el círculo mágico del barrio

22 Jun

 

Buenos Aires, vida cotidiana y alienación

Juan José Sebreli

Ediciones Siglo XX.  Buenos Aires; 1964

 

 

La influencia del trabajo en las grandes fábricas, racionalizando la mentalidad del obrero mediante el contacto con la evolución técnica de la sociedad, choca con la influencia contraria ejercida por el medio residencial y familiar, que reacciona contra los aspectos más deprimentes de la mecanización en una forma sentimental y retrógrada. El barrio obrero es algo así como una zona subdesarrollada enquistada en el seno mismo de la sociedad industrial moderna, donde predomina un tipo de mentalidad primitiva, tradicional, mágica, supersticiosa, supervivencia de la estructura campesina de donde generalmente procede la familia obrera.  “Pero se tiene a veces la impresión de que el barrio es la base orgánica pasiva de las funciones animales que se cumplen regularmente, aunque el mundo se venga abajo. El mundo se sacude y sufre, pero todo dolor -y el dolor denuncia la presencia de lo ya diferenciado- hasta aquí no llega”, dice Bernardo Verbitsky en La esquina.  A estas características de la vida del barrio obrero contribuye, en gran medida, el papel preponderante que ejerce en él la mujer proletaria, en quien, a la situación de inferioridad de su clase, se agrega la situación de inferioridad de su sexo carente aún de los medios de acción política y sindical con que cuenta el hombre proletario. De más está decir, por lo tanto, que la típica vida del barrio obrero se ha ido modificando considerablemente con la relativa enmacipación femenina -debida a la conquista de sus derechos políticos y a su ingreso en el mundo laboral-, así como también por la evolución de los medios de comunicación que terminaron borrando las fronteras entre los barrios y acercando la ciudad al centro. No obstante, persisten muchas de sus características, en ciertas zonas obreras donde la falta de tiempo y el elevado precio de los transportes constituyen barreras para la traslación.  “Los barrios de Buenos Aires están divididos por murallas invisibles e infranqueables -decía Estela Canto en 1950-, contra las que es inútil lanzar dardos o golpear destrozándose las manos. Las pálidas caras que habitan las casitas padecen angustias inmediatas y localistas. Sus problemas concretos comprenden las diez manzanas de casas, tal vez menos: los costos del consumo diario, los cines sobre una gran avenida, las tienditas, los almacenes con despachos de bebidas y la gente que se ve diariamente, tan parecida entre sí que ver sus rostros ayuda a perderse más, a sentir mayor protección en la colmena local de cada barrio que no se parece a otro -por detalles imperceptibles y sutiles-, que jamás se comunican con el norte de la ciudad y, escasamente, con el centro”.  Las relaciones fuera del barrio se reducen para la familia obrera a los parientes, en tanto que, las relaciones de vecindad, contrariamente a lo que ya vimos en el Barrio Norte, se hacen inevitables.  Donde no se puede pagar a otro para que solucione las dificultades, se hace necesaria la ayuda del vecino. Si las visitas y las fiestas -dadas las incomodidades de la vivienda obrera- no son frecuentes, en cambio la puerta de casa permenece simbólicamente abierta en los hogares proletarios: los vecinos entran y salen libremente y los problemas de la vida privada son compartidos sin ninguna reserva. Esta apertura provoca, por un lado, la pérdida de la intimidad y por otro, favorece la espontaneidad, la franqueza y la solidaridad. La estrechez de la vivienda contribuye también a una mayor intimidad entre los miembros de la familia, que se pelean y se reconcilian con mucho mayor prontitud que los habitantes de amplias mansiones.

