la educación espartana: II

7 Jul

 

Paideia: los ideales de la cultura griega

*Werner Jaeger*

 Fondo de Cultura Económica; México, 2001. Trad. de Joaquín Xiral

 

 

LIBRO PRIMERO

 

 
                         
Esta pretendida legislación de Licurgo es lo contrario de lo que los griegos solían entender por “legislación”. No es una codificación de leyes particulares civiles y públicas, sino el nomos, en el sentido originario de la palabra: una tradición oral, dotada de validez, de la cual solo unas cuantas leyes fundamentales y solemnes -las llamadas rhetra- fueron fijadas en forma escrita. Entre éstas se hallaban las relativas a las facultades de las asambleas populares que nos ofrece Plutarco. Las fuentes antiguas no consideran este rasgo como un residuo de un estadio primitivo. Lo consideran, por el contrario, en contraposición con la manía legisladora de la democracia del siglo IV, como obra de la sabiduría previsora de Licurgo que, como Sócrates y Platón, otorgaba mayor importancia a la fuerza de la educación y a la formación de la conciencia ciudadana que a las prescripciones escritas. Cierto es que cuando se concede mayor importancia a la educación  y a la tradición oral, menor es la constricción mecánica y externa de la ley sobre todos los pormenores de la vida. Sin embargo, la figura del gran estadista y pedagogo Licurgo es una interpretación idealizadora de la vida de Esparta, desde el punto de vista de los ideales educadores de la filosofía posterior. Los tratadistas filosóficos, al compararla con el estado desdichado de la democracia ática degenerada, fueron conducidos a considerar las instituciones espartanas como la invención consciente de un legislador genial. Se vio en la vida de los espartanos, en sus comidas colectivas, en su organización guerrera, instalada en tiendas de campaña, en el predominio de la vida pública sobre la privada, en la estructuración estatal de los jóvenes de ambos sexos y,  finalmente, en la estricta separación entre la población campesina e industrial de los “plebeyos” y el señorío libre, que se consagraba sólo a los deberes ciudadanos, a las prácticas guerreras y a la caza, la realización consciente de un ideal de educación análogo al que propone Platón en su República. En verdad, para Platón, así como para otros teóricos posteriores de la educación, fue Esparta, en muchos aspectos, el modelo, aunque alentara en ellos un espíritu completamente nuevo. El gran problema social de toda la educación posterior fue la superación del individualismo y la formación de los hombres de acuerdo con normas obligatorias de la comunidad. El estado espartano, con su rigurosa autoridad, apareció como la solución práctica de este problema. En este respecto, ocupó el pensamiento de Platón durante toda su vida. También Plutarco, profundamente impregnado del pensamiento pedagógico de Platón, volvió constantemente sobre este punto. “La educación se extendía hasta los adultos. Ninguno era libre ni podía vivir como quería. En la ciudad, como en un campamento, cada cual tenía reglamentada sus ocupaciones y su género de vida en relación con las necesidades del estado y todos eran conscientes de que no se pertenecían a sí mismos sino a la patria”. En otro lugar escribe: “Licurgo habituaba a los ciudadanos a no tener ni el deseo ni la aptitud pra llevar una vida particular. Los llevaba, por el contrario, a consagrarse a la comunidad y a congregarse en torno a su señor, liberándolos del culto al propio yo para que pertenecieran enteramente a la patria”.  
 
 
Desde el punto de vista, cada vez más individualista, de la Atenas posterior a Péneles, era Esparta un fenómeno difícil de comprender. Poco crédito debemos conceder a las interpretaciones filosóficas de las cosas espartanas. En cambio, la observación de los hechos es, por regla general, exacta. Lo que a los ojos de Platón y de Jenofonte era la obra de un genio educador, poderoso y plenamente consciente, era, en realidad, la sobrevivencia de un estadio más simple y primitivo en el desarrollo de la vida social, caracterizado por una fuerte trabazón racial y un débil desrrollo de la individualidad. Largos siglos cooperaron a la formación de Esparta.  Sólo excepcionalmente conocemos la participación de una personalidad individual en el proceso de su nacimiento. Así, los nombres de Teopompo y Polidoro se hallan vinculados a determinados cambios de la organización del estado. No hay duda alguna sobre la existencia histórica de Licurgo. Pero no podemos decir si, como originariamente se creyó, contribuyó simplemente a uno de aquellos cambios,  o si, como se pensó más tarde, es preciso atribuir a su nombre la creación del estado espartano en su totalidad. Lo único seguro es que la tradición de una “Constitución de Licurgo” es mítica. La tradición proviene de una época para la cual el cosmos espartano era un sistema consciente y consecuente y que creía apriori que el  más alto fin del estado era la paideia, es decir, la estructuración sistemática y por principios de la vida individual, de acuerdo con normas absolutas. Constantemente se recuerda la aprobación deifica de la “Constitución de Licurgo”, en oposición a la ley puramente humana de la democracia y su relatividad. Todas las fuentes que poseemos tienden a ofrecer la disciplina espartana como la educación ideal. Los hombres del siglo IV, la posibilidad de la educación dependía, en último término, del problema de alcanzar una norma absoluta para la acción humana. En Esparta este problema de halla resuelto. El orden reinante tenía un fundamente religioso, puesto que había sido sancionado o recomendado por el mismo dios deifico. Así, la tradición entera sobre Esparta y la constitución de Licurgo se ha formado con una teoría posterior sobre el estado y la educación. Es, en este sentido, poco histórica. Para comprenderla en su justa significación es preciso tener en cuenta que surgió en la época más floreciente de la especulación griega sobre la esencia y los fundamentos de la paideia. Sin el ardiente interés por Esparta de aquel movimiento educador, no sabríamos nada de ella. Su sobrevivencia, así como la conservación de los poemas de Tirteo, se debe a la importancia que mantuvo perennemente la idea de Esparta como miembro indispensable en la estructuración de la paideia griega posterior. Si prescindimos de la deformación filosófica ¿qué es lo que queda como figura histórica?. El ideal propuesto por Jenofonte contiene una riqueza tal de observaciones personales, que, si prescindimos de sus interpretaciones históricas y pedagógicas, podemos alcanzar una imagen intuitiva de la Esparta real de su tiempo y de su educación estatal y guerrera, única en Grecia…
 
 
 
 
 
hoplita espartano
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