Obreros

11 Jun

Buenos Aires. Vida cotidiana y alienación

 

 Juan José Sebreli

Ediciones Siglo XX.  Buenos Aires; 1964

 

 

 

 

obreras trabajando en el taller

 

 

La transición de la gran aldea a la moderna metrópolis provocó la primera crisis de vivienda, confirmando la observación de Engels, según la cual, la cuestión de la vivienda es un fenómeno mundial que se da en un determinado momento de la evolución del sistema capitalista. La afluencia repentina durante la década del ’80 del siglo XIX de los inmigrantes europeos y de muchos habitantes del interior atraídos por Buenos Aires y las nuevas fuentes de trabajo que abrían los primeros establecimientos industriales, la formación, en una palabra, del primer proletariado argentino, con las particularidades inherentes a nuestro propio proceso económico, provocaría la escasez de vivienda, el aumento de alquileres, la especulación, el amontonamiento de inquilinos en los conventillos.  Las viejas casas coloniales con varios patios y las piezas en hilera a la manera pompeyana, hogar en otras épocas de familias tradicionales, se degradaban en conventillos donde se hacinaban los pobres, dando pingües ganancias a sus dueños, que, en muchos casos, seguían siendo sus moradores de antaño. Ya José Antonio Wilde señalaba una de esas viejas mansiones convertidas en conventillos: la de Escalada entre las calles Victoria, Defensa y 25 de Mayo, haciendo ángulo con la plaza Victoria.  La literatura de la época nos ha dejado numerosas descripciones del conventillo: “La casa de inquilinato presentaba un cuadro animado, lo mismo en los patios que en los corredores. Confundidas las edades, las nacionalidades, los sexos, constituía una especie de gusanera, donde todos se revolvían saliendo unos, entrando otros, cruzando los más, con esa actividad diversa del conventillo. Húmedos los patios, por allí se desparramaba el sedimento de la población; estrechas las celdas por sus puertas abiertas se ve el mugriento cuarto, lleno de catres y baúles, sillas desvencijadas, mesas perniquebradas, con espejos enmohecidos, con cuadros almazarronados, con los periódicos de caricaturas pegados a la pared y ese peculiar desorden de la habitación donde duermen seis y donde es preciso dar buena o mala colocación a todo lo que se tiene.”.  Dice Eugenio Cambaceres en su libro “En la sangre”, publicado en 1887:  “Dos hileras de cuartos de pared de tabla y techo de cinc, semejantes a los nichos de un inmenso palomar, rodeaban el patio angosto y largo. Acá y allá, entre las basuras del suelo inmundo, ardía el fuego de un brasero, humeaba una olla, chirriaba la grasa de una sartén, mientras bajo el ambiente abrasador de un sol de enero, numerosos vecinos se formaban, alegres, chacotones, los hombres, las mujeres, azoradas, cuchicheando. Desde la puerta de la calle veíase en angosta y confusa perspectiva el estrecho callejón llamado patio. Los 40 cuartos, 20 de cada lado, que en conjunto formaban el conventillo, más que habitaciones de seres humanos y libres, parecían inmundos establos o celdas expiatorias de endurecidos criminales… Y el patio carcomido, resbaladizo, pegajoso, teóricamente dividido en tantos cuadros como cuartos, desaparecía casi por completo bajo el amontonamiento de los cajones ennegrecidos por el humo, tinas y cacharros con plantas raquíticas y tostadas, trebejos de cocina y cuanto traste y cachivache de todo pelaje que pueda imaginarse. Y por sobre los montones de trastos, en sogas tendidas de cuarto a cuarto, flameaban a manera de banderas o gallardetes mil prendas de vestir de todas las formas y colores mezclando, su tufo de lavadero al vaho de pocilga que brotaba de las habitaciones. Y resbalando sobre aquel manatial de mugre, moviéndose con embarazo entre la apilada trastería, respirando aquella atmósfera de ergástula, cuarenta familias de idioma, costumbres y modalidades diferentes, desarraigadas del centro, del norte y del mediodía de Europa, habíanse reunido allí impulsados por un solo entusiasmo común: la esperanza de la lucha con provecho, la fortuna rápida y fácil que para la mayoría es la esencia misma de la palabra América”.  La burguesía no dejó de preocuparse por el problema de la vida en el conventillo, situación que no consideraba injusta por sí misma, sino simplemente peligrosa, amenazadora y que, de ningún modo, trataba de modificar fundamentalmente -siendo la cuestión de la vivienda, como ya vimos, inherente a la sociedad de clases- sino a disimular mediante la filantropía y la caridad pública. Guillermo Rawson trataba el problema del conventillo, como un foco de enfermedades infecciosas, amenaza de la salud pública, pero, antes que nada, le preocupaba el conventillo como foco de inmoralidad. Así lo expresa en su Estudio sobre las casas de inquilinato en Buenos Aires. Escritos científicos:   “…Y para cada uno de esos cuartos que ahora consideramos estrechos y malsanos, habrá de tres a cuatro habitantes, hombres, mujeres, adultos y niños de ambos sexos, mezclados todos en grupos informes, cuya vida tiene que producir una degradación física, con todos sus dolores y todos sus tormentos, y una escuela de corrupción y de inmoralidad. Lo que importa notar con insistencia es el hecho de la degradación física y moral a que esos habitantes están sometidos en las condiciones de su albergue.”