Kumarajiva: el monje traductor incomparable

15 Oct

 

Llevemos nuestra atención al más sobresaliente de todos los traductores de textos budistas que acudieron a la China desde la región occidental: Kumarajiva, y examinemos su contribución a la propagación del Budismo en dicho país.  En una carta donde responde a la esposa del señor feudal de Ota (“Ota-dono Nyobo Gohenji”), Nichiren Daishonin señala: “Hubo ciento setenta y seis personas que transmitieron los sutras y tratados de la India a la China.  Entre todas ellas, Kumarajiva fue el único que volcó los sutras y demás escrituras de Shakyamuni, el fundador, sin dejar que interfirieran sus opiniones privadas.  De las ciento setenta y cinco personas que quedan, sin contar a Kumarajiva, las ciento sesenta y cuatro que vivieron antes o en la misma época que Kumarajiva pueden ser comprendidas gracias a la luz que la sabiduría de éste arroja sobre aquellas. Pero estas ciento sesenta y cuatro personas que vivieron en la época en que Kumarajiva llegó a la China cometieron errores indudables, mientras que las once personas que realizaron las denominadas Nuevas Traducciones también se equivocaron.  Los últimos, con todo, pudieron llegar a ser más sagaces y perspicaces gracias a la labor de Kumarajiva. Esto no es sólo mi opinión personal, sino que está consignado en la obra llamada Kanzuden, que habla de Kumarajiva como un traductor “incomparable tanto entre sus predecesores como entre sus sucesores”.  Podemos notar que la cifra de ciento setenta y seis personas se basa en registros que se extienden hasta el 730 d.C. decimoctavo año de la era de K’ai-yüan, durante el reinado del monarca Hsüan-tsung, de la dinastía T’ang.  Si prolongamos este período hasta 1285, vigésimo segundo año de la era Chih-yüan, del Khubilai Khan de la dinastía Yüan (1280-1368), el número total de personas dedicadas a la traducción de textos budistas al chino suma ciento noventa y cuatro.

 

Casi todos estos monjes traductores que fueron responsables de introducir y propagar los textos budistas en la China provinieron del Asia Central o llegaron a la China por esta vía.  Entre ellos, Kumarajiva, como vimos, fue uno de los más destacados.  Se le reconoció universalmente el primer lugar, por la excelencia de sus traducciones.  No sólo realizó obras célebres por la perfección y belleza del lenguaje, sino que se basó fielmente en la filosofía del erudito indio Nagarjuna, cuyas enseñanzas representan la línea ortodoxa del budismo Mahayana. Así, Kumarajiva desempeñó una tarea de mérito inestimable, al cerciorarse de que las enseñanzas budistas fuesen correctamente transmitidas al chino.  Al mismo tiempo, debemos admitir que, si textos básicos del Mahayana tales como el Sutra del Loto, el Gran Sutra de la Perfección de la Sabiduría y el Sutra Vimalakirti llegaron a ser tan ampliamente estudiados y venerados en la China, no sólo se debió a la naturaleza elevada de las ideas contenidas en estos textos, sino a que las traducciones de Kumarajiva estaban vertidas en un lenguaje poderoso y cautivante.  Debemos tener en cuenta estos puntos, a la hora de evaluar la importancia de su labor como traductor.  Pero antes de considerar su tarea específica, examinemos su origen y el período de su instrucción temprana, para ver si logramos comprender mejor las fuerzas que lo llevaron a erigirse como uno de los más renombrados traductores del mundo.

 

imagen de Kumarajiva; texto en caligrafía Uighur

 

Podemos aprender del origen de Kumarajiva y de las vicisitudes de su vida tormentosa, a partir de fuentes chinas tales como Biografías de los Monjes Eminentes, colección de biografías de figuras destacadas dentro del budismo chino, compiladas por un monje de las dinastía Liang llamado Hui-chiao (497-554).  Como en el caso de los santos y figuras religiosas de cualquier tradición, siempre debemos prever la posibilidad de que ciertos acontecimientos de su historia hayan sido exagerados o idealizados por los biógrafos que escribieron en los años siguientes a su muerte.  En principio, es difícil determinar exactamente cuándo nació y murió. Según la “Elegía al maestro del dharma Kumarajiva”, escrita por Seng-chao (384-414), discípulo de Kumarajiva, incluída en la colección de textos budistas conocida como Kuan Hung-ming Chi, falleció en 413, a los sesenta y nueve años, o setenta, según el método de contar que llevan los chinos.  Eso significa que nació en 344. Según la Biografía de los Monjes Eminentes, con todo, Kumarajiva  nació en 350 y falleció en 409, lo cual indica que sólo tenía cincuenta y nueve años cuando murió.  Pero si no sabemos con total certeza cuándo vivió y por cuánto tiempo, estamos mucho mejor orientados que en el caso de otros célebres eruditos de la India, como el mismo Shakyamuni, o Nagarjuna, Asanga o Vasubandhu, en cuyo caso los académicos difieren en uno o dos siglos cuando se trata de estimar el período en que vivieron.  Esto se debe, como es obvio, a que los chinos siempre han depositado más interés en mantener registros históricos que los indios. Si Kumarajiva no hubiera viajado desde el Asia Central hasta la China para concluír allí su vida, tal vez ni supiéramos que existió.  Pero regresemos al tema de su biografía. Según Monjes Eminentes, era de ascendencia india, por parte de padre. Su padre provenía de una distinguida familia que, durante generaciones, había dado primeros ministros al reino indio.  Al padre de Kumarajiva, Kumarayana, también se le había ofrecido el cargo de primer ministro, igual que a sus ancestros, pero prefirió renunciar a este puesto y convertirse en un monje budista, dado que no tenía total acuerdo con el regente del reino. Entonces, partió en viaje hacia el este y se internó en las montañas del Pamir, rumbo al Asia Central.

