La familia Belgrano

14 Ago

 

Historia de Belgrano

y de la Independencia Argentina

Bartolomé Mitre; W.M. Jackson Inc. Editores, Buenos Aires; 1949

 

Capítulo Primero

 

La sociabilidad argentina  (1770/1794)

 

XIX

 

El Cabildo de Buenos Aires invita a los vecinos...

 

 

      En el seno de esta sociedad así constituída, existía por los años 1760 una familia, extranjera en parte por su origen, y con cierta notoriedad en el municipio y el comercio.  Era su jefe don Domingo Belgrano y Peri (conocido por Pérez), natural de Oneglia en la Liguria, que trasladado en 1750 a Cádiz con el objeto de buscar fortuna en el comercio, pasó a América en 1759, después de obtener del Rey carta de naturalización.  Constituyó en Buenos Aires su hogar, casándose allí con Doña María Josefa González Casero, cuya familia radicada en el país fundó el Colegio de Niños Huérfanos de San Miguel, base de la Sociedad de Beneficiencia, que más tarde debía llamar a la mujer a compartir las tareas del gobierno en la esfera de su generosa actividad. Aunque extranjero naturalizado, el italiano Belgrano y Peri, llegó a ser Regidor de Cabildo y Alférez Real de la ciudad de Buenos Aires. Favorecido por la fortuna en sus especulaciones comerciales, “adquirió riqueza -como lo dice uno de sus descendientes en sus Memorias-, para vivir cómodamente y dar a sus hijos la educación mejor en aquella época”.  De este enlace fecundo nacieron once hijos: siete varones y cuatro mujeres. Los primeros siguieron con honor lsa distintas carreras de las armas, el sacerdocio, de la magistratura y del comercio, ocupando alguno de ellos elevados puestos en la administración del Estado y en las Asambleas Legislativas.  Uno de estos siete hermanos era en 1787 maestro en artes y colegial del Consistorio de Montserrat, en la ciudad de Córdoba del Tucumán. Regentaba este establecimiento un teólogo profundo y un inspirado orador sagrado, hijo de Buenos Aires, llamado Fr. Pantaleón García. En la dedicatoria de un Panegírico de Santa Catalina de Sena, que corre impreso en Cádiz, el sabio maestro decía al joven discípulo: “En todo se nos presenta un joven ajeno a las puerilidades de la primera edad. ¡Yo descubro el tesoro que se oculta!. Un entendimiento sano y lleno de luces, bellas cualidades que entre los hombres son un género de felicidad que parece los diviniza. El temor de Dios, que llama la Esritura, ya el principio de la sabiduría, ya la sabiduría mísma, ya la plenitud de la corona de la sabiduría, es el móvil de sus acciones. Alcanzará a Dios y al mundo, a la religión y al Estado“.   Estas verdes promesas, que el elocuente orador colocaba sobre la cabeza de su joven discípulo, inspiradas por la contemplación extática de la belleza moral, debían ser cumplidas en toda su plenitud por otro hermano menor, que a la sazón no había cumplido los diez y siete años. Era éste Manuel Belgrano, el cual al leer aquellas alentadoras palabras, debió sin duda sentirse impulsado a obrar grandes cosas, realizando las esperanzas de aquel apóstol de la verdad, que le revelaba la grandeza del destino de los hombres que se consagran al bien de sus semejantes. Hay palabras que en la primera edad deciden de los destinos futuros. En los escritos y acciones posteriores de Belgrano, se nota más de una vez la marca de fuego que la predicción de Fr. Pantaleón García debió estampar en su alma juvenil, blanda cera que se modelaba bajo la mano de aquel grande artífice de hombres.  Manuel Belgrano había nacido en Buenos Aires el 3 de Junio de 1770 y era uno de los menores entre sus hermanos. Fue bautizado en la Iglesia Catedral de la misma ciudad al día siguiente de su natalicio, con el nombre de Manuel Joaquín del Corazón de Jesús. Puso sobre su frente el óleo sagrado, el Dr. Juan Baltasar Maciel, célebre por sus escritos y sus desgracias, y poseedor de la más rica biblioteca de los conocimientos humanos que hasta entonces se hubiese conocido en el Río de la Plata.  Belgrano creció en años bajo el amparo del ala maternal. Cursó en Buenos Aires la primeras letras. A la edad competente estudió en la misma ciudad el latín y la filosofía, siendo su maestro en el Colegio de San Carlos el Dr. Luis Chorroarín, de quien recibió lecciones (a la par de otros futuros hombres ilustres) en los ramos de lógica, física, metafísica, ética, literatura, según el orden de los estudios de entonces. No tenía aún diez y seis años y ya había aprendido cuanto podía enseñarse en las aulas de aquella época. Notando sus bellas disposiciones, decidiéronse sus padres a enviarle a España, para que completara allí sus estudios.  Por el año de 1786 pasó Belgrano a España, donde estudió leyes en la Universidad de Salamanca, matriculándose en ella el 4 de Noviembre de 1786. El joven estudiante debió formar un triste concepto del saber geográfico de sus maestros respecto de la América, cuando al recibir su certificado de matrícula, que original tenemos a la vista, leyó que se le llamaba  “natural de la ciudad y obispado de Buenos Aires en el reino del Perú”.  En febrero de 1789 graduóse de bachiller en Valladolid, en cuya cancillería se recibió de abogado el 31 de Enero de 1793, después de haber pasado algún tiempo en Madrid completando sus estudios profesionales y cultivándo otros ramos de los conocimientos humanos a que se sentía más inclinado.  “Confieso, dice Belgrano en su autobiografía, que mi aplicación no la contraje tanto a la carrera que había ido a emprender, como al estudio de los idiomas vivos, de la economía política y el derecho público, y que en los primeros momentos en que tuve la suerte de encontrar hombres amantes del bien público, que me manifestasen sus ideas, se apoderó de mí el deseo de propender en cuanto pudiese al provecho general, y el de adquirir renombre con mis trabajos hacia tan importante objeto, dirigiéndolos particularmente a favor de mi patria”.  Su ambición juvenil debía estimularle naturalmente al cultivo de aquellas ciencias que eran casi totalmente desconocidas en las colonias españolas, y en especial de las que tienen por objeto la mejora y la felicidad de la especie humana. La idea de importar a su patria ciencias nuevas y de aplicarlas algún día a su engrandecimiento, debió halagar sus tempranas aspiraciones a la gloria, y esto le estimuló sin duda a contraerse al estudio de las ciencias sociales, y con paritularidad a la economía política.  En la Universidad de Salamanca se había iniciado en sus principios, y mereció ser nombrado miembro de su “Academia de Economía Política”, adelantando sus conocimientos en la materia con la lectura de los mejores libros y el trato con los hombres de letras durante su permanencia en Madrid.  Allí fue donde se ligó con otra sociedad del mismo género, denominada de “Santa Bárbara”, que lo puso en contacto con algunas notabilidades españolas, en mérito, tanto de sus conocimientos económicos, cuanto de la traducción de un tratado conexo con aquella ciencia.  Al terminar Belgrano sus estudios por el año 1793  “las ideas de economía política cundían en España con furor” valiéndonos de sus propias palabras. La ciencia económica, que había sido cultivada en España desde principios del siglo XVII bajo los reinados de Felipe IV y Carlos II (época en que recién empezaban a alborear en el resto de la Europa), estaba totalmente relegada al olvido, cuando a mediados del siglo XVIII, casi al mismo tiempo que Adam Smith publicaba su gran libro sobre la “Riqueza de las Naciones”, se hizo sentir un movimiento en el sentido de rehabilitarla. Los antiguos trabajos económicos de Moncada, de Martínez Matta, de Osorio, y los más recientes planes comerciales de Ward y de Camplillo fueron rejuvenecidos, popularizados y complementados por el genio observador de Campomanes, quien con sus discursos y con sus tratados populares, presidió a este movimiento saludable en el sentido del estudio de los intereses materiales. A ese movimiento se asoció el célebre Jovellanos, que ya presagiaba su famosa Ley Agraria; Cabarrus, el fundador del Crédito Público en España, y el limeño Olavide que realizaba con audacia las teorías de los economistas en las colonias de Sierra Morena. En medio de esta atmósfera calurosa de ideas nuevas, que cautivaban la atención de los primeros hombres de la época, bajo los auspicios de un ministro ilustrado como Gardoqui, que acababa de llegar de los Estados Unidos, lleno de su espíritu progresista, y al mismo tiempo que se decretaban nuevas franquicias para el comercio de América, y con especial para el Río de la Plata, dilatáronse los horizontes del pensamiento de Belgrano poblando su imaginación impresionable de visiones risueñas para el porvenir de su patria.  La dirección de estos estudios sólidos, que tenían en vista el bienestar de los pueblos, fortalecieron su recto juicio y encendieron en su alma ese amor por sus semejantes, que es uno de los rasgos distintivos de su carácter.  Estos estudios, de que él fue importador, y que ayudado por Castelli, por Vieytes, Moreno y otras inteligencias argentinas, popularizó en las orillas del Río de la Plata, contribuyeron eficazmente a dar forma y dirección práctica a las ideas de progreso, ilustrando a la generalidad sobre sus verdaderos intereses. Ellos influyeron más poderosamente aún, en la preparación de la revolución política que estalló más tarde, la que fue precedida por la revolución económica del comercio libre, que emancipó mercantilmente a la colonia de su metrópoli, triunfo pacífico al cual no es extraño el nombre y la influencia de Belgrano, como luego se verá.  El estudio de las ciencias políticas, que tienen por objeto el mejor gobierno de las sociedades, contribuyó a formar su conciencia de ciudadano, ilustrándose sobre los verdaderos derechos y deberes de los pueblos; así como el estudio de las cuestiones económicas le había ilustrado respecto de sus verdaderos intereses. Ansioso de adquirir conocimientos, y de penetrar los misterios del pensamiento humano ensanchando al mismo tiempo el círculo de sus ideas, solicitó licencia para poder entregarse libremente a la lectura de libros prohibidos, cuando apenas hacía dos años que el célebre Olavide había sido procesado por la Inquisición, y condenado a penas afrentosas, por haber cometido entre otros delitos, el de tener en su biblioteca la Enciclopedia y los escritos de Bayle, Montesquieu, J.J. Rousseau y Voltaire. El Papa Pío VI se la concedió  “en la forma más amplia para que pudiese leer todo género de libros condenados aunque fuesen heréticos, a excepción de los de astrología judiciaria y las obras obscenas”.  Munido de esta licencia y poseyendo varios idiomas, debieron serle familiares los escritos de Montesquieu y de Rousseau, así como los de Filangieri, cuyos tratados en aquélla época empezaban a ser populares.  En las páginas de aquellos dos grandes pensadores y de este ilustrado filántropo, debió beber sus ideas teóricas sobre el mejor gobierno de las sociedades. Algunos años después, esas ideas de buen gobierno le sirvieron para dar su carácter a la revolución americana, impulsándola en el sentido de las instituciones liberales, cuya noción trajo de la madre patria… 

 

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