Espíritus: el culto de las almas de los muertos…

17 May
   
     En todo el territorio germánico, las almas de los muertos infundían un reverente temor, debido a la creencia de que eran capaces de ejercer un poder mágico. Por eso, los germanos enterraban a veces a sus muertos en el umbral de sus viviendas, en la creencia de que el alma del difunto permanecía junto a la tumba y podía convertirse en el espíritu protector de los supervivientes y de la propia casa. Incluso llegaban a creer que las almas, en determinado momento, adoptaban una apariencia corporal y aparecían en la forma que tuvieron en vida o bien, en la de un animal. Contábanse casos en que estas almas hicieron expiar, metarfoseadas de este modo, antiguos ultrajes.
   Así, es muy conocida la leyenda del mal obispo Hatto, quien perseguido, para castigar sus delitos, por un ejército de ratones, buscó refugio en una torre que había en una isla del Rhin, sin lograr por ello escapar de sus atacantes, pues los ratones se lanzaron al agua y, llegando hasta la torre, se comieron viva a su víctima. Se creía que estos animales eran las almas de los desdichados a quienes Hatto envió a la hoguera.
   Por el contrario, en ciertas regiones existía la creencia de que las almas de los muertos se reunían lejos de los núcleos habitados, lo cual dió pábulo a la idea de la “caza salvaje”. Millares de fantasmas que no son sino almas de difuntos, siguen en loca carrera sobre aéreos corceles, al genio Wodan (quien más tarde se convertirá en dios, al subir en dignidad). Esta frenética cabalgata suele percibirse a veces en las nubes cargadas de tormenta.
   Si bien el Walhall era considerada la residencia de las almas de los guerreros muertos con honor, había otros “lugares” que eran al mismo tiempo residencia de los dioses y de los muertos; en Alemania, este lugar se buscaba al Oeste, donde el Sol, al ponerse, se ocultaba en el mar, y algunos pueblos germánicos llegaron incluso a situar en la Gran Bretaña el asilo supremo de los difuntos.
   El historiador Procopio cuenta que en la costa que mira a Inglaterra había núcleos de población cuyos habitantes, pese a estar sometidos a la autoridad de los francos, no pagaban ningún tributo, porque pesaba sobre ellos la penosa carga de trasladar las almas de los muertos al otro lado del mar.
   A medianoche, un ser invisible daba con los nudillos en la puerta para convocarlos al trabajo,y ellos se levantaban sin demora y, como movidos por una fuerza extraña, bajaban a la orilla, donde encontraban, ya preparadas para hacerse a la mar, unas barcas misteriosas que no pertenecían a ninguno de los presentes y que, al parecer, estaban vacías.
   Pero cuando subían en ellas y se disponían a mover los remos, las notaban cargadas con tal peso, que el agua llegaba casi a los bordes. Para alcanzar la orilla opuesta, sólo necesitaban una hora, mientras que en una embarcación ordinaria, la travesía requería, por lo menos, un día y una noche. Apenas llegadas a la costa bretona, las barcas parecían liberarse súbitamente de su peso, hasta el punto de que las aguas sólo cubrían la quilla. Ni entonces ni en el curso del viaje veían los marineros persona alguna, y sólo se guiaban por una voz que oían claramente y enunciaba el nombre, la condición y el lugar de procedencia del recién llegado…
 
 
 
Mitología General, publicada bajo la dirección de Félix Guirand; Editorial Labor, Barcelona, 1965
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