del Petibonian Times: ¿Taxistas o ET’s?/II

25 Dic

 

 

  

 

Siguiendo con nuestra arriesgada investigación de campo, hoy presentamos -“arriesgada”  porque… ¿qué tal si realmente encontramos un invader que nos descubra?-, decía, hoy presentamos a Mario, 40 años; casado con Normita, experta estilista; dos hijos, predicador del Altiplano. Abordo (¿la nave interespacial dizque “taxi”?) a la salida de un importante shopping de nuestra pujante ciudá.  Son las cuatro de ¡una tarde tan nuestra!, esas en las que hace unos 40º bajo el sol feroz, precisamente… de las cuatro de la tarde. Pero Mario,  alimentando quizás nuestra teoría con otra señal más del tachero ET, me hace un pedido:   “¿Puedo desviarme unas cuadras, apenas unos minutos?”.

¡Cómo negarse!, pienso, consciente de mi perdición.  Pero ya estoy entregada, y mi espíritu investigativo de moderna reporter prevalece, incluso a más de 40º. “Debo retirar la libreta de calificaciones de mi hijo mayor”. Y Mario se explaya en el relato de las materias que rindió el retoño, a la sazón, de unos nueve años. “Gracias a Dios pasó a 5º grado”.  Todo bien, Mario, supongo que no te demorás mucho, ¿no?, alcanzo a murmurar… Mario detiene el reloj de su nave alienígena.  Llegamos a  la escuela y baja corriendo, feliz.  Seré cronista, una fría cronista de la dura realidad petibonense y curtida por mil batallas… pero un padre es un padre. Y una se conmueve.

Los minutos pasan. Pasan y se van tornando diez, quince, o algo así. Y el sol cae, porque siempre el sol cae, en este caso, sobre el taxi devenido una especie de lata en el Sahara. Suerte que Mario vuelve corriendo, exultante con la libreta en alto. ¡Si hasta se la pido para ver mientras pone en marcha el auto!. No hay caso me digo, ¡yo soy mandada a hacer!. Por fin partimos rumbo a casa, no sin antes recibir un mensaje bíblico en veinte cuadras. Porque Mario, que nació en Bolivia,  me cuenta la historia del Rey David, su poder sin límites, su arrogancia, su maldad.  Dios lo castiga pero no “en él”, como bien lo destaca: se lleva a su pequeño hijo, el más amado. Eso sí, aclara mientras dobla por Rivadavia: David comprendió y, arrepentido, volvió a Dios…¡hasta fue padre del Gran Salomón, con eso le digo todo, señora!. Salomón, aquél que construyó el Templo, remata.  ¿Cuánto es, Mario?. 17, me dice y se pierde en el sopor de las calles.

 

Esta es una de las mil historias de tacheros de la ciudad… que siempre duerme la siesta. O sea, como es la segunda, quedan 998.

 

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