Los Olímpicos: Hera, esposa y hermana del “altísimo”

5 Nov

 

Mitología General

publicada bajo la dirección de

Félix Guirand

 

*Traducción y prefacio de Pedro Pericay*

 Editorial Labor S.A.  Barcelona; 1965

 

 

Hera y Zeus

 

 

Hera fue en sus orígenes, la soberana del cielo, la virgen celeste -de aqui su epíteto de Partenia-, con plena independencia de Zeus.  Más tarde se concibió la idea del matrimonio entre ambos para explicar la fusión de dos cultos, independientes al principio. Incluso en la hostilidad que la diosa muestra a veces hacia su esposo, se prentende ver un vestigio de la resistencia que opusieron los adoradores de Hera al culto rival de Zeus. Otros interpretan las ruidosas disputas de la pareja divina como transposiciones míticas de la tempestad o de la lucha de los meteoros y fenómenos celestes, rebelados, aparentemente, contra el Sol.  Con todo, Hera no tardó en perder su carácter cósmico, y sólo conservó sus atributos morales.  Era el prototipo divino de la mujer. Su posición preeminente se extendía a todas las fases de la existencia femenina.  Por eso, Témeno, hijo de Pelasgo, le había consagrado en Estínfalo tres templos: el primero, a su infancia; el segundo, a la diosa como mujer, y el tercero, a su viudez.  Pero, sobre todo, era la diosa del matrimonio o Gamelia, de la maternidad y, en definitiva, el tipo ideal de la esposa.  Los rasgos con los cuales se representaba a esta diosa eran los de una mujer joven, físicamente perfecta y de casta y algo severa belleza.  Una diadema o adorno cilíndrico suele coronar su frente.  Además de su larga túnica, un velo otorga prestancia y pudor a su porte. Posee como atributos un cetro, terminado en un cuclillo, que alude a las circunstancias de su himeneo, y una granada, que simboliza el amor conyugal y la fecundidad.  El ave consagrada a Hera es el pavo real, cuyo tachonado plumaje evoca el firmamento estrellado.

 

Se veneraba a Hera, lo mismo que a Zeus, en las cumbres de las montañas.  En Argos, principal centro de su culto, tenía cinco o seis templos, el más antiguo de los cuales había sido construído por Foroneo.  En el Heraion de Argos se hallaba la famosa estatua crisoelefantina de la diosa, esculpida por Policleto. Hera aparecía sentada en un trono, y ceñía su frente una diadema en la que estaban representadas las Horas y las Cárites.  Llevaba en su mano izquierda una granada, y en la derecha, un cetro terminado en un cuclillo. A su lado estaba Hebe.  Hera poseía además santuarios en Micenas, Olimpia, Esparta, Ática, Beocia y Eubea. En Creta y Samos era objeto de  especial veneración, y en este último lugar se encontraba el mayor de sus templos, que, según se decía, fue construído por los Argonautas.  Hera, hija mayor de Crono y Rea, había nacido, según una tradición samia, en la isla de Samos, a orillas del río Ímbraso y junto a un árbol, que se podía contemplar aún en tiempo de Pausanias.  Unos decían que la habían criado Macris o las hijas del río Asterión; otros, que las Horas o las Estaciones. Su infancia transcurrió en la Isla de Eubea, adonde fue a buscarla, como hemos visto, su hermano Zeus para hacerla su esposa. Desde entonces aparece asociada a la majestad de Zeus y se convierte en la divinidad femenina de más rango en el Olimpo.  Se sienta en un trono de oro al  lado de su esposo, y cuando se presenta ante los dioses reunidos en asamblea, éstos se levantan en señal de acatamiento. Su matrimonio promovió grandes manifestaciones de alegría entre los Olímpicos. Todos tomaron parte en el cortejo, e icluso las Parcas cantaron el himno nupcial.  Sin embargo, algunos nubarrones velaban esta existencia feliz. Hera dió a Zeus cuatro hijos: la graciosa Hebe; Ilitia, invocada en los dolores del alumbramiento; el impetuoso Ares y el hábil Hefesto. Su fidelidad para con su esposo era ejemplar. Zeus, en cambio, acumulaba traición sobre traición. Y no es que a Hera le faltasen encantos ni dejase de cuidar su belleza. Cada año se sumergía en la fuente Cánato, de Nauplia, para recobrar su virginidad en las prodigiosas aguas. Más que cualquier otra, la “diosa de blancos brazos” era irresistible cuando untaba su piel con graso y suave aceite, cuyo aroma se expandía por doquier, tierra o cielo. Cuando componía en torno a su frente sus trenzas divinas; cuando prendía sobre su seno, con broche de oro, el vestido que Atenea había tejido con arte sumo para ella; cuando se colocaba sus pendientes, artísticamente trabajados y adornados con piedras preciosas; cuando tocaba su cabeza con un magnífico velo, blanco como el sol, Zeus no podía contenerse al verla: “Jamás -exclamaba- me ha sido dado sentir tanto amor por una diosa o por una mortal. Jamás tanto amor ha embargado mis sentidos y subyugado mi corazón”.  De habérselo propuesto, Hera hubiese tenido muchos amantes rendidos a su hechizo. Había bastado que el rey de los lapitas, Ixión, invitado a sentarse a la mesa de los dioses, volviese hacia ella su mirada, para caer presa de una pasión irresistible que lo llevó locamente a abrazar una nube, formada por Zeus a imagen y semejanza de Hera. Insolencia que, por otra parte, recibió su castigo y valió a Ixión se atado a una rueda en llamas y llevado por los aires.  Análogamente, sintiendo el orgullo de su virtud, Hera no se mostraba insensible a las repetidas infidelidades de Zeus.  Poco después de su matrimonio, abandonó despechada el Olimpo y se reintegró a la isla de Eubea. Para conseguir que volviera, su esposo recurrió a una treta divertida: cubrió con un velo una estatua y ordenó que fuera paseada en un carro como para dar a entender que se trataba de otra novia de Zeus. Lacerada en su orgullo la celosa Hera, se plantó delante del carro, desgarró las vestiduras de su supuesta rival y, al comprobar la artimaña de su esposo, se volvió, avergonzada, al Olimpo.

