La Batalla de Tucumán

17 Sep

Plano de la Batalla de Tucumán; según el Gral. Bartolomé Mitre

 

 

Historia de Belgrano

y de la Independencia Argentina

Bartolomé Mitre; W.M. Jackson Inc. Editores, Buenos Aires; 1949

 

Capítulo XIX

Tucumán

  (1812)

 

 Pasado el peligro de la conspiración de Álzaga, aprendidos los culpables y puestos a disposición del Gobierno, dejando que la tremenda justicia revolucionaria hiciera su terrible deber, empezó a manifestarse en el Gobierno una desinteligencia, que de tiempo atrás se venía preparando, y que no podía dejar de producirse en un poder sin unidad, compuesto de tres miembros, con iguales facultades.  El carácter elevado de Rivadavia, dominaba moralmente en los consejos del Gobierno; pero no siempre cedía a su influencia el fogoso temperamento de Chiclana, o la ambición flotante de Pueyrredón.  Este últmo sobre todo, que desde que entró a formar parte del triunvirato empezó a inclinarse al partido contrario a los liberales, de quienes era una emergencia el Gobierno, introdujo en él el germen de la división de principios y de miras políticas.  La situación apurada del ejército de Belgrano, dió origen a nuevas divisiones, que contribuyeron no poco a preparar la revolución  del partido liberal, que derribó más tarde a los triunviros.  Tal era el estado político de la capital a principios de Agosto de 1811, en que la vanguardia realista, fuerte de más de tres mil hombres de línea y diez cañones de montaña, se ponía en marcha para invadir las provincias del Norte, en virtud de órdenes del Virrey de Lima, comunicada a Goyeneche.  Este confió el mando de tan brillante columna a su primo el general don Pío Tristán, natural de Arequipa, y a quien Belgrano había conocido en España.  Tristán no era un hombre vulgar, pero tan joven como presuntuoso, y más valiente que capaz de dirigir una campaña, confiaba demasiado en el poder de sus armas, no vencidas hasta entonces, a la par que miraba con harto desdén a los enemigos que iba a combatir.  Poseído de esta ciega confianza, se movió de Suipacha el 1º de Agosto, habiendo hecho adelantar su vanguardia fuerte de 800 hombres, al mando del coronel Huici.  El conocimiento del teatro de la guerra, hará comprender mejor las operaciones de los ejército beligerantes.

 

