oligarquía y clase media

26 Jun

 

Buenos Aires, vida cotidiana y alienación

Juan José Sebreli

Ediciones Siglo XX.  Buenos Aires; 1964

 

 

Pero el amontonamiento de las clases burguesas en un barrio apartado no obedece tan sólo a la repugnancia que les inspira el contacto con las clases inferiores, sino también a la necesidad de establecer una lejanía que, ocultando la superficialidad y el aburrimiento de sus vidas cotidianas, le permitía jugar ante las demás clases el papel mítico-real de personajes de leyenda, componiendo una obra de arte social, un modelo ideal para admiración y respeto de las jerarquías inferiores. La oligarquia no es, por supuesto, lo que las clases medias piensan de ella, pero en cambio se esfuerza por parecerse a la imagen que se tiene de ella.  Como las actrices de la época loca de Hollywood, la oligarquía es escurridiza, invisible, fantasmal, inaccesible al vulgo, muy por encima de los simples mortales. Vive encerrada en sus mansiones herméticas, aislada de la ciudad cotidiana, oculta a los transeúntes por parques y jardines, por murallas, por verjas de rejas labradas, como templos o fortalezas antiguas y custodiadas por severos porteros uniformados. Por esas calles pasean los pequeñoburgueses asombrados y admirados, imaginando, como los personajes de Arlt, “que desde la mirilla de la persiana de alguno de esos palacios lo estaba examinando con gemelos de teatro cierto millonario melancólico y taciturno”. La nebulosidad, la atmósfera mágica, el encanto poético, casi irreal con que el Barrio Norte ha sabido envolverse a sí mismo, consigue que sus bases económicas y sociales permanezcan ocultas por la sombra de los jardines frondosos, o tras los sutiles cortinados de tul de sus ventanales. En sus interiores con luz difusa, con hedores dulzones de flores y decorados en base a confortables sillones, donde la gente se sienta en cuclillas mientras juega con un vaso de whisky y sostiene conversaciones de buen tono, cualquier cosa, salvo por supuesto trabajar, puede suponerse que suceda. El ocultamiento es un poderoso vehículo para el ejercicio de la imaginación, de la ensoñación. El “ideal aristocrático”, la representación idealizada, fetichizada, enajenada, alienada de las clases burguesas cobra, de ese modo, una influencia profunda y duradera, similar a la fascinadora irradiación que las Cortes de la Europa monárquica ejercían sobre los plebeyos. En ciertos banquetes oficiales en tiempos de Luis XIV, se permitía al público que fuera a contemplar a su Majestad comiendo. En nuestros días un público de ávidos voyeuristas asiste a las comidas de los poderosos a través de las detalladas reseñas y fotografías de notas sociales profusamente difundidas en diarios y revistas especializados.  Emma de la Barra consiguió con Stella (1905) la primera novela argentina de gran éxito, mostrando las constumbres de la alta sociedad. Pero un libro no era suficiente, hacía falta revistas que registraran día por día los acontecimientos sociales. Desde 1898 Caras y Caretas y sobre todo El Hogar desde su aparición en 1903 constituyeron el vahículo que permitió la participación afectiva, el complejo proyección-identificación de la clase media con la oligarquía, gracias al cual aquélla lograba evadirse simbólicamente de su desagradable realidad cotidiana, de la mediocre pobreza de su medio ambiente. Mercedes Moreno “la Dama Duende” desde Caras y Caretas y Josué Quesada desde El Hogar eran los sacerdotes del rito, los intermediarios, los mediums entre la Divinidd y los simples mortales. Ellos se introducían en las casas más cerradas, participaban de las fiestas más selectas y revelaban intimidades de aquéllos a quienes la clase media nunca podría ver de cerca, ejerciendo a la vez sobre la propia oligarquía el dominio que les daba la posesión del chisme, del rumor, el anecdotario picante, la indiscreción, la intriga, en una sociedad donde predomina la dura lucha por la reputación y el éxito. En el período de apogeo de la oligarquía, las últimas décadas del siglo XIX y las primeras del XX, la pequeña burguesía argentina aprendía detalladamente los nombres de los miembros de la alta burguesía, sus matrimonios, sus hábitos y costumbres íntimas con el mismo interés con que más tarde, se dedicaría a las estrellas de cine y radio. Precisamente el predominio de El Hogar sobre la imaginación pequeñoburguesa comenzó a decaer a fines de la década del treinta, con el surgimiento de las revistas especializadas en radio y cine: Sintonía, Antena y Radiolandia, que desde entonces serían las de mayor tiraje en todo el país, en tanto fracasaba Cinegraf como intento de revista cinematográfica para las clases burguesas. “La Dama Duende” y Josué Quesada serían desplazados por Valentina, Mariofelia y Mendy, modestas equivalentes argentinas de Elsa Maxwell, Louella Parsons o Hedda Hopper. Sintomáticamente en países como Uruguay sin industria cinematográfica, la “Crónica social” sigue en plena vigencia. Aun en los diarios serios del Uruguay se pueden leer informaciones sobre casamientos donde se detalla cada uno de los regalos y el nombre del donante, así como el atuendo de las damas asistentes. Es necesario anotar que la irradiación de la oligarquía en la pequeña burguesía, se extendió hasta ciertos intelectuales de la clase media, para quienes personajes como Victoria Ocampo constituyeron un sucedáneo vernáculo de la Duquesa de Guermantes. Julio Cortázar, hablando en nombre de los estudiantes de la década del 30 al 40, confiesa humildemente que “un instinto lleno de poesía nos llevó a muchos tímidos y distantes a hablar siempre de ella como Victoria, seguros de que no la hubiéramos molestado”, tal como lo expresa en un artículo de la revista “Sur” de fines de 1950.  La mentalidad cerrada, el orgullo y la suficiencia desmesurada, el estrecho espíritu de clan que caracterizó a la burguesía terrateniente argentina, sobre todo en su período de mayor apogero, causó el asombro de los visitantes extranjeros. Tanto John Gunther (El drama de América Latina), como Tibor Mende (América Latina entra en escena), coincidieron en compararla con la vieja nobleza terrateniente de la Europa Oriental, prpincipalmente Hungría y Polonia anteriores a la guerra. Como en la Europa Oriental y en la Rusia zarista, la oligarquía argentina en su período de esplendor, hablaba y pensaba sólo en francés, alternado con el inglés. Victoria Ocampo y Delfina Bunge comenzaron escribiendo en francés porque no sabían hacerlo en castellano. Por otra pate, es sintomático de sus estrechas relaciones con la alta sociedad inglesa, el hecho de que nuestra burguesía se autodesignara frecuentemente, como “gentry” una clase social inglesa que, sin pertenecer propiamente a la nobleza, es considerada por ésta como tal. Un halo esotérico rodea a la egregia “gentry” que actúa con una aristocrática arrogancia, con una altanera presunción de hallarse iniciada en un orden exclusivo donde se comparten valores inefables, tan invisibles al ojo común como la túnica del emperador del cuento.  “Es un hombre distinto de los otros -dice Mallea describiendo a un aristócrata argentino- muy distintamente correcto, muy distintamente desinteresado. Imagínate a  un señor a quien no le quedara más que el señorío y eso en grande, una especie de dignidad en partibus”…

