la educación espartana se despide… IV

12 Jul
 
 
Edgard Degas; Jóvenes espartanas desafiando a sus compañeros ca. 1860

Edgard Degas; Jóvenes espartanas desafiando a sus compañeros, ca. 1860

 

 

Paideia: los ideales de la cultura griega

*Werner Jaeger*

 Fondo de Cultura Económica; México, 2001. Trad. de Joaquín Xiral

 LIBRO PRIMERO

LLAMAMIENTO DE TIRTEO A LA “ARETÉ”

En las elegías de Tirteo pervive la voluntad política que hizo grande a Esparta. Ha creado en su poesía su imagen espiritual. Ella es la prueba vigorosa de su fuerza idealizadora, que se extendió mucho más allá de la existencia histórica del estado espartano y no se ha extinguido todavía. Por muy singular y limitada a determinadas circunstancias temporales que haya sido la forma de vida espartana, tal como nos ha sido conocida en los tiempos posteriores, la idea de Esparta que impregnó la existencia entera de sus ciudadanos e inspiró, con férrea consecuencia, la vida total deaquel estado, es algo imperecedero, porque se halla profundamente arraigado en la naturaleza humana. Conserva su verdad y su valor a pesar de que su incorporación al estilo de vida de aquel pueblo pueda aparecer a la posteridad como una realización unilateral y limitada. Ya a Platón le pareció unilateral la concepción espartana del ciudadano, sus designios y su educación. Pero reconoció también que la idea política que se halla inmortalizada en los versos de Tirteo, constituía uno de los fundamentos permanentes de toda cultura ciudadana. Y en esta valoración no se hallaba solo. Expresaba, simplemente, el estado de espíritu de sus contemporáneos. Sin perjuicio de todas las reservas relativas a la verdadera Esparta de aquel tiempo y a su política, puede decirse que la idea espartana halló ya entre los griegos reconocimiento y aprobación. Verdad es que no todos vieron —como los filolaconianos que había en todas las ciudades— en el estado de Licurgo un ideal absoluto. Pero la posición que otorgó Platón a Tirteo en su sistema pedagógico y cultural, se convirtió en una adquisición definitiva de toda cultura posterior. Platón es el gran educador del tesoro espiritual de la nación. En su sistema se objetivan y se sitúan en sus justas relaciones las fuerzas de la vida espiritual griega. Después de él no cambia, en lo esencial, la ordenación por él establecida. Esparta ocupa en la cultura griega de los tiempos posteriores y en la posteridad en general, la posición que él le asigna. Las elegías de Tirteo se hallan impregnadas de un ethos pedagógico de estilo grandioso. Las altas exigencias de patriotismo y voluntad de sacrificio que propone a los ciudadanos se hallaban, sin duda, justificadas por las circunstancias en que fueron formuladas: el grave peligro en que se hallaba Esparta en las guerras mesenias. Pero no hubiera sido admirado en los tiempos posteriores como el testimonio supremo del espíritu ciudadano de Esparta, si no hubieran visto en él impreso el espíritu intemporal del estado espartano. Las normas que impone al pensamiento y a la acción de los individuos no nacen de la tensión y las exigencias que inevitablemente se siguen de la guerra. Son el fundamento del cosmos espartano en su totalidad. En partealguna revela la poesía griega, de un modo tan claro, cómo la creación poética surge de la vida de la comunidad humana. Tirteo no es una individualidad poética en el sentido actual. Es la expresión del sentir universal. Revela la convicción cierta de todo ciudadano consciente. De ahí que se exprese con frecuencia en la primera persona del plural: “¡Luchemos!” “¡Muramos!”. Y aun cuando dice “yo”, no se trata de su yo subjetivo, mediante el cual de libre expresión artística a su conciencia personal, ni tan siquiera del yo del caudillo-dado que Tirteo fue considerado como un general- sino del yo universal, “de la voz pública de la patria”, como dijo Demóstenes. La conciencia viva de la comunidad a la cual se dirige otorga a sus juicios sobre lo “digno” y lo “indigno” la fuerza y la indiscutible necesidad que jamás hubiera adquirido el simple pathos personal. La íntima relación entre el individuo y la ciudad, incluso en un estado como el espartano, era en tiempo de paz, para el ciudadano medio, solamente latente. Pero en caso de peligro la idea de la totalidad se manifestaba súbitamente con la mayor fuerza. La dura necesidad de la larga y dudosa guerra que acababa de empezar, fue el fundamento férreo en que se cimentó el espartano. En aquel grave momento no necesitaba sólo militares y políticos de la mayor resolución. Tenía también necesidad de hallar una expresión adecuada para los nuevos valores humanos que se revelaban en la guerra.

