Lumpen y política

14 Jun

 

 

Buenos Aires, vida cotidiana y alienación

Juan José Sebreli

Ediciones Siglo XX.  Buenos Aires; 1964

 

 

Hombres solos, bailando tango en la vereda...

 

 

La sumisión del lumpen al sistema de valores de la sociedad constituída no permanece siempre en el plano de la subjetividad, muy frecuentemente se trata también de una sumisión material. “No era siempre un rebelde -nos advierte Borges hablando del compadre-; el comité alquilaba su temibilidad y su esgrima y le dispensaba protección”. El lumpen era, en esos casos, el chico que rompía vidrios por cuenta del vidriero.  Gozaba de inmunidad frente a la policía porque el caudillo del comité del barrio, que lo utilizaba como guardaespaldas o para mantener alejados de los comicios a los opositores en las elecciones, era un esforzado paladín de las libertades bajo fianza. Hay toda una tradición del lumpen al servicio de la política burguesa, desde el guapo legendario Juan Moreira al servicio de Adolfo Alsina, hasta los más modernos compadres: el Gallego Julio respondiendo a la Unión Cívica Radical y su rival y finalmente victimario, Juan Ruggero (alias Ruggerito), al partido conservador.  Es notable que ambos, cuando cayeron asesinados, fueron velados en sus respectivos comités, cubiertos sus ataúdes con banderas argentinas como próceres y despedidos con laudatorios discursos. Federico Gutiérrez, oficial de policía exonerado por anarquista, en su jugoso libro Noticias de Policía (1907), donde ataca acerbamente a la institución a la que perteneció, cuenta como, Blanca de Macías, más conocida por Madame Blanca, dueña de un prostíbulo de la calle Necochea, llegó, en un determinado momento, a dominar todo el barrio de la Boca por haberse constituído en el brazo derecho del comisario seccional. Por otra parte, la mayor parte de los piringundines y lupanares eran propiedad de destacados políticos. Aun las mayores organizaciones delictivas tenían sus relaciones con el Estado político y con el sistema social y económico imperante. El trust de la prostitución y la trata de mujeres ejercido por la Zwi Migdal, se efectuaba con la complicidad de la Dirección d Inmigración, de la Policía, de la Municipalidad, de algunos miembros de Poder Judicial y Legislativo y de los grandes diarios, que mantenían el silencio. Importantes financistas y hacendados argentinos colocaban sus capitales en los trusts de trata de blancas que daban sus elevados dividendos. Una de las cabezas dirigentes de la Zwi Migdal, Simón Rubinstein, que además era contrabandista de seda, llgó a poseer una inmensa fortuna, gozando de respeto y consideración en los más cerrados círculos. La Iglesia Católica, por su parte, nunca hizo oír su voz para denunciar esta situación. Más aún, cuando en 1928 se representó en un teatro de París, la versión del libro de Albert Londres, “El camino de Buenos Aires”, donde se denunciaba la trat de blancas en la Argentina, la revista católica Criterio pidió a las autoridades argentinas que, por vía diplomática, tratara de hacer suprimir toda mención a Buenos Aires en dicha obra. La típica hipocresía católica no se interesaba en remediar el mal sino, simplemente, en ocultarlo.  En cuanto a la otra famosa organización delictiva de la época – la Maffia, debe decirse que su jefe, “Don Chicho Grande”, era un importante personaje, propietario de bodegas en Mendoza y San Juan, de un aserradero en Buenos Aires y de caballos que corrían en Palermo y en Maroñas, además de tener la concesión del juego en el Club del Progreso.  Su acólito, “Don Chicho Chico”, estaba vinculado, a través de su mujer, a la alta sociedad santafesina. No se trataba ya, en esos casos, de la relación individual, íntima, entre el político venal y el matón, tal como existía en el fin del siglo XIX.  Las relaciones entre la política y el gangsterismo se hacían en la década del ’20 más vastas, complejas y diluídas. No era una simple coincidencia que el recrudecimiento de la “mala vida” se produjera, precisamente, cuando la burguesía terrateniente necesitaba recurrir al fraude y a la violencia para mantener un poder que le disputaban, desde 1916, nuevos sectores políticos provenientes de la clase media, y sobre todo para enfrentar las primeras luchas por reivindicaciones sociales de la clase obrera, formada a la sombra del incipiente industrialismo. La oligarquía alquilaba pistoleros para mantener su posición alejada de los comicios, para dominar huelgas, destruir sindicatos, empastelar imprentas, incendiar bibliotecas y centros de izquierda, y a cambio de esos servicios otorgaba a los pistoleros una relativa libertad.  Es así como, en un determinado momento de la lucha de clases, se establecieron las condiciones necesarias para la dominación temporaria del malevaje sobre la ciudad. Pero el lumpen no consigue turbar la conciencia de los buenos burgueses, mientras éstos pueden canalizar su turbulencia hacia sus propios intereses.  Sólo el obrero provoca el odio y el miedo burgués.  El mal puro es un mundo imaginario -como el mundo del tango y del lunfardo- mundo fuera del tiempo y de la historia, del trabajo y de la política, carente por tanto de eficacia.  La negatividad, la destructividad pura del delito que se consuma en el instante fugaz, no destruye sino a particularidades: la ciudad sigue en pie, intacta, indestructible. Los lumpens están destinados a morir solos, abandonados y traicionados por sus compinches, en un callejón sombrío o en un baldío agreste, sin sospechar siquiera que, en otro lugar, en un trasfondo de suburbios obreros, otros hombres salidos del mismo barrio, del mismo conventillo tal vez, pero con quienes nunca ha vuelto a cruzarse en el camino, una multitud innumerable que ha reunido sus soledades dispersas, está realizando lenta y silenciosamente, sin embriagueces de aventuras ni éxtasis de tango, un obstinado trabajo de zapa, que socava día a día, la ciudad deslumbrante y condenada y acabará entonces, sí, por destronar hasta el último ladrillo.