 

Portada de la revista "El Hogar"

 

 

Ni Mallea ni ningún panegirista de la oligarquía nos ha aclarado jamás por qué razón le es otorgada a unos pocos y negada a otros, esa cualidad inmanente que caracteriza a los elegidos, esa gracia divina que los eleva por encima del resto de la sociedad, de los no iniciados, de la masa indiferenciada, del “rebaño”. Se trata de leyes fatales dictadas por un inflexible Dios maniqueo, cuyos secretos designios permanecen en el misterio. Al describirnos a uno de esos seres privilegiados, de acuerdo al mito de la purificación hereditaria del gusto, nos dice Mallea: “Creció así como crecen la magnífica tuberosa, la orquídea o la floración de altura, egregia en sí misma, regia por derecho propio, bien asentada y orgullosa, sin vanidad, según el pirncipio de aquellas cosas que por una ley secreta pero fatal y eternamete reconocible, son elegidas para venir a este mundo como un mandato de primicia. El grande es grande donde esté, así en el imperio como en el llano”.  Las buenas acciones son inútiles para quien está privado de la gracia, ésta no puede adquirirse, se nace con ella o no se nace. Mallea nos advierte que “de poco sirve la cultivación de un espíritu cuando ese espíritu no es culto en su origen, culto en su primera célula, esto es constitucionalmente”.

 

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