Heraldos de la areté habían sido, desde los tiempos primitivos, los poetas.  Esta función le estaba reservada a Tirteo. Como vimos, la leyenda lo hizo enviado de Apolo. Así halla certera expresión el hecho maravilloso de que. en caso de necesidad, surge, de pronto, el guía espiritual adecuado. La nueva areté ciudadana, que las circunstancias exigen, halla por primera vez su forma artística. Desde el punto de vista formal, la elegía de Tirteo no es una creación original. Los elementos formales le eran dados. La forma métrica de la elegía –el dístico- es indudablemente más antigua. Sus orígenes son oscuros para nosotros y lo eran ya para los antiguos investigadores literarios. Se halla en conexión con el metro de la épica heroica y era, en aquellos tiempos, como ésta, apta para servir de vehículo a todos los contenidos. La elegía no posee una forma “interna” como lo creyeron acaso los gramáticos antiguos. Guiados por la evolución posterior del género y por unafalsa etimología, quisieron reducir todas las formas de la elegía a una raíz común: el canto fúnebre. Fuera del metro, que en los tiempos más antiguos no tenía un nombre especial para distinguirlo de la epopeya, la elegía sólo poseía un elemento constante: el hecho de hallarse dirigida a alguien, a un individuo o a una multitud. Es la expresión de una íntima comunidad entre el que habla y aquellos a quienes se dirige. Esto es decisivo para la esencia de la elegía. En el caso de Tirteo se trata de la comunidad de los ciudadanos o de la juventud espartana. Incluso un fragmento que comienza en un tono de apariencia más reflexiva  halla su culminación y su término en la forma de una exhortación; se dirige a los miembros de una comunidad que. como de costumbre, no determina de un modo preciso, sino que da por presupuesta. Esta forma admonitoria expresa de un modo claro el carácter educador de la elegía. Esto tiene de común con la épica. Sólo que la elegía, como la poesía didáctica de los Erga hesiódicos, se dirige de un modo más directo y deliberado a una personalidad determinada. El contenido mítico de la epopeya actúa en un mundo ideal. Los discursos de la elegía, dirigidos a personas reales, nos sitúan en la actualidad real del poeta. Pero, aunque su contenido dependa de la vida de los hombres a los cuales habla, su expresión poética se atiene al estilo de la epopeya homérica. Viste un asunto contemporáneo con el lenguaje de la epopeya. Pero el asunto de Tirteo era mucho más adecuado para ello que el de Hesíodo, pues nada más cercano a la epopeya que la lucha sangrienta y el heroísmo guerrero. Así no sólo pudo Tirteo tomar de Homero el material lingüístico, palabras determinadas y modalidades de expresión, sino que halló en las descripciones de batallas de la Ilíada y aun en sus discursos el modelo para sus alocuciones, destinadas a levantar el ánimo de los combatientes en momentos de peligro. No tenía más que separar aquellos fragmentos del trasfondo mítico que poseen en la epopeya y transportarlos a la actualidad viviente. Ya en la epopeya tienen las arengas una vigorosa acción protréptica.  Homero parece hablar no sólo a los personajes épicos de que se trata, sino también a los oyentes.  Así lo sintieron los espartanos. Tirteo no tuvo más que transferir el poderoso ethos que alienta en las escenas homéricas a la realidad de las guerras mesenias, para crear su elegía. Tanto mejor comprenderemos esta transferencia espiritual si consideramos a Homero, como lo hacían en tiempos de Tirteo y de Hesíodo, ante todo como educador de los tiempos presentes y no sólo como narrador del pasado. Tirteo, en sus elegías, se sentía, sin duda alguna, como un verdadero homérida. Pero lo que confiere a estos discursos a la nación espartana su verdadera grandeza no es su mayor o menor fidelidad a los modelos homéricos, ni en su conjunto ni en los detalles, sino la fuerza espiritual mediante la cual transporta las formas artísticas y los contenidos épicos al mundo actual. Por poco que parezca quedar de personal en Tirteo, si hacemos abstracción de su deuda al lenguaje, a los versos y a las ideas de Homero, su real originalidad aparece clara, desde nuestro punto de vista, si consideramos que tras las formas y los primitivos ideales heroicos se halla una autoridad moral y política completamente nueva, para la cual intenta una nueva acción educadora; la idea de una comunidad ciudadana que trasciende toda individualidad y para la cual todos viven y mueren. El ideal homérico de la areté heroica es transformado en el heroísmo del amor a la patria. El poeta aspira a que este espíritu impregne la vida de todos los ciudadanos. Quiere crear un pueblo, un estado de héroes. La muerte es bella cuando la sufre un héroe. Y se es un héroe cuando se cae por la patria. Esta idea confiere a su caída el sentido de una ofrenda de la propia persona en aras de un bien más alto.

