Los Olímpicos: Zeus (Theos)

2 Nov

 

 Mitología General

publicada bajo la dirección de

Félix Guirand

 

*Traducción y prefacio de Pedro Pericay*

 Editorial Labor S.A.  Barcelona; 1965

 

 

 

Zeus y Tetis: la madre de Aquiles acude al soberano de los dioses. Ingres; S.XIX

 

 

 

En su origen, Zeus es el dios del cielo y de los fenómenos atmosféricos. Es el señor de los vientos, de las nubes, de la lluvia destructora o fecundante, del rayo.  Reside en el éter, parte superior de la atmósfera, o en montañas elevadas.  Es, propiamente, el altísimo.  Por eso es honrado en lugares altos, como el Liceo de Arcadia; el Monte Apesas, de Argólida; el Parnés y el Himeto, de Ática; el Helicón, de Beocia; el Pelión, de Tesalia; el Olimpo, de Macedonia; el Pangeo, de Tracia y el Ida, de Creta.  Posteriormente, Zeus adquiere una personalidad moral y se convirtió en el dios supremo, en quien se cifraban todos los atributos de la divinidad.  Es todopoderoso, lo ve todo y lo sabe todo. Por eso se le atribuye la facultad de predecir lo futuro, que ejerce, ya directamente, por oráculos -como en Olimpia y Dodona-, ya indirectamente, como en Delfos, donde se sirve de la mediación de Apolo, su profeta.  Soberano prudente, lo ordena todo según la ley del Destino, ley con la que viene a coincidir su propia voluntad.  Zeus imparte a los hombres bienes y males. Es, además, bueno y misericordioso.  Si castiga a los malos, es también accesible a la piedad y guardador de toda influencia maligna.  Protege a los débiles, a los indigentes, a los fugitivos y, en general, a todos los suplicantes.  Su solicitud se extiende también a la familia, en su calidad de dios del hogar o Efestio, del matrimonio como Gamelio, de la amistad como Filio, de la hospitalidad o Jenio; también al orden social, como dios de la ciudad (Polieo) y de las asambleas populares como Agoraios.  Finalmente, es el dios protector de toda Grecia, el Zeus panhelénico.

 

El  más famoso santuario de Zeus era el de Dodona, en Epiro.  Asimismo era el más antiguo, pues se remontaba a los pelasgos.  Acudían a él desde todos los lugares de Grecia para consultar el oráculo de un roble sagrado, cuyos ruidos y murmullos eran considerados como la propia palabra de Zeus.  Sobre los orígenes de este oráculo, Heródoto cuenta -recogiéndolo, según afirma, de las sacerdotisas de Dodona- que  “dos palomas negras, volando de Tebas de Egipto, fueron a parar una, a Libia, y la otra, a Dodona.  Ésta se posó en un roble, y con voz humana dijo que había que fundar en aquel lugar un oráculo de Zeus.  Los habitantes de Dodona creyeron que la orden procedía de los dioses y fundaron el oráculo”.  La interpretaciòn de sus respuestas corría a cargo de un colegio sacerdotal, los Selos, nombre que correspondía, sin duda, a la antigua población del país.  Estos sacerdotes llevaban una vida ascética y dormían en el suelo.  No se lavaban los pies.  Más tarde se agregaron a los Selos tres sacerdotisas, las Pelíades, adscritas más bien al servicio de la diosa Dione, que era venerada en Dodona junto con Zeus, donde tenía las mismas funciones que Hera.  Divinidad pelásgica, Dione era, según Hesíodo, hija de Océano y Tetis.  La tradición la presentaba como madre de Afrodita. Entre los restantes santuarios de Zeus hemos de citar aún el del Monte Liceo, en Arcadia, en cuya cumbre se levantaba un montón de tierra, precedidos de dos columnas con águilas grabadas en ellas.  Originariamente se celebraban en este lugar sacrificios humanos.  La raíz  λυχ –en latín “lux”- de la que se ha formado la palabra “Liceo”, demuestra que Zeus Lycaios era primitivamente un dios solar.  Mencionemos, finalmente, el célebre templo de Olimpia, donde se encontraba la famosa estatua del dios, obra de Fidias. Tenía trece metros de altura y estaba colocada sobre un pedestal ricamente adornado, de unos diez metros de alto y siete de ancho.  El dios aparecía sentado en un trono de bronce, oro, marfil y ébano, con una victoria coronada en su mano derecha y apoyando su izquierda en un cetro dominado por un águila.  Llevaba un manto de oro adornado con flores, ceñía su frente una corona de olivo.  Su rostro, enmarcado por una larga barba, tenía una expresión de serena majestad.

