Belgrano y las ideas revolucionarias

21 Ago

 

Historia de Belgrano

y de la Independencia Argentina

Bartolomé Mitre; W.M. Jackson Inc. Editores, Buenos Aires; 1949

 

Capítulo Primero

 La sociabilidad argentina

  (1770/1794)

 

XX

 

la revolución que cambia el mundo

 

Estos estudios teóricos, comenzados bajo un gobierno absoluto, aunque ilustrado y suave para la España, como era el de Carlos III, y continuados en presencia de una administración híbrida como la de Carlos IV, no podían dar a Belgrano ideas completas sobre los derechos del hombre en sociedad. Uno de aquellos acontecimientos extraordinarios que conmueven profundamente la conciencia humana, vino a iluminar con súbitos resplandores las profundidades de su ser moral, y a completar las ideas sin aplicación práctica, que hasta entonces había recogido en sus lecturas.  Hablamos de la Revolución Francesa, que produjo en el alma de Belgrano otra revolución no menos radical. He aquí cómo el mismo se explica en sus Memorias al hablar de esta especie de transfiguración moral, que hace presentir el futuro campeón de la libertad de un pueblo oprimido.  “Como en la época de 1789 me hallaba en España, y la revolución de la Francia hiciese también la variación de ideas, y particularmente en los hombres de letras con quienes trataba, se apoderaron de mí las ideas de libertad, igualdad, seguridad, propiedad, y sólo veía tiranos en los que se oponían a que el hombre, fuese donde fuese, disfrutara de unos derechos que Dios y la naturaleza le habían concedido, y que aún las mismas sociedades habían acordado en sus establecimientos indirectamente.”  Nutrida su inteligencia con estos estudios sólidos y estas meditaciones severas, que son el pan de los fuertes, era ya un hombre de ideas formadas, cuando a fines de 1793 recibió una comunicación del Ministro Gardoqui, datada en el Escorial a 6 de Diciembre del mismo año, en la que le anunciaba haber sido nombrado Secretario perpetuo del Consulado que se iba a erigir e Buenos Aires. Aún no se había expedido la cédula ereccional que lleva fecha de 30 de Enero de 1794, lo que manifiesta que Belgrano fue el primer hombre en quien se pensó al constituir la corporación.  En esa cédula se lee su nombre , a la par de los Lezicas, Las Heras y Anchorenas, cuyos descendientes debían tener relación con sus destinos futuros.  Al tiempo de extender los nombramientos, fue requerido por la Secretaría a fin de que indicara candidatos para los diversos Consulados, que en aquella época se erigieron en varios puntos de la América, distinción que manifiesta el grado de consideración de que ya entonces gozaba por sus talentos y la circunspección de su carácter, aún cuando a la sazón no hubiese cumplido los veinticuatro años.  El Consulado de Buenos Aires fue instituído a petición del comercio de Buenos Aires, apoyada por el Virrey Arredondo.  En la época en que su erección fue decretada, no existían en América sino dos corporaciones de este género: el de Méjico y el de Lima.  El Consulado de Lima, como se ha visto, había sido siempre hostil al comercio directo de la metrópoli con los puertos del Río de la Plata, y el sostenedor del monopolio de que estaban en posesión los comerciantes de Cádiz.  Así decía el Consulado de Lima, en una representación hecha al Marqués de Villa García, Virrey del Perú en 1744, lo siguiente: “El comercio de Buenos Aires siempre ha sido pernicioso al del Perú, y no menos a los derechos reales , y por esto, nuestros católicos reyes han resistido a abrir esa puerta, como que no sujetándose el reino a la estrecha garganta de Panamá y Portobello, se disipan y evaporan los más nobles espíritus del oro y de la plata, extrayéndose por los resquicios que maquina la industria, cuyo perjuicio se conoció aún antes que lo enseñase la experiencia”.  A lo que contestaba el apoderado del comercio de Buenos Aires en Madrid en un memorial datado en 1750, patentizando las ventajas del comercio libre y el interés egoísta que animaba al Consulado de Lima, diciendo al rey entre otras cosas: “Continúa el comercio limeño su antigua emulación declarada, maquinando cada día nuevos arbitrios jpara embarazar la frecuentación de navíos por la carrera de Buenos Aires, no tanto con razones justificadas, cuanto con pretextos paliados con apariencia de justicia, etc.: sin atender más que a su propio interés. No contento con haber obtenido la prohibición de que los comerciantes de Buenos Aires pudiesen retormar por esa vía los caudales producidos de su negociación, etc, ha logrado posteriormente una nueva orden, etc., para que dentro del mismo año salgan de aquella ciudad los efectos conducidos en los Permisos a su puerto”.   A virtud de estas y otras reclamaciones, las provincias del Río de la Plata obtuvieron las franquicias que ya quedan detalladas, y que hacen época en la historia colonial.  La erección del Consulado de Buenos Aires era, pues, el sello puesto a su carta de libertad; y el nombre de Belgrano, asociado al origen de esta institución, lo recomienda a la posteridad.  Más adelante se verá la parte principal que le cupo en la tarea de popularizar los principios del libre cambio por medio de esa institución, y esto es lo que nos ha obligado a ilustrar una cuestión histórica, que tan íntimamente se liga con los trabajos económicos que llenaron la primera época de su vida.  El Consulado de Buenos Aires fue instituído con un doble carácter. Al mismo tiempo de concedérsele la jurisdicción mercantil, debía tener el carácter de junta económica, fomentando la agricultura, la industria y el comercio, razón por la cual tomó el título de Junta de Gobierno, obrando con independencia en lo relativo al fomento de esos tres ramos.  Esto explicará algunas creaciones importantes que Belgrano realizó después con su auxilio.  Entre los deberes del secretario, uno de los más interesantes era, según el tenor del artículo XXX  de la cédula ereccional, “escribir cada año una memoria sobre los objetos propios de su instituto”.  Belgrano, que había salido muy joven de Buenos Aires, sin tener ocasión de palpar los abusos de que eran víctimas las colonias españolas en América, y que por otra parte, veía que en su nuevo empleo podría utilizar los conocimientos económicos que había adquirido, dió a la creación de los consulados más importancia de la que realmente tenían.  Aún llegó a persuadirse, que por ese medio llegaría a obrarse la regeneración de un mundo y podría labrarse su felicidad.  Así nos dice en sus Memorias: “Se abrió un vasto campo a mi imaginación, como que ignoraba el manejo de la España respecto a sus colonias, y sólo había oído entre los americanos un rumor sordo de quejas y disgustos. ¡Tanto me halagué y me llené de ilusiones favorables a la América, cuando fui encargado por la secretaría de que en mis memorias describiese las provincias, a fin de que conociendo su estado pudiesen tomar las providencias acertadas para su felicidad!”.  Poco faltó para que estas ilusiones se realizaran, sí, como se verá luego, el Consulado de Buenos Aires hubiese estado compuesto por hombres que se le parecieran.  Bajo la influencia de estas risueñas esperanzas, abandonó la España, aspirando las emanaciones de una gloria misteriosa que le embriagaba, como esos perfumes que sorprenden en la oscuridad de la noche, y que no se atina de dónde vienen.  Cuando dió la vela en Cádiz, faltaban seis años para que finalizara el siglo XVIII, de cuyas ideas políticas y económicas debía ser uno de los heraldos en el Río de la Plata…

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