para que todos los días del calendario sean rojos

10 Abr

 

“Debemos haraganear en todo, salvo en amar y en beber, salvo en haraganear”

Lessing

 

Una extraña locura posee a las clases obreras de las naciones donde reina la civilización capitalista. Esta locura acarrea con ella las miserias individuales y sociales que desde hace dos siglos torturan a la triste humanidad. Esta locura es el amor al trabajo, la pasión moribunda por el trabajo llevada hasta el agotamiento de las fuerzas vitales del individuo y de su progenie. En lugar de reaccionar contra esta aberración mental, los clérigos, los economistas y los moralistas han santificado el trabajo. Hombres ciegos y limitados, han querido ser más sabios que su Dios; hombres débiles y despreciables, han querido rehabilitar lo que su Dios había maldecido. Yo, que no me creo ni cristiano, ni ecónomo ni moralista, me llevo, no por el juicio de ellos, sino por el de su Dios; no por la prédica de su moral religiosa, económica, librepensadora, sino por las espantosas consecuencias del trabajo en la sociedad capitalista.

 

En la sociedad capitalista, el trabajo es la causa de todas las degeneraciones intelectuales, de todas las deformaciones orgánicas. Comparad al pura sangre de las caballerizas de Rothschild, servido por una tropa de lacayos bimanos, con la pesada bestia de las granjas normandas que trabaja la tierra, carga el estiércol, guarda la cosecha. Observad al noble salvaje que los misioneros del comercio y los comerciantes de la religión no han corrompido aún con el cristianismo, la sífilis y el dogma del trabajo, y considerad en seguida a nuestros miserables sirvientes de las máquinas. Cuando en nuestra Europa civilizada se quiere reecontrar una huella de la belleza nativa del hombre, hay que buscarla entre las naciones en que los prejuicios económicos no han desterrado todavía el odio al trabajo. La España que, ¡ay! degenera, puede todavía vanagloriarse de poseer menos fábricas que nosotros prisiones y cuarteles; pero el artista se regocija admirando al intrépido andaluz, moreno como las castañas, erguido y flexible como un tallo de acero, y el corazón del hombre se estremece oyendo al mendigo, soberbiamente envuelto en su capa agujereada, tratar de “amigo” al duque de Osuna. Para el español, en quien el animal primitivo no está atrofiado, el trabajo es la peor de las esclavitudes. ¡Ya lo dice el proverbio español: “Descansar es salud”!.

 

Los griegos de la gran época no sentían más que desprecio por el trabajo: sólo a los esclavos les está permitido trabajar, el hombre libre no conocía más que los ejercicios corporales y los juegos de inteligencia. Eran también los tiempos en los que se andaba y se respiraba en el pueblo de Aristóteles, de Fidias, de Aristófanes; los tiempos en los que un puñado de valientes aplastaba en Maratón las hordas del Asia que Alejandro conquistaría muy pronto. Los filósofos de la Antigüedad enseñaban el desprecio al trabajo, degradación del hombre libre; los poetas cantaban loas a la pereza, regalo de los dioses: “Oh, Melibea, un dios nos ha dado esta ociosidad”  (Virgilio; Bucólicas).

 

Cristo, en su sermón de la montaña, predicó la pereza: “Mirad los lirios del campo, que no trabajan ni hilan, y sin embargo os digo que Salomón, con toda su gloria, jamás ha estado vestido tan brillantemente”. Y Jehová, el Dios barbudo y adusto, dio a sus adoradores el supremo ejemplo de la pereza ideal; pasados seis días de trabajo, descansó por toda la eternidad. En cambio, ¿qué razas consideran el trabajo como una necesidad orgánica?: los auverneses; los escoceses, auverneses de las islas Británicas; los gallegos, auverneses de España; los pomeranios, auverneses de Alemania; los chinos, auverneses del Asia. En nuestra sociedad, ¿qué clases aman el trabajo por el trabajo?: los campesinos propietarios, los pequeños burgueses, aquéllos encorvados sobre sus tierras, éstos amarrados a sus tiendas, se remueven como el topo en su galería subterránea, sin erguirse jamás para contemplar a gusto la naturaleza. Y sin embargo, el proletariado, la gran clase que abarca a todos los productores de las naciones civilizadas, la clase que emancipándose emancipará a la humanidad del trabajo servil y que hará del animal humano un ser libre; el proletariado, traicionando sus instintos, desconociendo su misión histórica, se ha dejado pervertir por el dogma del trabajo. Duro y terrible ha sido su castigo. Todas las miserias individuales y sociales nacieron de su pasión por el trabajo.

 

Paul Lafargue; “El derecho a la pereza”. Ed. Galerna; Buenos Aires, 1970

-Traducción y Prólogo de  J.W. Noriega

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