 El tercero de los poemas conservados manifiesta del modo más claro esta transformación de la areté. Hasta hace poco, por razones puramente formales, se le consideró como posterior y se negó que perteneciera a Tirteo.  En otro lugar he dado la prueba evidente de su autenticidad. En modo alguno puede ser considerado como perteneciente a la época sofistica (siglo v). Evidentemente, SolónPíndaro lo conocieron ya y Jenófanes, en el siglo VI, en uno de sus poemas que nos han llegado, maneja, elabora y transforma, sin duda alguna, varias de sus ideas capitales. Por otra parte, es evidente que Platón escogió esta elegía entre todos los poemas atribuidos a Tirteo como el que mejor caracteriza el espíritu de Esparta.  En él desarrolla el poeta, del modo más penetrante, la esencia de la areté espartana. Alcanzamos aquí una perspectiva profunda sobre el desarrollo histórico de este concepto desde Homero y sobre la íntima crisis que sufrió el antiguo ideal del hombre en el periodo de crecimiento de la cultura ciudadana. El poeta exalta la verdadera areté sobre cualesquiera otros bienes que, a juicio de sus contemporáneos, pudieran otorgar un valor y una consideración al hombre. “No quisiera mantener la memoria de un hombre ni hablar de él por la virtud de sus pies ni por la destreza en la lucha, aun cuando tuviera la grandeza y la fuerza de los cíclopes y venciera en velocidad al tracio Bóreas.” Éstos son ejemplos eminentes de la areté agonal, que los caballeros, desde los tiempos de Homero, estimaban por encima de todo y que, en la última centuria, a consecuencia de los juegos olímpicos, habían sido considerados, aun para los luchadores ajenos a la nobleza, como la más alta medida de la realización humana. Pero Tirteo añade todavía otras virtudes de la antigua aristocracia:  “Y aunque fuera más bello que Titonos y más rico que Midas y Ciniras y más regio que Pelops, el hijo de Tántalo, y tuviera una lengua más lisonjera que Adrasto, ni quisiera honrarle, aunque tuviera todas las glorias del mundo, si no poseyera el valor guerrero. No se halla bregado en la lucha si no es capaz de resistir la muerte sangrienta en la guerra y luchar cuerpo a cuerpo con su adversario. Esto es areté —exclama el poeta, conmovido—, éste es el título más alto y más glorioso que puede alcanzar un joven entre los hombres. Bueno es para la comunidad, para la ciudad y para el pueblo que el hombre se mantenga en pie ante los luchadores ya huyente de su cabeza toda idea de fuga.”   No se diga que esto es retórica retardada. Algo análogo hallamos ya en Solón. Las raíces de las formas retóricas penetran profundamente en los tiempos primitivos. La vivacidad de las repeticiones resulta del íntimo pathos con que es sentida la idea en que culmina la totalidad del poema: ¿cuál es el verdadero valor del hombre?.  La inusitada acumulación de vigorosas negaciones que llena la primera docena de versos y que lleva a su último grado la tensión del oyente, trae a la vista todas las ideas a las cuales se había concedido algún valor y coloca en un mismo plano de inferioridad los más altos ideales de la antigua nobleza. Sin negarlos, empero, ni abolirlos totalmente, se revela entonces como el verdadero profeta del nuevo ideal, austero y severo, de la ciudadanía: sólo existe una medida de la verdadera areté, la ciudad y aquello que la favorece o la perjudica. De ahí pasa, naturalmente, a la revelación de la “recompensa” que lleva consigo el sacrificio de sí mismo en honor de la polis, lo mismo si se cae en la lucha que si se vuelve triunfante. “Pero aquel que cae entre los luchadores y pierde la vida tan querida, cubre de gloria a su ciudad, a sus conciudadanos y a su padre, y atravesado el pecho, el escudo y la armadura, es llorado por todos, jóvenes y viejos; su doloroso recuerdo llena la ciudad entera y su tumba y sus hijos son honrados entre los hombres y los hijos de sus hijos y todo su linaje; jamás se extingue el honor de su nombre y, aun cuando yazga bajo la tierra, se hace inmortal.”  Nada es el honor de los héroes homéricos, por mucho que el cantor lo publique y se extienda sobre la faz de la tierra, ante el honor del simple guerrero espartano, tal como lo describe Tirteoprofundamente arraigado en la comunidad ciudadana del estado. La rigurosa comunidad, que aparece en la primera parte del poema solamente como una exigencia, se revela aquí como aquello que otorga a los ciudadanos todos sus valores ideales. El carácter ciudadano del concepto de la areté heroica resulta, en la segunda parte, del carácter ciudadano de la idea de la gloria heroica que, en la concepción épica, acompaña inseparablemente a aquélla. Garantía de ella es ahora la polis.  El “nombre” del héroe es preservado con certeza de la fugacidad del presente por la vida perdurable de la comunidad. Los griegos primitivos no conocieron la inmortalidad del “alma”. Con la muerte corporal muere el hombre. La psyché de Homero significa más bien lo contrario, la imagen corporal del hombre mismo, que vaga en el Hades como una sombra: una pura nada. Pero si alguien, mediante la ofrenda de su vida, se eleva a un ser más alto, por encima de la mera existencia humana, le otorga la polis la inmortalidad de su yo ideal, es decir, de su “nombre”. Desde entonces la idea de la gloria heroica conservó para los griegos este matiz político. El hombre político alcanza su perfección mediante la perennidad de su memoria en la comunidad por la cual vivió o murió. Sólo el creciente menosprecio del estado, propio de los tiempos posteriores, y la progresiva valoración del alma individual, que alcanza su punto culminante con el cristianismo, hizo posible que los filósofos consideraran el desprecio de la gloria como una exigencia moral.