Las jurisdicciones de Salta, Tucumán, y Jujuí, que al estallar la revolución componían una sola provincia con la primera denominación, incluyendo en su jurisdicción el territorio de Tarija, forman el país conocido en la historia de la conquista con el nombre genérico de Calchaquí, habitado en otro tiempo por una raza guerrera, si no tani ndomable como la de Arauco, por lo menos igualmente porfiada. Situadas próximas al trópico, en el punto preciso en que terminan los últimos escalones ciclópeos de la cordillera de los Andes, y empiezan a desenvolverse las vastas llanuras de la Pampa, tienen bajo el punto de vista físico un carácter peculiar, que las distingue de las demás provincias argentinas y forman el eslabón orográfico con el Alto Perú. La serranía de Ambato, que es uno de las ramificaciones de la gran cordillera, separa a Salta y Tucumán de la provincia de Catamarca, las rodea por el occidente, imprimiéndoles el aspecto montañoso secundario, que les da su fisonomía propia.  El ramal de Aconquija, que se apoya sobre el Ambato como un robusto contrafuerte, limita a Tucumán por el sudoeste, levantándose como un gigante vestido de perpetuas nieves el pico más elevado de él, que tiene como 15.000 pies de altura sobre el nivel del mar.  En las faldas de esta serranía, que forman mesetas y suaves planos inclinados, está situado Tucumán, cuyo territorio por el Norte está cruzado por otras ramificaciones de los Andes, que se dibujan como ligeros relieves, precursores de las altas regiones montañosas.  Otro tanto sucede en Salta y Jujuí, donde los cordones de sierrras son más pronunciados.  Estas ramificaciones, que tienen su origen en el notable nudo de Porco, cerca de Potosí, van abatiéndose gradualmente a medida que se acercan a la pampa, y forman las quebradas, los valles y los accidentes notables del terreno del territorio que describimos. El carácter montañoso del país es mucho más notable en Jujuí, colocado a la entrada de los desfiladeros del Perú.  La Quebrada de Humahuaca, que es el más próximo de ellos, forma el camino que conduce a Potosí, y por su centro corre en lecho torrentoso el río que da su nombre a la jurisdicción.  Hacia la parte del Oeste, sale el camino llamado del Despoblado, que atraviesa las altas mesetas de los Andes, va hasta Oruro y se prolonga hasta la costa del mar en el Bajo Perú. Por la parte del Este sale el camino que conduce a Tarija. De la ciudad de Salta a Humahuaca hay como 50 leguas, y como a las 20 leguas, caminando hacia el Norte, se encuentra la ciudad de Jujuí.  De Jujuí, salen dos caminos carreteros en dirección al Sur, llamado de las Carretas el de la izquierda, y de las Postas el de la derecha.  El primero va directamente a la provincia de Santiago; y el segundo, que pasa al Este de Salta, conduce hasta la ciudad de Tucumán, recorriendo una extensión como de 100 leguas.  Un ramal de este camino conduce a la ciudad de Salta, que dista de Tucumán más de 80 leguas, comunicando ambas por la parte montañosa, por otro de igual extensión, que laman de la Sierra o de las Cuestas, y que sólo es transitable para cabalgaduras.  Tres grandes sistemas hidrográficos dividen estas tres jurisdicciones, encerrando en sus cuencas tres grandes ríos, que nacen de las cordilleras y corren de Norte a Sur: el Bermejo, que desemboca en el Paraguay; el que lleva sucesivamente los nombres de Guachipas, Pasaje y Salado, y es conocido con el de Juramento; el río que en su origen se llama del Tala y que más abajo toma el nombre de Salí, de que son tributarios todos los ríos secundarios del Tucumán, que se derraman en él en líneas paralelas y van a aumentar el caudal de aguas de la arteria conocida por Río Dulce, que muere en los lagos salados de la jurisdicción limítrofe de Santiago.  El Juramento divide a Tucumán de Salta, y en el punto donde abandona el nombre de Guachipas y toma el de Pasaje, forma un notable ángulo saliente que avanza hacia el Norte, y continúa, con la denominación de Río Salado, cubriendo ambas fronteras por la parte del Gran Chaco.

 

