El Crepúsculo de los Dioses. El fin del mundo y su renacer…

9 Ene
 
  
         Los germanos no creían que el Universo fuese eterno, ni tampoco que lo fuesen los dioses, que estaban sujetos, como los mortales, a una lucha incesante contra unos enemigos notables por su astucia y su maldad.
      Para conservar su ascendiente sobre los genios tuvieron que estar constantemente alerta; uno de ellos, Heimdall, fue investido de la misión de vigilar el puente Bifrost que daba acceso a Asgard. Sin embargo, a pesar de las precauciones que tomaron y de su probado valor guerrero, los Ases terminaron por sucumbir a los golpes de sus enemigos, arrastrando en su caída al universo entero, que tenía en ellos su más firme protección y sostén.
        Esta imponente catástrofe, relatada con dramática concisión en uno de los más hermosos poemas del Edda llamado la “Veluspa”, es conocida como “El Crepúsculo de los Dioses” o Ragna Rokkr…
 
 
 
    En la aurora de los tiempos, los dioses vivieron en sus palacios de Asgard una vida apacible e industriosa, realizando para su solaz, ciertos trabajos, como levantar templos, edificar altares, fabricar objetos de oro y construir herramientas valiéndose del yunque, o divirtiéndose con juegos como el de las damas. Si hubieran sabido contener sus pasiones, este feliz período de paz hubiese durado indefinidamente; pero con sus crímenes atrajeron sobre sí los golpes del destino. El día en que torturaron en Valhall a Gullveig, emisario de los Vanes, para apoderarse de su oro, se hicieron reos de un delito que desencadenó la primera guerra. Más tarde delinquieron al faltar a la palabra dada a un Gigante que reconstruía para ellos su morada celeste, pues habiéndole prometido, como recompensa de sus trabajos, entregarle a la  diosa Freyja y, además, el Sol y la Luna, consintieron que Loki, engañase al gigante sirviéndose de una estratagema desleal. Desde este instante, todos los juramentos y tratados concluídos en el mundo se vinieron abajo, perdiendo su fuerza y virtud y se inauguró un nuevo período pródigo en perjurios, violencias y guerras.
   Los Hombres, los Gigantes y los Dioses se entregaron al odio y al desorden, las Walquirias recorrieron incesantemente la Tierra volando de un combate a otro; angustiosas pesadillas comenzaron a turbar el sueño de los Ases, y Odín vió con inquietud cómo se acumulaban los signos funestos, seguro indicio de que se avecinaba la lucha suprema que el dios, resuelto y tranquilo, se dispuso a afrontar.
  El punto de arranque de esta trascendental prueba lo constituyó el asesinato de Balder, a quien los Ases juraron solemnemente vengar, conocedores de que fue Loki quien movió y guió el brazo del asesino. Por eso, al instante se apoderaron de él y lo cargaron de cadenas. Pero este ignominioso trato no hizo sino avivar la cólera del dios maléfico, quien, rompiendo sus trabas, fue hacia los Gigantes y Demonios -enemigos irreconciliables de los Ases– para unirse a ellos en su lucha contra sus antiguos compañeros.
  Entretanto, a los primeros signos siniestros se unieron nuevos presagios. En un lejano bosque del Este, una vieja de la raza de los Gigantes dió a luz a toda la camada de lobeznos, cuyo padre era el dios lobo Fenrir. Uno de estos monstruos estuvo persiguiendo al Sol para arrebatárselo al mundo de los vivientes. 
 Durante mucho tiempo esta caza fue vana, pero como a cada nueva estación el lobo volvíase más vigoroso, acabó por alcanzarlo. Entonces fue cuando el Sol vió menguar el poder de sus rayos, que se tiñieron del color de la sangre y acabaron por desaparecer: por espacio de muchos años envolvió al mundo un espantoso invierno, y la nieve descendía en torbellinos desde todos los puntos del horizonte. Mas no por ello la guerra dejó de hacer sentir por doquier sus perniciosos efectos: el hermano atacó al hermano, el hijo no respetó lazo alguno de parentezco. Durante ese tiempo, los Hombres fueron lobos dispuestos a devorarse unos a otros; en tales circunstancias, el mundo no podía sino caer de un momento a otro en el abismo de su propia destrucción. En todas partes se tenían preparadas las armas y se oteaba la posible llegada de un enemigo. En las fronteras del reino de los Gigantes, un vigía, llamado Eggther, tan buen guerrero como hábil arpista, está sentado en una altura y vigila por igual la morada de los Dioses y la de los Hombres. Apostado junto al río que bordea los infiernos, Garm, el terrible perro, convoca al combate con sus furiosos ladridos a quienes están bajo su custodia. Por el lado Sur, su jefe, Surt, prepara su flamígera espada.
 En los límites del cielo monta guardia Heimdall, el centinela de los Dioses. Pero se deja robar la espada por Loki, y cuando empieza a hacer sonar su cuerno, los Gigantes se han puesto ya en movimiento.
 El lobo Fenrir, a quien los Dioses tenían encadenado desde hacía tiempo. consiguió romper sus ataduras y escapar. También el viejo fresno Yggdrasil se conmovió de las raíces a la copa, y las montañas se derrumbaron o se rajaron, dejando sin cobijo a los Enanos que tenían en ellas sus viviendas subterráneas, y a quienes se podía ver vagar, desesperados, buscando en vano la entrada que les era familiar y que había desaparecido para siempre.