Nada parecido se halla todavía en la concepción del estado de Demóstenes y Cicerón. Con la elegía de Tirteo comienza el desarrollo de la ética del estado. Así como preserva la memoria del héroe caído, realza la figura del guerrero vencedor. “Jóvenes y viejos, le honran, la vida le ofrece singularidad ydistinción, nadie osa perjudicarle  u ofenderle. Cuando se hace viejo, infunde profundo respeto y dondequiera que se presenta se le cede el lugar.” En la estricta comunidad de la primitiva polis griega esto no son simplemente bellas palabras. Aquel estado es realmente pequeño, pero tiene en su esencia algo heroico y, al mismo tiempo, profundamente humano. Para los griegos, y aun para toda la Antigüedad, es el héroe la forma más alta de la humanidad. El mismo estado que aparece aquí como la fuerza ideal que otorga un sentido a la vida de los ciudadanos, se ofrece en otro poema de Tirteo, como algo amenazador y espantable. Contrapone el poeta la muerte gloriosa en el campo de batalla con la vida desventurada y errante que constituye el destino inevitable del hombre que no cumple, en la guerra, sus deberes ciudadanos y se ha visto obligado a abandonar su patria. Va errante por el mundo con su padre y su madre, su mujer y sus hijos. En su pobreza e indigencia, es un extraño dondequiera que vaya y todos lo miran con ojos hostiles. Deshonra su linaje y ultraja su noble figura y, dondequiera, le sigue la injusticia y el envilecimiento. Es una pintura incomparablemente vigorosa de la lógica inexorable con que exige el estado los bienes y la sangre de sus miembros. Con el mismo realismo describe el poeta el honor que confiere la patria a los valientes que el despiadado destino de los prófugos en el destierro. No establece diferencia alguna entre los que hayan sido desterrados por una necesidad excepcional del estado porque huyeron ante el enemigo y los que abandonaron voluntariamente el país para evitar el servicio militar y se hallan constreñidos a vivir en otra ciudad. De la unión de estas dos descripciones, de la elevación ideal y el poder brutal del estado, resulta su naturaleza, análoga a la de los dioses; y así lo sintieron siempre los griegos. El fundamento del bien común en las nuevas virtudes ciudadanas no se hallaba, para el pensamiento griego, en un utilitarismo materialista, sino en el carácter religioso del concepto universal de la polis. Frente a la areté de la epopeya, el nuevo ideal de la areté política es expresión de un cambio en la concepción religiosa. La polis es la suma de todas las cosas humanas y divinas. No puede sorprendernos que en otra elegía, muy famosa en la Antigüedad, la Eunomia, se nos muestre Tirteo como el mentor y el representante del orden político interior del estado. Se esfuerza en educar al pueblo de acuerdo con el principio fundamental de la “concepción” espartana tal como nos ha sido ya descrita en la prosa dórica de la antigua rhetra, que recoge Plutarco en su Vida de Licurgo. Tirteo es el testimonio excepcional de la Antigüedad de este precioso documento histórico que parafrasea, en lo esencial, en su elegía. Evidentemente el poeta se manifiesta siempre en su función de educador del estado. En sus poemas se despliega la totalidad del cosmos espartano, en la guerra y en la paz. Esto nos interesa aquí más que los problemas históricos relativos a la constitución de estos dos poemas tan importantes para la historia de la antigua EspartaEl pensamiento que impregna la Eunomia es de la mayor importancia, lo mismo para el conocimiento de la actitud personal de Tirteo que para el de su oposición al espíritu político de Jonia y de Atenas.  Así como éstas jamás se sintieron ligadas por la autoridad de la tradición o del mito, sino que se esforzaron por regular la distribución de los derechos políticos de acuerdo con un pensamiento más o menos universal, social y justo, deriva Tirteo la eunomia espartana, a la manera antigua, del poder de los dioses y ve en este origen su inviolable y más alta garantía.  “El mismo Zeus, el Crónida, el esposo de la coronada Hera, dio esta ciudad a los heráclidas. Junto con ellos abandonamos el ventoso Erineos y vinimos a la amplia isla de Pelops.”  Si consideramos este fragmento con el largo pasaje en que reproduce el poeta lo fundamental de la antigua rhetra, aparece claramente la vuelta a los orígenes míticos del estado espartano en la época de las primeras inmigraciones dóricas. La rhetra delimita los derechos del pueblo frente al poder del rey y del consejo de los ancianos. Esta ley fundamental la deriva también Tirteo de la autoridad divina. Ha sido sancionada y aun ordenada por el oráculo de Apolo deifico.  Cuando el pueblo, consciente de su fuerza, tras de una guerra victoriosa, pero dura, exige derechos políticos como premio de sus sacrificios y se excede, acaso, en sus exigencias, le recordará Tirteo que sólo a los reyes -los “heráclidas”- debe el país su derecho. A ellos otorgó Zeus la ciudad, de acuerdo con el antiguo mito del estado, que considera la inmigración en el Peloponeso como el retorno de los heráclidas. Así, los reyes son el único vínculo legítimo entre el estado actual y el acto de donación divina que fundó el estado en el pasado. El oráculo deifico fundó, de un modo perenne, la posición legítima de los reyes. La Eunomia de Tirteo intenta dar una interpretación auténtica al fundamento jurídico del cosmos espartano. Su construcción, derivada de un pensamiento, en parte racional y en parte mítico, da por supuesta la fuerte realeza de las guerras mesénicas.  Como lo muestra su poema sobre las virtudes ciudadanas, Tirteo no fue, en modo alguno, un reaccionario. Al intentar establecer una ética del estado frente a la ética de los nobles y propugnar la unión de todos los ciudadanos, considerados como guerreros, dentro del estado, aparece más bien como un revolucionario.  Sin embargo, se halla lejos de la democracia. Como muestra la Eunomia, el pueblo es la comunidad del ejército. Vota o NO ante las proposiciones del consejo, pero no goza de la libertad de hablar. Fue probablemente difícil mantener este orden de cosas después de la guerra. Pero es evidente que las autoridades usaron de la autoridad popular, adquirida por Tirteo, como caudillo espiritual de la guerra, para mantener el “orden jurídico” ante las crecientes demandas del pueblo. El Tirteo de la Eunomia pertenece a Esparta. El Tirteo de las elegías guerreras pertenece a la Grecia entera. La imagen de un nuevo heroísmo ciudadano que, a partir del peligro y de la guerra, penetró en las luchas sociales de un mundo menos heroico, encendió el fuego de una nueva y auténtica poesía. Nacida en un momento de serio peligro para el destino del estado, adquirió un lugar firme al lado de los ideales de la epopeya homérica. Poseemos otra elegía guerrera del poeta jónico Calinos de Éfeso, no muy anterior a Tirteo. Por su forma y por su contenido, invita a una comparación entre ambos poetas. Su relación no es completamente clara y es posible que sean completamente independientes entre sí. Calinos se dirige a sus conciudadanos para que resistan con valor a los enemigos; un fragmento de otro poema permite colegir que se trata de las hordas bárbaras de los cimerios que habían invadido el Asia Menor y penetraban ya en el reino de Lidia. En la misma situación y en condiciones análogas, surge una creación poética del mismo orden. En lo formal, hallamos en Calinos la misma dependencia de Homero y la misma penetración de la forma épica en el espíritu de la comunidad ciudadana. Pero lo que para los efesios y sus ciudadanos, exentos de sentido político, fue un arrebato excepcional, se convirtió en Esparta en una actitud permanente y devino la forma fundamental de su educación.

