apuntes para un libro de cocina imposible: sopa, guiso y tempura de “restos”

6 Jul

 

 Julio,  en el invierno profundo del 20…

 

 

Debe ser la sobredosis de socialización que inevitablemente desataron los trajines, la organización y ¡la concreción! del ¡Segundo Congreso de la Internacional de las Modernas Chicas!.  Debe ser eso o … quíén sabe qué. Queda el vacío, porque siempre queda el vacío. Pedí licencia en la Secretaría de la Internacional! y por supuesto, en la revista también. Serán unas pocas semanas, suficientes -espero- para rebobinar el hilo de mi locura. ¿La excusa?: cansancio, exceso de trabajo, la preparación de mi pequeña tesis (¿sobre la Culpabilidad penal, trabajando “En la colonia penitenciaria” by Kafka?, ¡ni siquiera lo tengo decidido!), poner en orden mis papeles, escribir lo tantas veces demorado… Pero estoy en la cocina: y decido cocinar en silencio, porque todos se han ido a sus mundos y yo me quedé en el mío. Abro la heladera, reviso el canasto de verduras, hago como que pienso mientras lavo vasos  y tazas sucias de la noche. Finalmente me dejo llevar… adonde me lleven los  “restos”.

 

 

*Menú de “restos”*

 (para miércoles grises)

 

Sopa de restos: del desorden del  freezer que nunca ordeno, rescato un paquete con “restos” de arvejas congeladas; rebusco dos papas que “restaron”, algo solitas, en el cajón de las verduras. Y en la heladera, encuentro el último “requecho” de zapallo hokkaido, algo así como un cuarto. Lavo, corto, salteo con apenitas de aceite en el fondo de mi amada olla de presión; agrego  toques de  sal, unas tazas de agua o caldo y le meto fuego al tope, ya bien sellada la tapa, durante unos diez minutos. Después, a licuar todo hasta obtener una crema bien linda y consistente, ¡son minutos nomás!. Entonces tomamos la olla de la sopa (¿tienen una olla de sopa?, ¡sino es muy difícil la vida!), la ponemos al fuego no muy fuerte, untamos la base con aceite, ajo muy picadísimo y tiramos el menjunje licuado allí, despacito, simplemente hasta que hierva apenas, ésta es una sopa cuasi “instantanea” y condimentamos con sal, nuez moscada y pimienta negra molida gruesa.  Hoy me quedó de un color raro: verde musgo con tintes anaranjaditos, muy de invierno. Lo genial es que también encontré un “resto” de queso parmesano para rallar bien grueso y, en la bolsa del pan, tres piezas de pan francés de dos días que corté en cubos, tosté y finalmente freí previa frotadita en ajo picado. Para servir apenas se llega de la calle helada: en el fondo de una cazuelita de boca ancha, los crutones y el parmesano. Al toque le agregamos dos buenos cucharones de sopota caliente…

 

Guiso de restos: sorpresas de heladera… de un locro new age que hicimos para despedir a las delegadas de Laponia y Zimbawe, “restaron” tres tazas de porotos Caballero, ya cocidos. Son esos blancos y larguitos, súper tiernos, cremosos, muy ricos. Pero pueden ser otros, o garbanzos incluso, si de aprovechar “restos” se trata… en lo que fue casi un hallazgo arqueológico, encontré un tupper con “restos” de salsa casera de tomates. Era poquita, así que la “completé”: rehogué una cebolla grandota bien picada, con buenos condimentos y unas  cucharadas de aceite. Allí agruegué tres tomates cubeteados más, de esos que encontramos pasados, ya no están buenos para ensalada y están perfectos para salsa. No tengo que olvidarme de una hojita nueva de laurel; después le “chanté” la salsa …¡”restante y vieja”!. Sobre esa base salsera y agregando un poco de líquido si es necesario, puse dos batatitas, casi a punto de arrugue, bien cubeteadas; dos papas ídem, una zanahoria ídem -porque siempre queda una zanahoria solitaria en la heladera-, una ramita de apio. Tapo y ando por aquí y por allá, cuando todo está bien a punto… vuelco con cuidado los porotos ya cocidos y remuevo suavemente con cuchara de madera para integrar.  Y allí lo dejamos, ahora sí, a fuego bajísimo, rectificando el condimento -hoy lo hice medio picantón, por el frío- y tomando, de a poquito, el famoso punto y gusto a …  “Guiso”. Fanática del cilantro como soy, pico bien finito unas hojas que (ups) ¡restaban!, para copetear nomás, una vez servido. Y tuesto unos pancitos de fondo de bolsa de pan, para acompañar. Con un buen vaso de vino tinto va genial.

 

Tempura de restos de verdura: Esto fue ya “lujo asiático” para recibir a Doña Chola y a las chicas que llegarán congeladas a eso de las ocho de noche. ¿Digamos un “tentempié”?, ¿un aperitivo?, ¿un bocadito?,  o simplemente un complementito más para acompañar todo lo anterior. Hay que hacer una masa espesa (bastante) tipo panqueques, pero sin azúcar, apenas con un poco de sal, pimienta y un chorro de vinagre de manzanas o arroz. Si tienen uno o dos huevos “restantes”  los pueden usar, sino, la preparan sólo con harina y agua. La enfrío bien en la heladera mientras corto en florcitas no muy pequeñas un resto de brócoli, apenas un ramito. Lavo bien, las paso un toquecito por abundante agua hirviendo con un poco de sal, hasta que esté verde brillante y todavía crocante, o sea, ¡un par de minutos o incluso menos!. Escurrimos, enfriamos, pasamos de  a una las florcitas de brócoli por la masa de “panqueques”; si quieren algo más lujoso todavía, rebozamos con panko (harina de arroz ad hoc, ideal para frituras), y la freímos rápidamente en una sartén profunda, con bastante aceite. No me olvido de escurrir la fritura, colocarla sobre papel absorbente y conservarlas calentitas hasta que todos lleguen. ¿Qué es la vida?. ¿Qué es todo esto?: ¡Pero cómo voy a saberlo!. Llegan todos…

 

 

 

“by” Princess!, su cocinera de confianza

 

 

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