Kumarajiva: sus traducciones; su final

22 Oct

la letra, siempre

 

 

 No bien Kumarajiva ingresó en Ch’ang -an, respondió a los deseos del gobernante y se abocó de inmediato a la traducción de textos budistas. Por petición de un monje chino llamado Seng-jui, quien llegaría a ser uno de sus más grandes discípulos, comenzó su labor el vigésimo día del mes, sólo seis días después de su arribo, traduciendo un texto sobre prácticas de meditación titulado Tso-ch’an San-mei Ching.  Al año siguiente, 402, comenzó a traducir el Gran Tratado sobre la Perfección de la Sabiduría, de cien volúmenes, en el cual parece haber avanzado con gran rapidez. Es apabullante la velocidad y la fuidez con que realizaba su labor como traductor. Si contamos tanto las obras traducidas por primera vez como las que volvió a traducir, Kumarajiva completó cincuenta, en más de trescientos volúmenes.La Colección de Registros cita las cifras algo más pequeñas de treinta y cinco obras en doscientos noventa y cuatro volúmenes. Pero sea cual fuere la versión correcta, lo cierto es que se trata de una cifra impresionante. Si seguimos lo que señala Monjes Eminentes y tomamos el 409 como fecha de su muerte, durante sus ocho años de residencia en Ch’ang-an debe de haber traducido a razón de dos capítulos por mes, para poder completar el volumen de trabajo que se le atribuye.  El hecho de que avanzara con tal asiduidad nos permite saber cuánta avidez había en China por contar con traducciones confiables de los textos budistas.  Una de las principales razones por las que Kumarajiva pudo avanzar tan de prisa en sus traducciones fue que durante sus muchos años de estudio en el Asia Cenral, se había dedicado a memorizar todas las obras importantes del budismo.  Y, claro está, además de haberlas aprendido de memoria, había podido adquirir un conocimiento profundo de los conceptos filosóficos que postulaban.  No es exagerado decir que dominaba al dedillo todo el Cannon budista.  Por eso, cuando tomaba un libro en sus manos y comenzaba a discurrir sobre él en chino, sus amanuenses podían tomar nota de las explicaciones y redactar, con ellas, la traducción de los sutras.

 

Según las descripciones que dejaron sus discípulos, este era el modo en que desarrollaba su labor como traductor.  Uno de sus discípulos, Hui-kuan, escribe en la introducción del Fa-hua Tsung-yao: “Kumarajiva tomaba en sus manos el sutra en idioma extranjero y comenzaba a traducirlo oralmente a la lengua de la China. Lo explicaba minuciosamente en chino, pero sin apartarse jamás del significado original”.  Del mismo modo, Seng-jui, en su introducción a la traducción del Gran Sutra de la Perfección de la Sabiduría, señala: “El maestro tomaba el texto extranjero en sus manos y lo exponía oralmente en el idioma chino. Además, transcribía los fonemas extraños y, de tanto en tanto, se detenía a explicar el significado del texto”. También se nos dice que Yao Hsing asistía regularmente a las sesiones de traducción.  “El regente de Ch’in, en persona, tomaba en sus manos los textos con las traducciones antiguas y los verificaba en busca de errores, preguntaba sobre el propósito  general del fragmento y lograba comprender con claridad las doctrinas de esa escuela religiosa”.  Los encuentros contaban con la participación de quinientos monjes estudiosos, quienes, tras comprobar que la traducción de Kumarajiva superaba todas las anteriores, tomaban sus pinceles y la registraban por escrito. En otras ocasiones, había dos o tres mil sacerdotes escuchando sus explicaciones.  Nos preguntamos cómo puede ser que se haya congregado una asamblea tan numerosa de monjes, para asistir a Kumarajiva en sus tareas. Sabemos que muchos monjes talentosos de todo el país se dirigieron allí, cuando supieron que Kumarajiva residía en dicho lugar, pues era célebre entre la comunidad de creyentes budistas.  Así, el proceso era una empresa colectiva que contaba con el patrocinio del soberano.  Cuando las traducciones se completaron, los monjes que habían participado en las asambleas hicieron copias de las nuevas versiones y las llevaron consigo a distintas regiones del país. Kumarajiva no mezquinaba el menor esfuerzo para cerciorarse de que las enseñanzas budistas pudiesen ser propagadas correctamente.  Por tal razón pudo realizar traducciones tan extraordinarias que, como en el caso del Sutra del Loto, se siguen utilizando hasta hoy. 

