La revolución agrícola en la alta edad media

25 May

 

 Desde el período Neolítico hasta hace más o menos dos siglos, la agricultura ha sido la base de casi todas las demás ocupaciones del hombre.  Antes de fines del siglo XVIII probablemente no existía ninguna comunidad establecida en la que por lo menos nueve décimas partes de la población no estuviesen directamente dedicadas a tareas rurales.  Gobernantes y sacerdotes, artesanos y mercaderes, eruditos y artistas, formaban una minúscula minoría de la humanidad que descansaba sobre los hombros de los campesinos.  Dadas estas circunstancias, cualquier cambio perdurable en el clima, la fertilidad del suelo, tecnología o en las demás condiciones que afectan a la agricultura, necesariamente tenía que modificar a la sociedad entera: población, riqueza, relaciones políticas, tiempo libre y expresión cultural. Sin embargo, esto no ha sido muy evidente para el mundo erudito: en ningún lugar aparecen más a la vista las raíces urbanas de la palabra “civilización”  que en la desatención con que los historiadores han tratado al hombre de campo y a sus trabajos y sus días.  Si bien el campesino ha sido normalmente un individuo vivaz y emprendedor, muy distinto de la caricatura trágica de rusticidad y virtud vapuleada que presentan Millet y Markham en “El hombre de la azada”, raras veces sabía leer y escribir.  No solamente las historias sino también los documentos en general eran obra de grupos sociales que en gran medida daban por sentadas la condición del campesino y sus fatigas.  De ahí que, mientras nuestras bibliotecas se hallan abrumadas de datos sobre la propiedad dela tierra, nos pasma la pobreza de informaciones acerca de los distintos y a menudo cambiantes métodos de cultivo, que hacían que valiese la pena poseer tierras. Seguramente habremos oído decir que a fines del siglo XVII y en el XVIII  “Turnip” Townshend y algunos otros agrónomos aventureros de Gran Bretaña y del continente perfeccionaron los cultivos de raíces y forrajes, reformaron la agricultura y de ese modo proporcionaron el excedente de alimentos que permitió a los trabajadores abandonar los campos y poblar las fábricas de la denominada Revolución Industrial.  Sin embargo, se ignora casi por completo que la Europa septentrional, entre los siglos VI y IX, había ya presenciado una revolución agrícola anterior que resultó no menos decisiva en sus repercusiones históricas.  En la naturaleza de las cosas hay mucho que no conocemos, y que acaso nunca conoceremos con certeza, acerca de estos temas.  Por ejemplo, la costumbre que tienen los prehistoriadores de inscribir una región en la Edad del Hierro no bien excavan el primer trozo de hierro viejo, puede confundir nuestra visión de la realidad.  El hierro fue durante largo tiempo un metal raro y costoso, utilizado casi exclusivamente en la fabricación de armas e instrumentos cortantes.  Si bien hay mucho hierro en Pompeya, la impresión total que dejan sus ruinas es que a fines del siglo I aún una ciudad romana tan próspera como aquélla vivía todavía más en una Edad del Bronce que del Hierro.  La Europa septentrional, sobre todo la Nórica, era mucho más rica en recursos de hierro que el Mediterráneo.  Por los hallazgos parecería deducirse que en el período romano se usó más hierro para piezas de arado, palas, hoces, etcétera, al Norte de los Alpes que al Sur, pese a que de hecho cabría esperar que el más húmedo clima boreal hubiese destruído con más frecuencia en la zona norte, mediante la corrosión, las pruebas de la existencia del hierro. Un aspecto del rápido desarrollo de la Europa septentrional en la época carolingia fue la excavación de grandes minas nuevas de hierro, que se supone abarataron este metal y, por consiguiente, aumentaron su disponibilidad tanto para usos comunes como para fines militares.  El monje de St. Gall que escribía a fines del siglo IX nos cuenta que en el año 773 Carlomagno y sus huestes prepararon un ataque contra Pavía, capital del reino de los longobardos.  Al asomarse a las murallas para ver al enemigo, el rey Desiderio se sintió sobrecogido por el espectáculo de las armas y armaduras aglomeradas y relumbrantes de los francos: “¡Oh, el hierro!; ¡Ah, el hierro!”, exclamó, y el capitán que lo acompañaba cayó desfallecido; (Gesta Karoli, II, 17).  Si bien el monje de St. Gall es notoriamente un novelista más que un historiador, sin embargo en este episodio simboliza, aún cuando no lo hace constar así, la verdadera transición de Europa, en la época de Carlomagno, a la Edad del Hierro…

 
 
 
 
 
Lynn White (h). Tecnología medieval y cambio social”; Ed. Paidós, Buenos Aires, 1973
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