Tirteo impregnó para siempre a la ciudadanía espartana de la nueva idea de la comunidad y del heroísmo que dio al estado espartano su sello histórico. Su voz como educador, según la idea heroica del estado, traspasó pronto los límites de Esparta. Dondequiera que entre los griegos se mantuvo la virilidad ciudadana y su exigencia por el estado y se honró la memoria de los héroes, fue Tirteo el poeta clásico de la conciencia ‘”espartana”, incluso en los estados no espartanos y aun en los enemigos de Esparta, como Atenas.  Sus versos resuenan en los epigramas funerarios del siglo V, en las tumbas de los guerreros caídos y en las oraciones fúnebres públicas que se pronunciaban en el estado ateniense en el siglo IVen honor de sus muertos. Eran recitados en los simposios al son de la flauta. Los oradores áticos, como Licurgo, trataban de imprimirlos en el corazón de los jóvenes como los poemas de Solón. Para explicar la posición de los guerreros en su estado ideal, Platón toma por modelo a Tirteo, cuando propugna honrar a los guerreros más alto que a los vencedores de Olimpia. En las Leyes nos dice que la Esparta del siglo IV posee, en Tirteo, la más alta manifestación del espíritu del estado dórico, cuya finalidad se halla en la educación pública de los ciudadanos, es decir, en la formación para la destreza guerrera.  Todos los espartanos se hallan “saciados” de su espíritu, incluso los que tenían que habérselas con él, aun los no espartanos que, como él mismo, no consideraban que fuera definitiva y perfecta aquella concepción de la esencia del estado y de la más alta excelencia humana. La evolución no podía detenerse en Tirteo. Pero incluso cuando, en el transcurso del tiempo, se transformó, para los griegos, el espíritu de la verdadera areté, las ideas tan apasionadamente defendidas por Tirteo y la antigua forma que imprime en sus poemas a la verdadera virtud, impregnan las nuevas exigencias y los nuevos ideales. Es la verdadera idea griega de la “cultura”. Una vez acuñada, la forma conserva su validez aun en ulteriores y más altos estados y todo lo nuevo es preciso que se contraste en ella. Así el filósofo Jenófanes de Colofón, cien años más tarde que Tirteo, trata de transformar aquellas ideas y sostiene que sólo la fuerza espiritual ha de mantener el más alto rango en el estado; y Platón, continuando aquella evolución y en el estado ideal que propone en las Leyes, pone a la justicia al lado y por encima del valor.  En este sentido reelabora la poesía de Tirteo para ponerla de acuerdo con el espíritu de aquel estado. La crítica de Platón se dirige menos contra Tirteo que contra los excesos de fuerza del estado espartano contemporáneo, cuyo fundamento halla en aquellos poemas guerreros. Ni aun sus más grandes admiradores podrían descubrir en aquella Esparta inflexible y unilateral resto alguno de espíritu musical y poético. En este sentido, son elocuentes el silencio de Jenofonte y los esfuerzos fallidos de Plutarco para llenar aquella laguna. No necesitamos hacer de esta falla una virtud. Afortunadamente, a pesar de lo fragmentario de nuestras tradiciones y documentos, podemos demostrar que la Esparta antigua de los tiempos heroicos del siglo VII poseía