¿Taxistas o Extraterrestres?: Episodio qué se yo cuánto…

6 Mar

      Amigos, amigas… qué decir de las lluvias en la capital del azúcar: además de constatar un cierto “adelanto” del Otoño, son la excusa ideal para abordar ¿supuestas? naves de la avanzada ET llamada ¡Taxis!. O “remi”,  o “tasi”, como prefieran.  Hoy les presento a Tito Avellaneda,  58 años, pelado, taxista de ley, con “treinta y cinco años de profesión, señora”. Me lleva a destino con destreza y un sorprendente (e infrecuente, agregaría) respeto por las reglas de tránsito. ¡Llueve tanto!… y mientras se “impone” del lugar, algo impreciso, al que quiero llegar, atravesamos avenidas brillosas, casi inundadas, parques vacíos, luces lejanas. Pero Tito es un canchero de aquéllos, es que “son años al volante, señora”.

Tito me cuenta del barrio que está  “más allá”  de aquél al que vamos. Parece que es un poco peligroso… “Éste al que la llevo no, éste sí  es un lindo barrio“; agrega, con cierto toque clasista. “Dígame, ¿no será en la esquina de la iglesia?”. Pero yo no tengo la menor idea y seguimos andando, un poco a oscuras, bajo la lluvia. No sabe cómo se llama la iglesia, “Mire, vea, le mentiría si le digo que sé el nombre”.  Tito me cuenta de las referencias que los tacheros toman para ubicarse en la ciudad, y cuando le nombro una calle, él me dice “Así le llamamos nosotros”. Entonces la calle a la que voy se llama “la del macetón”, aquélla otra “la de la rotonda” y así sucesivamente. Pero terminamos hablando de comida, y, como una cosa lleva a la otra, ¡pucha!, toqué su corazón: “A mí me gustan las mujeres que cocinan, como mi esposa…que se me fue hace ocho años; era repostera.”.

Ay, Tito Avellaneda, cuánto lo lamento, ¡una pena!. Y me cuenta de sus hijos, ya independientes; especialmente la “niña” parece no haber aprendido toda la ciencia que su madre quiso transmitirle. Porque  “cocina, vió, pero no muy seguido”; (¿será una moderna chica?, elucubro. Bien pensado, denotaría su condición de extraterrestre si  cocinara).  Tito me espera, tal como le pedí, con el motor en marcha, casi sin gente ni autos la calle oscura, con charcos. Y después me trae de regreso al centro, mientras me cuenta que no hay muchos lugares para encontrarse con “señoras de mi edad” y de sus noches con amigos en la peña “del Turco”.  Llegamos: ¡Vamos, Tito!; yo te auguro el amor… ya vas a ver.

 

Ésta es una de las mil historias de taxistas en la ciudad que siempre duerme la siesta.  Y vamos por la quinta o sexta, no me acuerdo bien. Así que ¡imagínense!, tengo para rato…

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