, de la misma manera, es decir, públicamente, allí se hacía la promesa de que también a él se le acogería. Él no pedía nada mejor; estaba deseoso de encontrar por fin el comienzo de una carrera decente y allí quizá se le ofrecía.  Aunque fuese falso todo lo grandilocuente que había en aquel cartel, aunque el gran teatro de Oklahoma no fuese más que un pequeño circo ambulante, el caso era que estaba dispuesto a tomar gente, y eso bastaba.
   Karl no perdió tiempo en leer el cartel dos veces; sólo buscó una vez más esa frase: “¡Todos serán bienvenidos!”
   Pensó primeramente en ir hasta Clayton a pie, pero eso le habría llevado tres horas de marcha esforzada y luego, posiblemente, habría llegado justo a tiempo para enterarse de que ya habían sido ocupadas todas las vacantes. 
   De acuerdo con el cartel, el número de los que serían admitidos era ciertamente ilimitado, pero de esta suerte, redactábanse siempre todas las ofertas similares de empleos. Karl se dió cuenta de que debía renunciar al puesto o tomar un vehículo. Volvió a contar su dinero: sin ese viaje, le habría alcanzado para ocho días; sobre la palma extendida movía las moneditas de un lado para otro. Un señor que lo observaba le dió unas palmaditas en el hombro, diciendo: ¡Feliz viaje a Clayton!. Karl meneó la cabeza sin decir nada y siguió calculando. Mas se decidió de pronto, apartó el dinero necesario para el viaje y fue corriendo a la estación del tren subterráneo.
  Cuando descendió en Clayton, oyó enseguida el sonido de muchas trompetas. Era un sonido confuso, las trompetas no estaban afinadas una con otra y se las tocaba inconsideradamente. Este hecho no molestó a Karl, antes bien le confirmaba que el Teatro de Oklahoma era realmente una gran empresa. Pero cuando salió de la estación y vió ante sus ojos toda la planta instalada se dió cuenta de que todo aquello era más grande aún que lo que de cualquier manera hubiese podido pensar, y no comprendía cómo podía hacer tales inversiones una empresa con el solo fin de conseguir personal…
  Delante de la entrada del hipódromo habíase construido una tarima, alargada y baja, sobre la cual centenares de mujeres -vestidas de ángeles, con telas blancas y grandes alas a la espalda- tocaban largas y refulgentes trompetas doradas. Mas no estaban ellas precisamente sobre la tarina, sino que cada una ocupaba un pedestal que empero no era visible, ya que las largas telas flameantes de la vestimenta angélica lo recubrían por completo. Ahora bien, como los pedestales eran muy altos, tenían quizá hasta dos metros de altura, las figuras de las mujeres parecían gigantescas y sólo sus pequeñas cabezas disminuían un tanto aquella impresión de grandeza. También sus cabelleras sueltas colgaban a los costados demasiado cortas, casi ridículas, entre las grandes alas. A fin de que no se produjera monotonía alguna habían utilizado pedestales de los más divesos tamaños; había, pues, mujeres bajísimas y otras no mucho más altas que de tamaño natural, pero junto a ellas elevábanse otras mujeres a tales alturas que uno creía que peligraban con la menor ráfaga. Y bien: todas aquellas mujeres estaban tocando.
   No había muchos oyentes. Pequeños en comparación con las grandes figuras, paseábanse ante la tarima unos diez muchachos que elevaban las miradas hacia las mujeres…
 
 
Franz Kafka, Amerika; Cap. VIII “El gran Teatro Integral de Oklahoma”
Alianza Editorial. Trad. de D.J. Vogelmann
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