Belgrano se despide a las puertas de Tucumán

24 Sep

Plano del Campo de las Carreras, actualmente en la ciudad de Tucumán

 

Historia de Belgrano

y de la Independencia Argentina

Bartolomé Mitre; W.M. Jackson Inc. Editores, Buenos Aires; 1949

 

Capítulo XIX

Tucumán

  (1812)

 

 

Ocupándose Belgrano de la idea de fortificarse en Tucumán, quiso tentar el último esfuerzo antes de decidirse a emprender la retirada.En consecuencia, desde la altura de la Encrucijada despachó a aquélla ciudad de acuerdo con Díaz Vélez, al teniente coronel don Juan Ramón Balcarce, con el objeto de despertar el entusiasmo de los tucumanos, y ver si era posible organizar nuevos cuerpos de caballería para aumentar su ejército, y en tal caso contramarchar rápìdamente y volver sobre el enemigo, caso que no hubiera éste reconcentrado aún sus fuerzas. Así le decía a Balcarce: “En el trance apurado en que nos hallamos, y que con sobrados fundamentos sabemos que el enemigo intenta atacarnos, es necesario que podamos oponerle una fuerza respetable, para contener sus pasos por nuestras maniobras, y acaso para arruinarlos”. En su correspondencia al Gobierno (7 de Septiembre), le decía hablándole de esto: “Es muy doloroso tener que ir retrogradando, y no ver el término de esta campaña, cuando las tropas han tomado un fuego y una energía extraordinaria con la acción del 3, que de necesidad debe resfriarse con la retirada, no estando a su alcance la razón de ella, así es que se me han empezado a desertar desde que emprendí mi marcha. Yo quisiera hacer prodigios por la patria y por el honor de sus armas, pero no veo camino si el enemigo no me da tiempo.  Entre la mucha gente, apenas contaré 600 ó 700 hombres útiles, y en cuanto a armas, me hallo con muchas descompuestas. Sin embargo de todo, veré si puedo estimular a los tucumanos para aumentar el número de caballería con lanzas, y si logro poder montar a todos los hombres de armas para poder contramarchar con rapidez y conseguir alguna victoria sobre las divisiones del enemigo, cargándolo con el todo de mis fuerzas, lo que acaso nos sacaría de apuros, y libertaría de retirarnos tanto”.  Los tucumanos correspondieron a las esperanzas del general. En  presencia del peligro se despertó súbitamente su entusiasmo, poderosamente estimulado por el influjo de la familia de los Araoz, una de las más respetables y conocidas de aquel distrito. Todos ofrecieron a Balcarce sacrificarse con tal de que no se abandonara su territorio, y en este sentido fueron diputados varios vecinos cerca del general Belgrano. Éste, aun antes de convertidas estas promesas en realidades, se resolvió definitivamente a dirigirse a Tucumán, con el ánimo hecho de esperar allí al enemigo. 

 