.  Cambaceres, por su parte, ejemplifica esta tesis del conventillo como escuela del vicio, en un fragmento, donde describe la vida de los chicos pobres:  “Como murciélagos que ganan el refugio de sus nichos, a dormir, a jugar, antes de que acabara el sueño por dormirlos, tirábanse en fin acá y allá en los rincones. Jugaban a los “hombres y las mujeres”; hacían de “ellos” los más grandes, de “ellas” los más pequeños, y como en un manto de vergüenza, envueltos entre tinieblas, contagiados por el veneno del vicio hasta lo más íntimo del alma, de dos a dos por el suelo, revolcándose se ensayaban en imitar el ejemplo de sus padres, parodiaban las escenas de los cuartos redondos del conventillo con todos los secretos refinamientos de una precoz y ya profunda corrupción”.  Los barrios típicos de conventillos, son, en un primer momento, los barrios decadentes cercanos al centro, abandonados por la burguesía desde 1880: el Sur, San Telmo.  En el estudio de Rawson se registraba la existencia de 220 conventillos en la parroquia de la Concepción. También existían algunos, enquistados en el corazón del propio Barrio Norte, la parroquia del Pilar registraba 35 inquilinatos.  En las estadísticas de 1915 los conventillos de Buenos Aires sumaban un total de 2462, albergándose en ellos 140.000 personas, en un término medio de 5 a 10 habitantes por pieza. Junto a los viejos barrios deteriorados, se fueron construyendo alrededor de los establecimientos industriales nuevos barrios sobre los baldíos que dejaban a veces el remate y parcelación de las viejas quintas, donde se mezclarían obreros con las capas inferiores de la clase media, en casitas que excedían al conventillo en incomodidades: construcciones a veces de madera, sobre calles de tierra con charcos pestilentes casi siempre sin luz, sin agua corriente y sin desagües y que, muy lenta y deficientemente, fueron evolucionando. Tal el cinturón sudoeste de la ciudad: Dock Sur, la Boca, Barracas, Nueva Pompeya, Parque Patricios, Villa Soldati, Villa Lugano, Mataderos, donde se fabrica la otra ciudad. Barrios interminables, desolados, surcados tan sólo por grises bulevares pueblerinos como Avenida del Trabajo, Alberdi, de la Riestra, Sáenz, Chiclana, Corrales, Tellier, donde la luz mortecina de algún cine solitario, la vidriera de una tiendita, el reflejo fugaz del ómnibus que va al Centro, el almacén con despacho de bebidas, titila en las esquinas de las calles transversales con sus sombras acechantes. Otras calles como Roca, Derqui, Lacarra, Cruz, Lafuente, Provincias Unidas, Crovara, con pasto creciendo entre las baldosas y aguas verdosas estancadas en los zanjones son invadidas, súbitamente, por campos de desperdicios hasta terminar disueltas en el desierto como rutas nacionales. Otras, son paisajes austeros -Vieytes, Vélez Sarsfield, Amancio Alcorta, Salmún Feijóo- con algo de arrabal londinense, con sus largos paredones sombríos de ladrillos color sangre seca, plazas solitarias, puentes de hierro, galpones, usinas, gasómetros, andenes ferroviarios, vías muertas.  Desiertas, salvo a la hora de la salida de las fábricas, esas calles tienen el misterio teatral de un escenario vacío, un paisaje mineral, planetario, que tan bien captan los mejores cuadros de Horacio March.  Paradojalmente algunos de estos barrios fabriles, Barracas sobre todo, tienen un carácter ausente en el resto de la ciudad, un estilo que, no obstante, sólo puede ser captado por los paseantes ocasionales de otras clases, ya que sus propios habitantes no ven sino las incomodidades y la pobreza.  Los modestos albañiles italianos que construyeron sus casas restauraron, sin saberlo, un sobrio clasicismo, a lo Palladio, a lo Shinkel. Esas casitas casi cubistas con fachadas de cal pintadas de blanco o rosa, los techos planos, las balaustradas, los patios con plantas, resultaron estéticamente más dignas que el eclecticismo desenfrenado y ostentoso de los barrios de la pequeña y alta burguesía. Por otra parte, la larga perspectiva de las casas uniformes y su chatura, hacen surgir un cielo dominante, muy amplio, muy cerca de la calle, realzando los distintos matices de la luz, el resplandor silencioso de las siestas, el melancólico celaje lila del crepúsculo o el misterioso claroscuro de la noche…


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