 

Además de las obras ya mencionadas, Kumarajiva también tradujo el Pequeño Sutra sobre la Perfección de la Sabiduría, el Sutra del Diamante, el Sutra de los Diez Niveles, el Sutra Vimalakirti, el Sutra Shuramgama y un sinúmero de textos.  También tradujo importantes tratados sobre filosofía del Mahayana, tales como el Tratado sobre el Sutra de la Gran Perfección de la Sabiduría, el Tratado sobre los Diez Niveles, el Tratado sobre el Camino Medio, el Tratado en cien versos y el Tratado de los Doce Portales.  Mediante estas traducciones de obras capitales, ejerció una influencia inmensa sobre el posterior desarrollo del  budismo chino y también sobre el que posteriormente se asentaría en  Japón. Yao-Hsing, el mecemas de Kumarajiva, fue también un ávido estudioso del budismo y no escatimó ningún esfuerzo para alentar y apoyar la labor de traducción emprendida por el monje.  Sin embargo, le preocupaba sobremanera que un hombre de tan excelso saber y talento como Kumarajiva pudiese morir sin dejar descendencia.  Por eso, con el tiempo, obligó a Kumarajiva a abandonar su claustro monacal y trasladarse a una residencia con un grupo de asistentes femeninas.  Esta violación de la disciplina monástica parece haber pesado gravemente sobre la conciencia de Kumarajiva.  Los libros dicen que, cuando disertaba ante sus discípulos, se comparaba a sí mismo con una flor de loto que crecía en el lodazal y les advertía que sólo tomasen en cuenta la flor, y no el fango.

 

Cuando Kumarajiva se despidió de sus discípulos, en su lecho de muerte, se dice que manifestó: “En mi ignorancia, tal vez haya cometido errores en el transcurso de mis traducciones, pero si en ellas no hay ningún error, cuando mi cuerpo sea cremado, la lengua no será consumida por las llamas”. Según su biografía, en Monjes Eminentes, cuando el cuerpo de Kumarajiva fue cremado en una pira funeraria que se erigió en el Jardín Hsiao-yao, donde se habían realizado las sesiones de traducción, su lengua fue hallada intacta entre las cenizas del fuego. Los discípùlos de Kumarajiva afirman haber presenciado el acontecimiento, y se tomaron el trabajo de consignarlo escrupulosamente, para que el mundo supiera que las numerosas traducciones de los textos sagrados realizadas por Kumarajiva estaban libres de todo error.  Lo cierto es que las traducciones de Kumarajiva marcan un hito en la historia de la traducción de obras budistas al chino y continúan brillando con resplandor inmaculado hasta el día de hoy.  En particular, su traducción del Sutra del Loto, que representa el epítome de las enseñanzas budistas, ha sido leída y admirada, en el milenio y medio que transcurrió desde su aparición, por más personas que las que leyeron cualquier otra versión de este sutra.  El relato de la lengua que sobrevivió a las llamas puede ser visto como símbolo de este logro perdurable. Y, aunque Kumarajiva murió hace muchos siglos, su traducción del Sutra del Loto continúa brillando como tesoso imperecedero para las generaciones por venir. 

 

Fin

 

 

 

 Daisaku Ikeda, El Budismo Chino. Trad. de Paula Tizzano de Hornos. Emecé Editores, Buenos Aires; 1993

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