Belgrano y las invasiones inglesas

29 Ago

 

el Río de la Plata y Buenos Aires; mapa de 1806

 

 

Historia de Belgrano

y de la Independencia Argentina

Bartolomé Mitre; W.M. Jackson Inc. Editores, Buenos Aires; 1949

 

Capítulo Tercero

 La Conquista y la Reconquista

  (1806)

 

 

Vamos a entrar en una nueva época. Grandes acontecimientos, que cambiarían la faz del país, van a desenvolverse.  El escenario de la vida pública va a dilatarse y a ser ocupado por nuevos actores en el drama de la historia. Un nuevo derecho y una nueva fuerza van a surgir, apoyándose recíprocamente.  La vetusta armazón del sistema colonial comenzará a desmoronarse y concurrirán inconscientemente a ello sus mismos custodios. La opinión pública hará su primera manifestación de soberanía, y empezaran a destacarse de la masa del pueblo, los que le han de guiar en esta evolución y en su próxima revolución.  En medio de este gran movimiento inicial, hará Belgrano sus primeros ensayos militares, que por cierto no fueron brillantes.  Empezó por ser un oficial de milicias, que no tenía de tal sino el uniforme, y oyó disparar los primeros tiros en la guerra en uno de esos simulacros de combate, que tan comunes son en los pueblos que por la primera vez empuñan las armas.  En 1797 había sido nombrado por el Virrey Melo de Portugal capitán del regimiento de milicias urbanas de infantería, empleo puramente honorífico que aceptó  “más por capricho que por inclinación a la carrera militar”, como él mismo lo confiesa.  En 1806, agregado al regimiento de que era capitán, fue comisionado por el Virrey Sobremonte para formar una compañía de caballería compuesta de jóvenes del comercio; pero sus esfuerzos escollaron en la repulsión general que inspiraba el servicio militar.  Mientras tanto, las posesiones del Río de la Plata se hallaban amenazadas por la invasión de una nación poderosa, que hacía años tenía fijos sus ojos sobre la América del Sur, y las personalidades se refundían en la colectividad.  Para comprender mejor esto, y dar su verdadero significado a los hechos que van a seguirse, ligando los efectos a sus causas inmediatas, se hace necesario exponer algunos antecedentes históricos.  La España fue una de las primeras naciones que en Europa y a la par de la Prusia, desenvainó su espada contra la Revolución Francesa del ’93, invadiendo su territorio por los Pirineos, en nombre del principio de la legitimidad monárquica.  Fue también una de las primeras que, vencida a la par de la primera coalición contra la nueva república, se adhirió a la paz de Basilea de 1795, reconociendo la legitimidad del pueblo y del gobierno, que había hecho rodar en un cadalso la cabeza de un rey, en señal de desafío a las testas coronadas.  A esta paz se siguió el vergonzozo tratado de San Ildefonso, negociado por la influencia del favorito Godoy, por el cual la España se constituyó en humilde aliada de la república francesa. En esta desdorosa posición, había acompañado a la Francia con el arma al brazo, durante la segunda coalición de la Europa contra Napoleón, batiéndose en los mares con la marina inglesa y debilitando la suya en una serie de reveses.  La paz de Amiens (1802) ahorrándole mayores sacrificios, no le restituyó, empero, su libertad de acción para lo futuro.  Ligada por el funesto tratado de San Ildefonso y colocada b ajo la presión de su terrible aliada, hubo de pactar con ella la entrega de fuertes subsidios pecuniarios para el caso de una guerra que ya se preveía, a trueque de su concurso armado.  Esta política vacilante y esta posición equívoca, le impidieron restablecer sólidamente sus buenas relaciones con la Inglaterra, no obstante la oferta que hizo ajustar con ella un tratado de comercio, pretendiendo así salvar su neutralidad aparente, y mantener un equilibrio imposible.  Tal era su situación ante las dos grandes potencias destinadas a chocarse, cuando en 1803 estalló de nuevo la guerra continental, en que se puso resueltamente la Inglaterra al frente de la tercera coalición contra Napoleón. Instada por ambos contendores (Francia e Inglaterra) para que asumiese una actitud decidida , la España, sin poder y sin voluntad, se veía fatalmente arrastrada por sus compromisos y por las exigencias de Napoleón a ponerse del lado de la Francia.  En tal situación, una ruptura con la Inglaterra era inminente.