una vida más rica y se hallaba completamente libre de la pobreza espiritual que nos ofrece de un modo tan vigoroso la imagen histórica de Esparta. Aunque Tirteo otorga, con justicia, un valor más alto a la aptitud guerrera que a la formación gimnástica del cuerpo, la lista de los vencedores en los juegos olímpicos en los siglos VII y VI, sobre todo después de las guerras mesénicas, demuestra, por el predominio de los nombres espartanos sobre los de los otros estados participantes, el valor supremo que concedían a estas luchas pacíficas y civiles. Aun en lo que respecta al arte y a la música no se opone la antigua Esparta a la vida alegre del resto de las ciudades griegas con el gesto de adusto rigor que fue considerado ulteriormente como lo esencial de la vida espartana. Las excavaciones han revelado la existencia de una arquitectura activa y animada, fuertemente influida  por los modelos de la Grecia oriental. Esto coincide con la introducción de la elegía jónica por Tirteo. Al mismo tiempo, fue llamado el gran músico Terpandro de Lesbos, el inventor de la cítara de siete cuerdas, para dirigir el coro de las fiestas religiosas y organizarlo de acuerdo con el sentido de sus innovaciones. La Esparta de los tiempos posteriores adoptó rígidamente los módulos de Terpandro y consideró toda ulterior innovación como una revolución contra el estado. Pero esta misma rigidez muestra hasta qué punto la antigua Esparta consideró la educación musical como algo esencial para la formación del ethos humano en su totalidad. Fácil es imaginar el influjo de esta fuerza artística en una época en que pudo desarrollarse con la plenitud de su vitalidad originaria. Los abundantes restos de poesías corales de Alemán, lírico sárdico ciudadano de Esparta, completan la imagen de la Esparta arcaica de manera perfecta. Debió de encontrar en su nueva patria ambiente propicio para el pleno desarrollo de sus actividades. El lenguaje y la forma de Tirteo son enteramente homéricos. Alemán introduce, con plena conciencia, el dialecto lacónico en la lírica coral.  Sus versos, escritos para los coros de muchachas espartanas, brotan del humor penetrante y de la fuerza realista de la raza dórica, que sólo se manifiestan en rasgos singulares a través de la estilización homérica de las elegías de Tirteo. Las canciones de Alemán, en las cuales se menciona nominalmente a las muchachas del coro y se pregonan sus premios y sus pequeñas ambiciones y envidias, nos transportan, con análoga vivacidad y realismo, a las rivalidades de los agones musicales de la antigua Esparta y nos muestran que el espíritu de emulación en el sexo femenino no era inferior al de los hombres.  En ellos se revela también, con la mayor claridad, que la condición de la mujer en la vida pública y privada de Esparta era mucho más libre que entre los jonios, influidos por las costumbres asiáticas, y que en Atenas, influida, a su vez, por los jonios. Este rasgo, como otras muchas peculiaridades de la raza dórica, en las costumbres y en el lenguaje, son un resto de los usos de la raza invasora y dominante, que se conservaron allí mucho más que en cualquier otro lugar de Grecia…



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