Desde el río de Tucumán, a inmediaciones de la ciudad, dió cuenta al Gobierno su resolución, con fecha 12 de Septiembre: “Son muy apuradas las circunstancias, y no hallo otro medio que exponerme a una nueva acción: los enemigos vienen siguiéndonos. El trabajo es muy grande; si me retiro y me cargan, todo se pierde, y con ello nuestro total crédito. La gente de esta jurisdicción se ha decidido a sacrificarse con nosotros, si se trata de defenderla, y de no, no nos seguirán y lo abandonarán todo: pienso aprovecharme de su espíritu público y energía para contener al enemigo, si me es dable, o para ganar tiempo a fin de que se salve cuanto pertenece al Estado. Cualquiera de los dos objetos que consiga, es un triunfo, y no hay otro arbitrio que exponerse. Acaso la suerte de la guerra nos sea favorable, animados como están los soldados y deseosos de distinguirse en una nueva acción. Es de necesidad aprovechar tan nobles sentimientos, que son obra del cielo, que tal vez empieza a protegernos para humillar la soberbia con que vienen los enemigos, con la esperanza de hacer tremolar sus banderas en esta capital. Nada dejaré por hacer; nuestra situación es terrible, y veo que la patria exige de nosotros el último sacrificio para contener los desastres que la amenazan”.  Al llegar a la ciudad, supo que los tucumanos en masa habían tomado las armas, y se hallaban regimentados bajo las órdenes de Balcarce. En el acto se adelantó a saludar a sus nuevos soldados, que encontró reunidos en número como de 400 hombres, no habiendo llegadó aún otros contingentes que se esperaban. Esta tropa, cuyo aspecto prometía muy poco bajo el punto de vista militar, representaba la terrible caballería gaucha, que hacía su aparición en la escena revolucionaria, y que más tarde debía inmortalizarse con hechos memorables, acabando por ponerse al servicio de la anarquía.  La introducción de este elemento popular, si bien fortalecía por el momento el ejército de Belgrano, alteraba esencialmente su constitución, pues le obligaba a relajar algún tanto la severa disciplina que se había propuesto mantener.  Así dice en sus Memorias“Es preciso no echar jamás mano de paisanos para la guerra, a menos de no verse en un caso tan apurado como el que me he visto”.  Después de revisar la columna de voluntarios, llamó aparte a Balcarce, le comunicó sus instrucciones y el oficio que acababa de escribir al Gobierno, y le manifestó su resolución, que aquél aprobó en todas sus partes, opinando con él, que no había otro medio de salvación. Este fue uno de los pocos momentos en que aquellos dos hombres se entendieron cordialmente, habiendo sido hasta entonces muy frías sus relaciones; pero por desgracia, esta nueva inteligencia no debía durar mucho tiempo.  Desde el momento en que el ejército llegó a los alrededores de Tucumán, Belgrano sólo se ocupó de preparar los elementos necesarios para esperar al enemigo, desplegando una actividad y una energía extraordinaria, que le granjearon la confianza general. A caballo de día y de noche, su Estado Mayor no desensillaba un solo instante; y él, que vigilaba todo por sí, y presidía a la organización y disciplina de los cuerpos del ejército, tuvo la satisfacción de ver puntualmente cumplidas todas sus órdenes, obteniendo por el entusiasmo un resultado que no habría podido producir la más rígida disciplina.  Ya no era un misterio para nadie que Tucumán iba a ser el teatro de una batalla, y esta certidumbre, a pesar de la desproporción relativa de las fuerzas, lejos de desanimar a los patriotas, contribuyó a aumentar su decisión, y a comprometer más a la población. En medio de estos preparativos, que absorbían todo su tiempo y todas las facultades de su alma, escribía a Rivadavia, con fecha 24:  “El último medio que me queda es hacer el último esfuerzo, presentando batalla fuera del pueblo, y en caso desgraciado encerrarme en la plaza hasta concluir con honor. Esta es mi resolución, que espero tenga buena fortuna. Algo es preciso aventurar y esta es la ocasión de hacerlo. ¡Felices nosotros si podemos conseguir nuestro fin, y dar a la patria un día de satisfacción, después de las amarguras que estamos pasando!.Pero Belgrano no puede hacer milagros: trabajará por el honor de su patria, y por el de sus armas cuanto le es posible, y se pone en disposición de defenderse para no perderlo todo. Tiene la desgracia de que siempre se le abandone, o que sean tales las circunstancias que no se le pueda atender. ¡Dios quiera mirarnos con ojos de piedad, y proteger los nobles esfuerzos de mis compañeros de armas!. Ellos están llenos del fuego sagrado del patriotismo, y dispuestos a vencer o morir con su general”.

 