 

El Zeus olímpico de Fidias constituyó el tipo ideal en el que en adelante habían de buscar su inspiración los artistas.  De ordinario se representaba al dios con rasgos de hombre maduro, de robusta complexión y semblante grave.  Su amplia frente formaba, en su parte inferior, una saliente que realizaba todavía más sus profundos ojos. Encuadraban su rostro el cabello, espeso y formando ondas, y la rizada barba.  Raramente desnudo, salvo en las representaciones primitivas, Zeus se nos muestra casi siempre con un largo manto, que deja al descubierto el brazo derecho y el pecho. Sus atributos son el rayo en la diestra, el cetro en la izquierda y el águila a sus pies.  A menudo ciñe sus sienes una corona de hojas de roble.  Al margen de los incidentes que jalonaron su infancia y su ascenso al trono, un cúmulo de aventuras amorosas teje especialmente la leyenda de Zeus.  Antes de casarse con Hera y asociarla oficialmente a su soberanía, Zeus, que entre sus muchos atributos cuenta el de ser el dios generador por excelencia, convino numerosas uniones.  Su primera esposa fue Metis (la Sabiduría), que, según Hesíodo, “sabía más que todos los dioses y los hombres juntos”.  Pero Gea y Urano advirtieron al dios que si tenía hijos con Metis, éstos serían más fuertes que él y acabarían por destronarlo.  Por eso, cuando su esposa estuvo a punto de dar a luz a Atenea, Zeus, para evitar el peligro que lo amenazaba, engulló a la madre, y, con ella, a la hija que iba a nacer.  De este modo lograba una doble ventaja: eliminaba el riesgo de una descendencia incómoda y se incorporaba la sabiduría suprema.  En segundo lugar casó con Temis, hija de Urano y Gea.  Temis es la ley que rige los órdenes físico y moral.  No sorprende, pues, que sus hijos sean las Horas, o Estaciones, Eutomia (“la buena ley”), Dice (“la Justicia”), Irene (“la Paz”) y, finalmente, las Parcas o Moiras, consideradas también como hijas de la Noche.  Incluso cuando fue reemplazada por Hera, no cesó de estar Temis, en calidad de consejera, junto a Zeus, y en todo momento fue objeto de reverencia en el Olimpo.  Otra titánide fue esposa de Zeus: Mnemosina.  El dios descansó nueve noches a su lado, y cuando los plazos se cumplieron, Mnemosina dió a luz a siete hijas, que fueron las Musas.  Zeus enamoró asimismo a Démeter; pero al rechazar ésta sus insinuasiones, se metamorfoseó en toro y violentó a la diosa.  Démeter concibió de esta unión a Core, llamada también Perséfone.  Entre las esposas de Zeus figura también Eurinome, que fue la madre de las tres Gracias o Cárites.  Sólo en este momento, Zeus se casó con Hera.  En realidad, mantenían relaciones desde mucho antes. Durante el reinado de Crono, cuando la joven diosa crecía en la Isla de Eubea al cuidado de su nodriza Macris, Zeus se presentó un día y la trasladó al Monte Citerón, en los confines del Ática y Beocia, donde consumó su unión. Otra tradición situaba el primer encuentro de Zeus y Hera en el país de las Hespérides, mientras que en Cnosos de Creta, en las proximidades del río Teris, se mostraba el lugar del himeneo divino.  El relato de Pausanias es diferente.  Para no despertar sospechas, Zeus se presentó a su hermana en forma de cuclillo.  Era en invierno, y el pájaro estaba aterido. Compadecida la diosa, lo reanimó estrechándolo contra su pecho.  Entonces Zeus recobró su propia figura y trató de violentar a su hermana.  Esta comenzó por oponer resistencia, pero al fin cedió con la condición de que Zeus se casara con ella.  El matrimonio se celebró en el Olimpo con gran pompa.  Mas ello no puso fin a las actividades amorosas del señor de los dioses.  Desafiando los celos de Hera y haciendo caso omiso de los contratiempos que estos celos podían acarrear a sus víctimas, Zeus continuó en su empeño de asediar a diosas y mujeres mortales…

 

 

 

 

 

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