 

Conversación en la calle Canalejas.Dibujo de Héctor Basaldúa

 

El verdadero club social que nuclea a las familias de la vecindad obrera , lo constituye el negocio minorista, a veces la feria y el mercado, donde se establecen estrechas relaciones entre los clientes entre sí y entre éstos y el comerciante. Además de los negocios está el cine de barrio -con sus matinés dedicadas a las mujeres, muy concurridas antes de la aparición de  la televisión- sucedáneo femenino del almacén con despacho de bebidas donde juegan a las cartas los maridos o del café con billar donde se reúnen sus hijos.  También los jóvenes de las familias proletarias participan de ese ambiente exclusivamente localista, desligado del mundo exterior. No existen entre nosotros estudios sociólogicos sobre las barras juveniles comparables a las realizadas en Estados Unidos por Whyte -Street Corner Society-; son en cambio los novelistas -Bernardo Kordon en Reina del Plata y Bernardo Verbitsky en la ya citada La esquina– quienes llenarán, parcialmente, ese hueco de nuestra sociología. Verbitsky ha observado el caráter gregario de las barras juveniles en los barrios populares: “Ellos formaban una pandilla -una “barra” decían- que los sábados a la noche iban al mismo café que los demas días de la semana y allí se volvían a encontrar en la tarde del domingo a la vuelta del fútbol. Álvarez fue el primero que había hecho la observación repitiéndole en sus críticas al espíritu rutinario del grupo: Al final uno ni la propia ciudad, ni el barrio conoce. Cuando se cansaban del café no iban más allá de la lechería o de las mesas vinosas del boliche de don Juan y si se aburrían de todos esos lugares, alargaban su permanencia en la peluquería, que siempre era el lugar de paso para intercambio de opiniones y noticias y un mirador para obtener en cualquier momento el panorama integral del barrio”.  Entre la puerta de calle, la esquina, el café, los negocios minoristas, el mercado y el cine de barrio, se establece un circuito de información que liga entre sí a todos los vecinos. El chisme, el rumor, la mera charlatanería no son, tan sólo, un producto de la falta de educación; constituyen una verdadera tradición oral de la vida cotidiana del barrio, jugando el mismo papel que los mitos de la antigüedad: satisfacer una ansiedad emocional subyacente que no encuentra otras vías de realización -creando la apariencia de que pasa algo donde efectivamente no pasa nada, inventando la historia cuando ésta no existe-, a la vez que establecer una forma momentánea de comunicación, un deformado lazo humano al fin, entre los habitantes del barrio propletario.  El auge de la noticia de policía, de la crónica roja en los barrios obreros -a través de Crítica en los años ’20 y ’30, de las revistas Ahora y Así posteriormente- obedece a similares motivaciones. El peligro de los grandes asaltos, el misterio de los crímenes famosos, el estallido de los escándalos sociales constituyen una compensación simbólica de la gris y chata vida cotidiana desprovista de emociones, sin hacer peligrar, no obstante, los fundamentos de la moral y el orden social establecidos. Del mismo modo, los juegos de azar -la quiniela y el billete de lotería tan populares en los barrios obreros- están destinados a provocar un estado de excitación, una tensa expectativa que rompa la monotonía del trabajo cotidiano. La magia y la fantasía serán otros modos de evasión para quienes están inmersos, sumergidos en la cotidianeidad más banal. La solución de dramáticos problemas de soledad y frutración, será buscada en la pequeña superstición, en el horóscopo, en la brujería, en el amuleto.  En la familia obrera, en el barrio obrero reinan, indiscriminadamente, la virgencita de Luján, la madre María, Pancho Sierra, Jaime Press. El propio Perón, conociendo la atracción del ocultismo en los medios populares, dio su apoyo a la Escuela Científica Basilio, grupo originario de Brasil, auspiciando un espectacular acto en el Luna Park en 1950, que constituyó el primer choque entre el peronismo y la Iglesia Católica. Pero sería el ex atleta Tibor Gordon quien conseguiría con Arco Iris la forma de sociedad fraternal más adecuada a la familia proletaria de origen campesino. Arco Iris constituye una hábil mezcla de templo ocultista, parque de diversiones, peña folklórica, apéndice de partido político (peronista o frondizista según los tiempos) y galería comercial donde se rinde culto al fetichismo mecánico: venta de heladeras, televisores, etcétera… 

 

 

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