 

No sabemos a ciencia cierta qué motivos impulsaron a Kumarayana a embarcarse en dicha travesía, aunque es posible que, en esta decisión de dar la espalda a su tierra natal, hayan intervenido otros factores, más allá del mero desencanto político.  Acaso sintiera el llamado de su misión religiosa, al comprender que las enseñanzas budistas no sólo debían ser para el pueblo de la India y que podía dar iluminación y beneficios a los pueblos de otros países, si trabajaba para propagarlas en las regiones del Asia Central y Oriental. Casi podemos imaginarlo iniciando su periplo con una imagen del buda Shakyamuni sujeta a las espaldas, abriéndose camino por entre los difíciles pasos del Hindu Kush, hasta emerger en las planicies del Pamir, para continuar hacia el este, por las arenas inteminables del desierto de Taklamakan. Dadas las condiciones primitivas de trasnporte que existían por entonces, debió de haber sido un viaje extremadamente difícil.  Luego de tomar la ruta que bordeaba el desierto por el norte, llegó al pequeño estado de Kucha, en el límite septentrional de la cuenca del Tarim.  Según las crónicas, cuando el gobernante del estado supo de su arribo, salió en persona hasta los suburbios de la capital para recibirlo y lo trató con los honores que se conferían a un invitado especial.  Como se hizo notar antes, la región del Asia Central ya había sido convertida al budismo en esa época, y Kucha era uno de los estados más fervientes del área. Kumarayana probablemente advirtió este hecho, y si había determinado abandonar su tierra natal por motivos religiosos, parece probable que pensase pasar por Kucha y seguir su camino hasta la China para ayudar a propagar la fe en este sitio.  Pero el rey de Kucha tenía otros planes para Kumarayana. Puesto que el monarca había reconocido su capacidad y su eminencia, pensaba persuadirlo de que permaneceira en Kucha y prestara servicio como Maestro de la Nación.  En ese momento, las personas honradas con el título de Maestros de la Nación, si bien servían como líderes de la fe budista, también funcionaban como consejeros y estrategas culturales y políticos.  En vista de las complejas e inestables relaciones diplomáticas entre los muchos estados pequeños del Asia Central, para un monarca era fundamental rodearse de hombres competentes que lo pudiesen asesorar sobre estos temas.  Por tal razón, el rey de Kucha trató a Kumarayana con grandes privilegios, y llegó a ofrecerle su propia hermana menor como prometida.  Según la biografía de Kumarajiva que se incluye en la Colección de registros sobre el Tripitaka, la novia ofrecida tenía veinte años.  Era una mujer de “gran talento y perspicacia, que sólo necesitaba mirar un escrito para dominarlo, que sólo necesitaba oír algo una vez para poder repetirlo de memoria”.  Había recibido numerosas proposiciones de matrimonio de los estados vecinos del Asia Central, pero las había rechazado todas.  Empero, según dicen las crónicas, no bien posó los ojos en Kumarayana, su corazón quedó prendado, y manifestó el deseo de ser su esposa.  El biógrafo nos informa: “Cuando el rey lo supo, se sintió inundado de dicha e insistió a Kumarayana para que aceptase a la joven por esposa.  De esta unión nació Kumarajiva, con el tiempo”.  Su madre se llamaba Jivaka.  Cuando el hijo nació, se combinó la partícula “Kumara”, del nombre paterno, con el elemento “Jiva”, de su madre, para crear el nombre Kumarajiva.  Así, esta figura fue la progenie de un matrimonio internacional, educado en un Estado que cumplió una umportante función en los intercambios culturales entre Asia Oriental y Occidental…

 

 

Daisaku Ikeda, El Budismo Chino. Trad. de Paula Tizzano de Hornos. Emecé Editores, Buenos Aires; 1993

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