II: Lumpen

22 May

 

patio de un conventillo porteño

 

 

Buenos Aires. Vida cotidiana y alienación

Juan José Sebreli

Ediciones Siglo XX.  Buenos Aires;  1964


Pero más cerca aún del Centro,  en su propio corazón,  se había enquistado una franja arrabalera -no ya como zona intermedia entre el campo y la ciudad, sino entre el puerto y la ciudad- bajo la sórdida recova del Paseo de Julio, hoy Alem, y sus adyacencias, las calles 25 de Mayo y Reconquista, donde se amontonaban caóticamente, con aire de zoco oriental, hoteluchos, figones, teatros chinescos, kinetoscopios, librerías de viejo exhibiendo tarjetas postales y libros pornográficos, casas de remate, cambalaches, salas de diversión con tiros al blanco y espejos curvos, cafés concerts desde cuyas puertas las camareras llamaban a los clientes, todo eso mezclado con orquestas callejeras, organitos, marineros borrachos, vendedores ambulantes, vagabundos durmiendo bajo las columnas de los arcos.  Esa algarabía callejera, de corte de milagros, duró aproximadamente hasta 1920, época en que los music-halls fueron sustituídos por cines subterráneos y melancólicos dancings, sobreviviéndose así hasta los años ’50.  Pero la orilla más peligrosa y turbulenta, indiscutiblemente, sería durante muchos años, la Boca y el Dock Sur, las calles Pinzón, Brandsen, Olavarría, Ministro Brin, Gaboto, y sobre todo la esquina de Suárez y Necochea.  Allí se amontonaban los café concerts emigrados del Paseo de Julio, los bares con camareras, los prostíbulos, los lupanares clandestinos y los “chistaderos” , puertas entreabiertas en calles oscuras desde donde, las prostitutas sin permiso, chistaban a los transeúntes.  En el Dock Sur se había instalado uno de los burdeles más famosos, El Farol Colorado, donde se proyectaban películas pornográficas, y en el Barrio Chino (Ministro Brin y Colorado)  había un fumadero de opio llamado La Luz Azul, descrito por Blomberg en uno de sus cuentos. Los lupanares clandestinos quedaban generalmente en calles rodeadas de sombras acechantes y de silencio amenazador, en casas herméticamente cerradas y sin carteles anunciadores, donde sólo entraban los iniciados. Adentro, las piezas se alineaban alrededor de un típico patio de conventillo con baldosas rojas donde los hombres permanecían sentados o formando grupos.  En una amplia sala, con espejos en las paredes y una espesa atmósfera de humo y luz roja, un  terceto de piano, violín y flauta ejecutaba furiosos tangos con letras pornógráficas que cantaba alguna voz aguardentosa. José Sebastián Tallón, describe el ambiente desenfrenado de los lupanares de la Boca: “Los nochariegos libertinos de la Boca no se la pasaban sin ir a bailar un tanguito en los burdeles.  Cortes y quebradas, lujuria, vocería guaranga, botellas, manoseos torpoes, dagas celosas, humo.  Si no había trifulcas y detenciones, hasta el amanecer no se daba tregua a los musiqueros. Y los homosexuales. Y las escenas droláticas y grotescas. Un pariente mío que vivió en la Boca, antes del año 1910, tiene con otros muchos, el recuerdo de una ramera ebria que cruzaba la calle Ministro Brin, entre la plebe desenfrenada. Iba de su prostíbulo al de enfrente, enviando palabrotas a otra mujer y en ropas pudendas. Con una carcajada brutal celebró la jauría encopetinada al borracho baboso y temerario que se las sacó de un tirón.”  ( del libro El tango en su etapa de música prohibida). Como anota Tallón, la homosexualidad abundaba en los barrios “alegres”; no obstante, la única referencia concreta que tenemos respecto a la homosexualidad hacia fines y principios de siglo es la de cierto delito específico, hoy casi desaparecido: el ladrón disfrazado de mujer. Elegantemente vestidos con la complicada ropa artnouveau que permitía fácilmente ocultar el verdadero sexo, estos ladrones homosexuales robaban la cartera del hombre que aceptaba acompañarlos hacia el interior de un coche, cuyo conductor estaba en combinación con el homosexual, ayudándolo, en otras ocasiones, a escapar de la persecución policial.  El más famoso de estos personajes fue el español Luis Fernández, alias La Princesa de Borbón, personaje clave en la obra de José González Castillo ” Los invertidos”, de 1928, que trabajaba además como cupletista en cafés concerts de Buenos Aires, Montevideo, Santiago de Chile, Río de Janeiro y llegó a intentar una estafa al Congreso argentino solicitando una pensión como “viuda” de un guerrero del Paraguay, falsificando la firma de Sáenz Peña en un documento. Otro homosexual famoso era Culpino Álvarez, alias la Bella Otero, también español; robaba empleándose como mucama de casas ricas, además de atender una cámara de adivinación en un conventillo del Once, secuestrar menores y escribir poemas homosexuales.  Durante la década del ’20, bajo el gobierno refinado y liberal de Alvear, se llega al apogeo de la llamada “mala vida” de Buenos Aires. La compañía de revistas francesa de Madame Rasimi en 1922 y el Bataclán en 1923, traen, junto con el auge del desnudo en los escenarios porteños, la moda de la cocaína. Alrededor del tráfico de drogas y de la trata de blancas se organiza toda una vasta red: los dancings de Alem, los cafetines de la Boca, los cabarets de la Corrientes angosta, de Paraná, de Maipú, los departamentos de Esmeralda, el famoso café La Puñalada de Rivadavia y Libertad, el restaurante Julien de Esmeralda y Lavalle.  Buenos Aires era, en esa época, el primer mercado mundial de carne humana. Todavía en una novela francesa sobre el ambiente , dos caften recuerdan en 1955 con nostalgia:  “Para debutar, Londres; después Alejandría, y Buenos Aires al final, que en ese tiempo era la verdadera mina de oro para la gente seria”  (Albert Simonin, “Grisbi”). Los rufianes se dividían en grupos de acuerdo a las nacionalidades. Los franceses, provenientes generalmente de Marsella, trabajaban solos y no tenían organización.  Se reunían en los cafés ubicados en la calle Suipacha, desde Corrientes a Lavalle y por Lavalle desde Cerrito a Esmeralda, especialmente en el Julien.  Recibían su sorrespondencia en una librería francesa de la calle Cerrito “Usan en el destierro -dice Soiza Reilly- el caló parisién tan lleno de imagenes y tan lleno de símbolos. Turbios, flacos, barrigones, con bigotes de guerra”.  Las prostitutas francesas explotadas por estos rufianes eran las de más categoría y se habín impuesto la costumbre de andar de tarde, por la acera de la embajada francesa, por lo que se les daba el nombre de “centinelas”.  Los rufianes polacos, por su parte, se organizaban en verdaderos sindicatos disfrazados de sociedades de socorros mutuos judías. En la Zwi Migdal, con sede en una lujosa mansión de Córdoba al 3200, se efectuaban, en una falsa sinagoga con falsos rabinos, parodias de casamiento a las mujeres judías traídas con engaños. La Zwi Migdal contaba con más de quinientos socios y explotaba dos mil prostíbulos donde trabajaban 30.000 mujeres…

 

...o las así llamadas prostitutas judías

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