Rivadavia no aprobaba la resolución de Belgrano, y como miembro del Gobierno creía, que debía hacer el último esfuerzo para retirarse sin combatir, según se lo prevenían sus instrucciones. Presintiendo por sus primeras comunicaciones que se inclinaba a hacer pie firme en Tucumán, se le despacharon en un mismo día (12 de Septiembre) cuatro oficios reservados, contestación a varias notas suyas, en todas las cuales se le repetía que era de necesidad llevar a cabo la retirada. Al mismo tiempo, y por una singular contradicción, el Gobierno que no quería aventurar nada por el Norte, y que comprendía que la retirada a Córdoba importaba la reconcentración de la defensa en la capital, pensaba seriamente en abandonar la empresa de Montevideo, y consultaba sobre el particular a Sarratea, que era el jefe del ejército del Uruguay. En estas circunstancias llegó el oficio de Belgrano datado desde el río Tucumán, en que anunciaba su última resolución. Ella llenó de zozobras a la mayor parte de los miembros del Gobierno, así es que, le oficiaron en el acto (con fecha 25 de Septiembre), increpándole no haber emprendido con tiempo su retirada, según se le tenía prevenido, y recomendándole nuevamente “la importancia de continuarla con la posible rapidez, aún cuando en el ataque que esperaba del enemigo se declarase la fortuna por sus armas, pues lo que importaba era salvar la división”.  Belgrano, al contestar a los cuatro oficios del 12, hacía presente al Gobierno con fecha 19, que no le era dado hacer imposibles: que no podía emprenderse la retirada y salvar al mismo tiempo los pertrechos de guerra existentes en Tucumán; que dar un paso atrás era perderse, pues la tropa nativa de las provincias del Norte, se le desertaría llevándole sus armas, ocultándose en los bosques; que el enemigo que a la sazón se hallaba a catorce leguas de distancia, le picaría de cerca la retaguardia, sin permitirle tomar posición más ventajosa que la que ocupaba, terminando con estas juiciosas consideraciones:  “El interés del enemigo debe ser estrecharnos, desde que le dimos muestras de debilidad, retirándonos. Además, ¿qué camino tomar en donde el ejército no esté expuesto a perecer? ¿cómo pasar la travesía? ¿de dónde han de salir esos medios para ejecutarlo, cuando los que van quedando atrás todos se hacen nuestros contrarios, y facilitarán a los enemigos medios de que nos persigan?. Los tucumanos mismos que ahora están con nosotros, serán los peores, y nuestra pérdida será entonces inevitable. En estas circunstancias, en que ya he reflexionado demasiado, en que he discutido con los oficiales de mayor crédito y conocimientos, no he hallado más que situarme en este punto, y tratar de hacer una defensa honrosa, de la que acaso podamos  lograr un resultado feliz, y si no es así, al menos, nos habremos perdido en regla, y no por el desastre oscuro de una retirada”.  Este oficio llegó a Buenos Aires el 29 de Septiembre. Rivadavia tomó en el acto la pluma y redactó la contestación; insistiendo sobre la necesidad de cumplir las órdenes anteriormente comunicadas, acababa por decirle:  “Una vez que la retirada de V.S. no está en la posibilidad que sea salvando el tráfago como se había dispuesto, es preciso pasar por el amargo sentimiento de abandonar unos útiles, cuya falta no nos pondría de tan mala condición como si le añadiéramos la de perder la división al mando de V.S. con al armamento que conduce. Bajo este concepto, desde luego, emprenda V.S. su retirada, dejando, o inútil enteramente cuanto lleva y pueda aprovechar el enemigo, o quemándolo todo en el último caso. Así lo ordena y manda este Gobierno por última vez; y bajo del supuesto que esta medida ha sido trayendo a la vista el orden de sus planes y combinaciones hacia la defensa general: la falta de cumplimineto de ella deberá producir a V.S. los más graves cargos de responsabilidad”.  Mientras los hombres del Gobierno gastaban estérilmente su energía, pretendiendo dirigir desde el gabinete los sucesos de la guerra, la suerte de la revolución se decidía en el campo de batalla.  Pero antes de tener lugar este acontecimiento memorable, habían mediado algunas circunstancias, que esta es la ocasión de hacer conocer, y volver al día 14 de Septiembre, en que Belgrano escribía a Rivadavia, anunciándole su heroica determinación de sostenerse en Tucumán. El plan de Belgrano era presentar batalla a las inmediaciones de la ciudad. En consecuencia hizo fortificar la plaza, abrió fosos y levantó trincheras, dejando en ella una pequeña guarnición y seis piezas de artillería, que o no le era posible arrastrar al campo de batalla, o con que no quiso recargarse. Con el resto del ejército situóse en los arrabales, entre los frondosos bosques de naranjos que la circundan. La caballería tucumana se elevó hasta el número de 600 hombres, y cada día llegaban nuevos contingentes que la engrosaban.  Las mujeres de los patriotas, que habían tenido una parte en la decisión de los tucumanos, elevaban sus plegarias al cielo por el triunfo de las armas de la patria. El ejército realista avanzaba lentamente sobre Tucumán, dando tiempo a todas sus divisiones para operar la concentración de fuerzas…

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