Situado Belgrano en Jujuí con el grueso de su pequeña fuerza, con su adelantada vanguardia sobre Huamahuaca, se hallaba en una posición sumamente peligrosa, desde que contando tan sólo con 13oo hombres escasos, marchaba sobre él un ejército compuesto de doble número, mejor armado y disciplinado y muy superior en artillería.  La primera idea del general Belgrano había sido reconcentrar toda su fuerza, obrar con ella reunida y replegarse disputando el terreno al enemigo, abandonándole los territorios de Jujuí, Salta y el de Tucumán en el último caso, según se lo prevenían las instrucciones.  En ellas se le ordenaba: “Si la superioridad de las fuerzas de Goyeneche se hicieren dueño de Salta, y sucesivamente emprendiese, como es de inferir, la ocupación del Tucumán, tomará V.S. anticipadas disposiciones para trasplantar a Córdoba la fábrica de fusiles que se halla en aquél punto, como la artillería, tropa y demás concerniente a su ejército”.  En vez de seguir su primera inspiración, y reconcentrar en consecuencia sus cortas fuerzas para prepararse a una retirada vigorosa, cometió el error de mantener su vanguardia en Humahuaca, fuera de la protección del cuerpo de reserva.  Si Tristán hubiera avanzado con todo el grueso de su ejército, la vanguardia patriótica hubiera sucumbido; pero afortunadamente cometió otro error mayor que el de Belgrano, que fue adelantar una columna ligera. como de 700 hombres, que los españoles en su orgullo consideraban suficientes para iniciar su conquista.  A la aproximación del enemigo, Belgrano dispuso que el coronel Díaz Vélez fuese a tomar el mando de la vanguardia de Humahuaca, en reemplazo de don Juan Ramón Balcarce, con prevención de que si el enemigo daba tiempo avanzara una columna de 200 a 300 hombres, para que hostilizándole por el flanco retardase sus marchas, mientras que él preparaba su retirada.  Esta maniobra, tan imprudente como mal calculada, agravaba el error de mantener las fuerzas divididas; pero afortunadamente, la impetuosidad con que avanzó la vanguardia realista, salvó a aquella división de un contraste seguro.  Díaz Vélez, en vez de avanzar, se replegó sobre el cuerpo de reserva, que era lo que desde un principio debió hacerse, ya que no era posible disputar el paso de una quebrada.  En el intervalo, el general patriota había utilizado su tiempo, aprovechándose de la impresión causada por su terrible bando. Organizó un cuerpo de caballería, bajo la denominación de Decididos, compuestos por los jóvenes que emigraban de Jujuí.  Arregló el convoy de familias que debían seguir su retirada, extrajo los archivos, terminó la fundición de cañones de que se ocupaba, reunió ganados y cabalgaduras, y levantó de tal modo el espíritu abatido de la población, que hasta las mujeres se ocupaban en construir cartuchos y en animar a los  hombres.  Preparado todo para la retirada, esperó hasta el último trance para emprenderla, con lo cual se proponía un doble objeto: primero, no dar muestras de debilidad ni a su tropa; y segundo, aprovecharse en el trascurso de ella de algún error que cometieran los realistas.  El 23 de Agosto, a las cinco de la tarde, se movió de Jujuí el grueso de la columna patriota en dirección a Tucumán, tomando el camino de las Postas.  Siguió más tarde la división antes de vanguardia, compuesta de 200 hombres, destinada a cubrir la retaguardia.  A las doce  y media de la noche salió el general de la ciudad, y alcanzó al ejército que aunque marchaba a pie hizo una jornada de 10 leguas, continuando su retirada en la noche.  A esta distancia reforzó la retaguardia con dos piezas de artillería y alguna caballería, pues el enemigo, que en ese mismo día (24 de Agosto), había ocupado a Jujuí, la picaba seriamente con fuerzas muy superiores.  Al evacuar Jujuí, se cambiaron las primeras balas de la campaña, tocando este honor al capitán Zelaya, que con un puñado de jinetes hizo un repliegue ordenado en medio del fuego sin perder un solo soldado.  No tuvieron igual fortuna las otras avanzadas que cubrían los flancos, pues todas ellas cayeron en poder del enemigo, perdiéndose con ellas siete oficiales patriotas.  Así, perdiendo las plumas de sus alas, combatiendo día y noche sin tener un momento de descanso, siguió sosteniendo Díaz Vélez la retaguardia, y llegó el 26 a Cobos, distante 20 leguas de Jujuí.  Belgrano se hallaba con el resto en la laguna de la Cabeza del Buey, tres leguas más adelante.  A esta altura, la retaguardia patriota fue vigorosamente atacada por la vanguarida realista, y obligó a aquella a cederle el  terreno, con tal desventaja, que sólo pudo salvarse bajo la protección del cuerpo de reserva, que desplegando en batalla contuvo el ímpetu de los perseguidores.  La retirada se hacía cada vez más difícil y la persecución más enérgica. Desmoralizada una gran parte de los oficiales, poseída la tropa de vagos temores, falta de agua y de sueño y escasa de alimento, la fortaleza del alma del general patriota  no se desmintió ni un sólo instante. Velando continuamente, ocupando el puesto de más peligro, alentaba a los que flaqueaban, imponía a los cobardes, mirando con desprecio a los que desesperaban de la salvación, y estimulaba a los valientes con palabras cáusticas, que producían su efecto, dando nervio a la retirada.  A dos soldados que se separaron de la columa, los hizo pasar por las armas.  A un oficial, que encargado de sostener a Salta hasta el último momento, había abandonado su puesto sin ver la cara al enemigo, lo remitió preso a Buenos Aires, con causa abierta. Otro tanto hizo con el comandante del parque, bajo cuya dirección se incendiaron dos cajas de municiones, produciendo en el campamento una detonación que hizo creer en un ataque nocturno. De este modo, condensando más sus fuerzas y disponiéndolas como para recibir el combate, continuó su movimiento retrógrado, y atravesando el trabajoso camino de Ciénaga, llegó el 29 a la madrugada a la costa del Río Pasaje, a cincuenta leguas del punto de partida.  Allí hizo alto, para dar descanso a la tropa y reorganizar el convoy, oficiando al Gobierno que iba a hacer pie firme en Tucumán, Belgrano, mal secundado por sus avanzadas, ignoraba que la fuerza que lo perseguía era solamente la vanguardia realista mandada por los coroneles Llano y Huici, que se habían adelantado a algunas jornadas de su cuerpo de reserva, y cuya fuerza era numéricamente inferior a la suya, y obraba en el concepto de que Tristán la apoyaba de cerca con todo su ejército…

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