La Inglaterra, en previsión de tal eventualidad, adoptó una resolución que la moral y el derecho de las naciones condena, que ni la necesidad ni el resultado justifica, y que ha sido severamente reprobada hasta por sus propios historiadores.  En plena paz, sin previa declaración de guerra, hallándose el embajador español en Londres, cuatro fragatas de guerra españolas, procedentes del Río de la Plata y cargadas de caudales, fueron alevosamente atacadas a la altura del Cabo de Santa María (1804) por igual número de fragatas inglesas, volando una de ellas en el combate, y quedando apresadas las tres restantes.  Esta brutal agresión decidió a la España a romper las hostilidades, la que, uniendo su marina a la de la Francia, sucumbió gloriosamente en el año siguiente (1805) en Trafalgar, dejando a la Gran Bretaña señora de los mares de ambos mundos.  El comercio inglés, afligido pr los efectos de la guerra europea (aún antes de expedirse el famoso decreto del bloqueo continental de 1806 en Berlín), necesitaba abrirse nuevos mercados a fin de dar salida a los productos estancados de sus fábricas; a la vez, su gobierno procuraba asegurarse en el otro hemisferio posesiones que le ofrecieran compensaciones en un tratado de paz.  Años hacía que con tal objeto tenía fijas sus miradas en la América del Sur.  Ya en 1793, al estallar la guerra europea, había reunido en la Isla de Santa Helena una fuerte expedición con el objeto de lanzarla sobre el Río de la Plata; pero la paz que sobrevino paralizó este proyecto.  El genio de Pitt, que dirigía los destinos de aquella nación, no abandonó empero esta idea, teniendo en mira, no sólo su engrandecimiento mercantil, sino también abatir el poder colonial de la España en América, a fin de desmenbrarla de la madre patria, y vengarse así del auxilio que había prestado a la insurrécción y emancipación de las colonias inglesas.  Un hombre extraordinario, campeón y apóstol de la libertad humana en ambos mundos, que fue el primero que abrigó en su mente la idea de emancipación de las colonias españolas del nuevo mundo, implantando en ellas las instituciones republicanas, y que hacía años solicitaba auxilio de todos los gobiernos europeos para realizar su atrevida empresa, golpeó un día las puertas del gran Ministro y le manifestó su plan.  Era este, el célebre general venezolano Miranda, que desde 1790 trabajaba con tal propósito.  En 1797, estos planes empezaron a tomar alguna consistencia.  En ese año reuniéronse en París varios americanos españoles, miembros de una asociación secreta, fundada con aquel objeto por Miranda, y en ella se acordó solicitar formalmente el apoyo de la Gran Bretaña, sobre la base de una alianza ofensiva y defensiva, ofreciéndole en compensación 30 millones de libras esterlinas, y algunas ventajas comerciales y territoriales, de que debían participar igualmente los Estados Unidos Pitt acogió la idea, sobre la base de una expedición de 10.00o hombres de los Estados Unidos, protegida por una escuadra inglesa.  Al efecto hizo que el ministro de negocios extranjeros Dundas escribiera al gobernador de la Trinidad encomendándole “promover los medios más adaptables para libertar las colonias españolas, a fin de ponerlas en términos de resistir a la autoridad opresiva de su gobierno, con la certeza de contr con todos los recursos de la Gran Bretaña, así con sus escuadras como con armas y municiones en cuanto las pudieran desear, bajo el concepto que el ánimo de S.M.B. no es otro sino conservarles su independencia, sin pretender ninguna soberanía, ni tampoco mezclarse en nada de sus privilegios o derechos políticos, civiles o militares”. A la vez Miranda púsose en correspondencia con el célebre Hamilton, a quien había conocido en la época en que, bajo las órdenes de Washington y de Lafayette, había combatido por la independencia de las colonias inglesas.  No habiéndose decidido el presidente Adams a prohijarlo, el proyecto quedó aplazado.  La idea volvió a surgir bajo otra forma en 1801, y cuando se firmó la paz de Amiens estaba en vísperas de llevarse a ejecución.  Al romperse nuevamente las hostilidades en 1803, fue tomada nuevamente en consideración por el gabinete inglés, siendo los intermediarios de la negociación con Miranda el vizconde de Melville, primer lord del Almirantazgo, y sir Home de Popham, quien la acogió con ardor, y redactó sobre ello una Memoria después de conferenciar con Pitt.  En consecuencia, después de la toma de las cuatro fragatas españolas, estaba convenido en Diciembre de 1804, que Popham acompañaría a Miranda con la fragata Diadema de 64 cañones, a fin de cooperar a sus planes sobre América, teniendo en mira “aprovechar toda oportunidad que se presentase para asegurar en el nuevo continente una posición favorable al tráfico de la Inglaterra”.  Por deferencia a la Rusia, se abandonó otra vez el proyecto; pero de él debía nacer muy luego la idea de invadir las posesiones españolas del Río de la Plata…

 

 

 

 

 

 

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