 

La frecuencia de las infidelidades de Zeus movieron a Hera a tomar venganza en la propia persona del señor de los dioses. Un día, con ayuda de Posidón, Apolo y Atenea, consiguió encadenarlo, y habría dado al traste con su pder si Tetis no hubiese apelado al auxilio del gigante de cien brazos que los dioses llaman Briareo y los humanos Egeón. “Orgulloso de su gloria, se sentó junto al hijo de Crono; y los dioses, aterrorizados, no encadenaron a Zeus”.  También consideró Hera ultrajante que Zeus hubiese engendrado él solo a Atenea. Presa de ira, invocó cielo y tierra, así como a los Titanes encerrados en el Tártaro, y les pidió le fuese concedida también a ella la gracia de dar a luz sin el concurso de varón, un hijo “que no cediera a Zeus en vigor”.  Sus deseos fueron escuchados, y cuando hubo transcurrido el tiempo, nació “no un hijo parecido a los dioses y los hombres, sino el espantoso y terrible Tifón, azote de los mortales”.  Este monstruo suele indentificarse con Tifeo, hijo de Gea y el Tártaro, contra el cual Zeus hubo de trabar una lucha difícil.  Estas rebeliones sin resultado positivo, valieron a Hera duros castigos. Un día, Zeus la molió a golpes, y cuando se interpuso Hefesto en defensa de su madre, el dios agarró por el pie a su hijo, a quien había movido en exceso su amor maternal, y lo precipitó desde lo alto del Olimpo.  En otra ocasión, Zeus ató sendos yunques a los pies de Hera, inmovilizó sus manos con una indisoluble cadena de oro, y en esta situación la dejó suspendida en los aires, entre las nubes.  Forzada a someterse a su esposo, Hera orientó su cólera hacia sus rivales. Causó la muerte de Sémele, persiguió sin desmayo a Ío e hizo todo lo posible por impedir el alumbramiento de Leto y Alemena. Extendió igualmente su odio a los hijos de sus rivales o a sus familias. Víctima suya fue Heracles, y la hermana de Sémele, Ino, hubo de sufrir los rigores de su crueldad por haber cuidado en su infancia a Dionisio. El temperamento vengativo de Hera, además de aquéllas en que su honor conyugal estaba en juego, tuvo otras ocasiones de manifestarse. Como Antígona, hija de Laomedonte, se hubiese jactado de poseer una cabellera más bella que la de Hera, ésta convirtió sus cabellos en serpientes.  Lisipa e Ifianasa, hijas de Preto, enloquecieron tras observar cómo la lepra hacía presa de su cuerpo, por haber tratado desdeñosamente la imagen de madera de la diosa. Semidesnudas, recorrieron todo el Peloponeso, y sólo curaron gracias a la intervención costosa del adivino Melampo, costosa porque éste pidió a Preto como honorarios la tercera parte de su reino.  Preto empezó por rechazar esta pretensión, pero al ver que sus hijas empeoraban, acudió nuevamente a Melampo, quien aumentó sus exigencias y pidió otro tercio de su reino para su hermano Biante.  Preto accedió, y el adivino consiguió que Hera curara a las dos jóvenes.  Otra tradición atribuye la enajenación de las hijas de Preto a la cólera de Dionisio.  Finalmente, Hera jamás perdonó al troyano Paris la preferencia que hizo objeto a Afrodita en perjuicio suyo, con motivo del famoso concurso de las tres diosas en el Monte Ida. Su resentimiento sólo se aplacó con el aniquilamiento de la raza de Troya…

 

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