 Desde el Oeste se aproximó, en un navío lleno de Fantasmas, el Gigante Hrym. Altivo y dispuesto a combatir, levanta su escudo con la mano izquierda, mientras que con la derecha empuña el timón. El navío avanza a merced de la ola gigante que al nadar suscita la Gran Serpiente de Midgard. Otro navío, procedente del Norte, llega con las velas tensas por el viento, llevando a bordo los habitantes de la región infernal. Loki está sentado al timón, y a su lado, el lobo Fenrir. Sus ojos y nariz despiden grandes llamaradas; su boca, desmesuradamente abierta, chorrea sangre, y toca el cielo con su mandíbula superior mientras mantiene la inferior a ras del suelo.
 Por el lado meridional aparece Surt, a quien rodean, en nutrido grupo, los Gigantes del Fuego; su espada despide relámpagos, y en torno a la agrietada tierra surgen llamas. Las montañas se derrumban a medida que avanza, y caen sin vida los hombres. La bóveda celeste, conmovida por el tumulto de este ejército en movimiento y abrasada por la ardiente atmósfera que la envuelve, se parte en dos mitades. Cuando los hijos del fuego hagan pasar sus caballos por el puente que forma el arco iris entre la Tierra y la morada de los Dioses, este puente se vendrá abajo.
   Los adversarios se pusieron de acuerdo para fijar el lugar de la contienda: fue elegido el campo Vigrid, que se extendía ante el Walhall. Dioses y Gigantes se enzarzaron en sangrienta pelea, acompañados de compactos grupos de guerreros; Odín se arroja sobre el lobo Fenrir con la espada en alto. Pero las fauces del monstruo son tan enormes, que engulle al padre de los Dioses. Al ver tan espantoso fin, su esposa Frigg cree morir de dolor; pero el vengador está presto a entrar en acción. Vidar, hijo de Odín, avanza sin miedo hacia Fenrir y su espada hiere mortalmente el corazón del lobo.
 De los grandes Ases, uno sólo quedó con vida: Tyr, el cual, con la esperanza de encontrar y aniquilar al lobo Fenrir que en otro tiempo le cercenó la mano derecha de un dentellazo, recorrió a grandes zancadas el campo de batalla; pero fue en vano, ya que se le adelantó Vidar.
 Sin embargo Tyr, logró herir mortalmente a Garm, el horrendo perro de los infiernos, aunque éste le infligió tales heridas, que Tyr sucumbió a su vez. Tyr fue el último en morir de los Grandes Dioses. Como Thor, protector de las moradas de los Hombres, también había desaparecido, éstos quedaron abandonados y tuvieron que dejar sus hogares: los Hombres fueron barridos de la superficie de la Tierra y el planeta llegó a perder su forma. Las estrellas, cual golondrinas que, cansadas de un largo viaje, caen al mar, se desprendieron del firmamento y se abismaron en el vacío de abiertas fauces. El Gigante Surt envolvió a la Tierra en una inmensa hoguera; grandes llamaradas surgieron de las hendiduras de las peñas y, por doquier, los gases producidos emitieron sonidos agudos. Todos los vegetales, incluso la vida misma, fueron aniquilados. Los mares y los ríos se desbordaron y por todos lados avanzaron las aguas en incesantes oleadas que poco a poco cubrieron todas las cosas. Desaparecieron las tierras, cubiertas por el mar, y el inmenso campo de batalla, en el que se enfrentaron los dueños del universo, dejó de ser visible…
  Todo acabó. Pero de los restos del mundo antiguo surgió otro universo. La tierra emergió lentamente de las olas, se irguieron de nuevo las montañas de las que empezaron a precipitarse las aguas en melodiosas cascadas. El águila volvió a planear por encima del torrente, para lanzarse, de súbito, sobre los peces que divisaba en el seno de las aguas. Los campos se cubrieron de plantas verdes y las espigas crecieron sin que el hombre arrojara jamás una semilla. Un sol reciente, hijo del que un lobo devoró tiempo atrás, brilló sereno en el cielo. Y apareció una nueva generación de divinidades, pero como no se vieron mezcladas jamás en las querellas y las pasiones de las antiguas, ni cometiron perjurios y crímenes, tampoco fueron alcanzadas por el castigo o la destrucción.
 Incluso se produjo una resurrección: Balder, el hermoso Balder, la divinidad más amada del fenecido panteón, volvió a la vida, y, acompañado de su hermano Hod, ocupó el lugar reservado antes a Odín. Dos de sus hijos, Vidar y Vali, junto con dos de sus primos, hijos de los hermanos del dios, llamados Vili y Ve, también volvieron, lo mismo que Henir, el fiel compañero de Odín, devenido profeta y revelador de lo porvenir que anunciara a las nuevas estirpes la felicidad esperada.
   Y también reapareció sobre la Tierra la raza de los Hombres, pues no todos perecieron en la gran catástrofe: Encerrados en el tronco del fresno Yggdrasil que no pudieron consumir las llamas voraces del incendio universal, los ascendientes de los hombres de hoy escaparon a la muerte. En el refugio que fue para ellos el interior del árbol, no tuvieron más alimento que el rocío de la mañana; pero gracias a él puebla hoy su progenie la inmensidad del mundo…
 
 
Mitología General, publicada bajo la dirección de Félix Guirand, Editorial Labor, 1965
 
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