TRANSFIGURACIÓN

A partir de 1930 y más aún durante la época peronista, la “mala vida” de Buenos Aires deja de estar en primer plano.  Los periódicos especializados como Crítica comienzan a relegar la noticia de policía o la crónica de arrabal, para ocuparse más de cuestiones políticas candentes: la guerra civil española, primero y la segunda guerra mundial después.  Las clases populares adictas a la crónica roja, no necesitaban ya ese tipo de satisfacciones simbólicas puesto que, organizadas en sindicatos, encontraban una forma eficaz de lucha por sus reivindicaciones sociales.  La burguesía, por su parte, no podía seguir viendo con agrado el modo sangriento con los maleantes a su servicio resolvían sus propios problemas, porque la violencia desatada, cuando ya no podía dominarla ni controlarla, acarreaba al fin, un peligro para su propia clase, y porque le resultaba muy poco delicado tener al malevo sentado sobre sus espaldas, refregándoles sus botines de elástico por la cara.  Es así como después del golpe militar de 1930, las clases dirigentes decidieron limpiar la ciudad, aunque siguieran jugando a dos puntas y pactando cuando resultara imprescindible con la delincuencia.  En 1930 se clausuraba la Zwi Migdal, dictándose prisión preventiva contra todos sus socios aunque éstos, que seguían gozando de influencia, quedaron en libertad al poco tiempo. Se clausuran los prostíbulos iniciándose una represión contra la prostitución organizada, contra el tráfico de drogas y el juego clandestino.  En esa misma fecha cae el Gallego Julio, asesinado por la banda de Ruggerito mientras observaba desde un puente del ferrocarril correr a un caballo de su propiedad, pues no le permitían la entrada al Hipódromo. En 1933 cae Ruggerito en plena calle, asesinado, no por la banda del Gallego Julio, como se creyó, sino por un miembro de la policía. En 1934, finalmente, son deportados los principales jefes de la Maffia…

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