Belgrano y las invasiones inglesas (II)

5 Sep

 

 Historia de Belgrano

y de la Independencia Argentina

Bartolomé Mitre; W.M. Jackson Inc. Editores, Buenos Aires; 1949

 

Capítulo Tercero

 La Conquista y la Reconquista

  (1806)

 

 

tropas inglesas en la vieja Buenos Aires

 
 
 
El gobierno británico se contrajo entonces a asegurar su comercio en las Indias Orientales, y resolvió apoderarse de la colonia holandesa de Cabo de Buena Esperanza.  Al efecto dispúsose una expedición, confiando el mando de las fuerzas navales a Sir Home Popham, y al general David Baird el de las tropas de desembarco, compuestas por 6600 hombres, llevando por su segundo jefe al brigadier Guillermo Carl Beresford. Por un singular encadenamiento de hechos, que se explica por los antecedentes expuestos, estos tres hombres estaban destinados a hacer conocer del mundo la oscura colonia del Río de la Plata, dándole ocasiónde conocerse a sí misma.  La expedición se apoderó del Cabo a poca costa en 1805, después de tocar en su travesía la costa del Brasil, y establecióse allí dominando el Océano Índico, no sin alarmar a la España, que expidió con tal motivo órdenes anticipadas en el sentido de poner en estado de defensa sus colonias. El Marqués de Sobremonte, palaciego que por un capricho de la fortuna había sucedido al Virrey del Pino en el gobierno, se limitó a reconcentrar en Montevideo las pocas atropas regladas de que podía disponer, que apenas alcanzaban a 1000 plazas, y citar algunas milicias, que fueron licenciadas cuando se supo que la expedición se dirigía a Buena Esperanza.  El Virrey, creyendo conjurado el peligro, se entregó a las más ciega confianza, manteniendo la ciudad de Buenos Aires completamente desguarnecida. Mientras tanto, Popham desde el cabo de las Tempestades, tenía fijos sus ojos sobre la América del Sur, soñando aventuras y tesoros. Era Popham un marino distinguido, de variada instrucción y de talentos políticos, que había tomado parte en todas las guerras marítimas de la Gran Bretaña en los Estados Unidos, en la India, en Egipto y en Europa; pero que gobernado más por la imaginación que por el juicio, daba a todas sus empresas un colorido de novela casi charlatanesco, no estando exento su carácter del reproche de codicia.  Tal hombre era el indicado para entenderse con Miranda, quien en medio de sus grandes calidades tenía mucho de soñador, que sin cuidar de las leyes del tiempo ni del espacio, se adelanta a los sucesos.  Sus conferencias con él en Londres, le habían impresionado fuertemente, y recordando que Miranda aseguraba que los colonos americanos odiaban el dominio español, y estaban prontos a sacudir su yugo así contasen con algún apoyo, su vista debió fijarse en la embocadura fronteriza del Río de la Plata, situada casi en el mismo paralelo a pocos días de  navegación.
 
 
Sucedió que en esos momentos arribó al Cabo un capitán norteamericano llamado Wire, procedente del Río de la Plata, el cual había hecho tres viajes por motivos de comercio.  El informó al almirante inglés, que el Río de la Plata se hallaba casi indefenso, no contando con más  de 500 a 600 hombres de línea, que Buenos Aires era una ciudad abierta, que las fortificaciones de Montevideo estaban en ruinas, y que existían allí ricos tesoros y víveres en abundancia, y que contando con la buena voluntad de los naturales, mil hombres bastarían para su conquista, ofreciéndole en prueba de ello a acompañarlo en su empresa.  Combinando estas noticias, con las que un comerciante le había suministrado en Londres al tiempo de su salida, con las que un carpintero inglés residente once meses en el Río de la Plata le había dado en la costa del Brasil, y con las de otro inglés, que habiendo sido intérprete de la aduana de Buenos Aires durante ocho años la confirmaba, Popham no trepidó en acometer la empresa de la conquista del Río de la Plata. Al mismo tiempo cayó en sus manos un número del “Telégrafo Mercantil de Buenos Aires” que había empezado a publicarse al principio del siglo, en el cual se daba una idea de su importancia comercial y de sus riquezas.  Ligando remotamente todo esto con sus instrucciones, con las confidencias de Pitt, las conferencias con Miranda, y con el proyecto de expedición al Río de la Plata en 1793, a la par que de su ambición de popularidad y oro, su imaginación acabó de inflamarse, trazando varios planos de ataque sobre el mapa del Río de la Plata que tenía a la vista. Según él, “los naturales estaban en estado de revuelta, y ellos oblagarían a las tropas de línea a rendirse sin disparar un tiro, siendo su disposición tan adversa al gobierno existente, que ayudarían naturalmente a la conquista de la plaza”.
 
 
Con estas convicciones, con su insinuante elocuencia y la autoridad moral que le daban sus conexiones políticas, persuadió al general Baird a que le cediese el regimiento número 71, fuerte como de 800 plazas, compuesto de escoceses (highlanders), que se había distinguido en Georgia dulrante la guerra norteamericana, señalándose en Siria en la defensa de San Juan de Acre contra Bonaparte. Esta columna, reforzada con algunos artilleros y dragones, fue puesta bajo el inmediato comando del general Beresford, que había acreditado su valor y pericia en la guerra contra la Francia en el Mediterráneo, y en las campañas de la India y del Egipto, y que estaba destinado a adquirir renombre en lo futuro.  La expedición zarpó del Cabo a mediados de abril. Componíanla las fragatas Diadema y Raisonable de 64 cañones, la Diomedes de 50 y las corbertas Leda, Narcisus y Encounter de 32 cada una, y más cinco transportes. En Santa Helena solicitó y obtuvo del gobernador el auxilio de un destacamento de infantería y dos obuses, y puso la proa a su destino a principios de mayo.  El 10 de Junio de 1806 se hallaba la expedición en las aguas del Río de la Plata.  La intención de Popham era apoderarse de Montevideo, para lo cual había combinado durante el viaje cuatro distintos planes, en previsión de todas las eventualidades; pero los informes que suministró un práctico inglés que tomaron en el río, lo decidieron a emprender el ataque sobre Buenos Aires, que como queda dicho, se hallaba completamente desguarnecida, sin una cabeza que pudiera dirigir la resistencia…
 
 
 
 

 

 

 

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