clásicos argentinos II “by” Princesa García : el primer “neurópata”

28 Nov

 

 HISTORIA DE LA LITERATURA ARGENTINA

-Ensayo filosófico sobre la evolución de la cultura en el Plata-

 

 *Ricardo Rojas*

 

Cuarta Parte: Los Modernos

 

Obras Completas; Volumen VII. Editorial Losada, S.A. Buenos Aires, 1948

 

 

José María Ramos Mejía (Buenos Aires,1849/1914)

 
 
 

Capítulo III

Los pensadores laicos

 

 El ideario de los proscritptos había girado casi exclusivamente sobre los temas poíticos planteados por la emancipación, la tiranía y la organización nacional. Echeverría, Alberdi, Sarmiento, Mitre, López y Gutiérrez son los guiadores del pensamiento argentino en su generación.  Después de ellos el horizonte se iba a ampliar en nuevas perspectivas filosóficas.  Florentino Ameghino fue entonces el atalaya de la inquietud científica sobre el campo de la cultura laica, triunfante después de 1880.  En las ciencias sociales -historia, derecho, educación- otros pensadores jóvenes aparecieron en actitud análoga a la que Ameghino adoptó para las ciencias naturales.  Se caracterizaron como pensadores positivistas: José María Ramos Mejía hacia 1880, Agustín Álvarez hacia 1890, Carlos Octavio Bunge hacia 1900.  José María Ramos Mejía -Ramos a secas, según lo nombraban sus amigos- es una de las figuras intelectuales más complejas y fuertes de su generación.  Pasó dejando inconfundible rastro por el periodismo, la enseñanza, la política y la medicina; pero es en la historia literaria donde ha de permanecer más tiempo su memoria, sustentada por sus vigorosos libros.  En la rara psicología  del escritor, la vocación y el talento de la historia fueron su rasgo unificador y descollante; por eso habríamos podido emplazar su robusta silueta en el capítulo sobre nuestros historiadores modernos, pero lo traigo a este lugar porque llevó a la historia social el criterio de las ciencias naturales.  Nació Ramos Mejía en Buenos Aires el 24 de Diciembre de 1849 y falleció en la ciudad natal el 19 de Junio de 1914.  Vivió más de sesenta y cuatro años, y sus múltiples trabajos, en la acción o en las letras, dan testimonio de que no fue ociosa su vida, aunque algunos pudieron a veces creerlo indolente o veleidoso. Su austeridad ejemplar en la vida doméstica, su constancia en las amistades, su persistencia en el estudio, en el trabajo, en la pasión, en el deber, en la obra intelectual, definen la solidez de su carácter.  Dotado, a fuer de verdadero hidalgo, de un hondo sentimiento de familia y de patria, vivió generosamente, dando a los suyos su cariño, a los demás su labor, hasta morir calumniado y pobre, según ocurre casi siempre con los varones de su estirpe.  Había en su temperamento una dualidad: la del hombre de acción, apasionado y voluntariosos; la del hombre de imaginación, sedentario y sensible.  La lucha de esos dos seres íntimos produce en Ramos Mejía las aparentes discordias que el observador superficial advierte en su biografía y en sus libros, pero el crítico, al ahondar, encuentra refundidas en una armonía profunda. Hombre de pensamiento por aptitud nativa, las sugestiones del ambiente social lo llevaron a la política; hombre de letras por vocación orgánica, las sugestiones domésticas lo llevaron a la medicina; y al resolver su destino en la obra literaria, halló en el género histórico la armonía de esas contradicciones iniciales.  Su obra resulta por eso tan característica para nosotros, en sus temas, en sus ideas y en su estilo.

 

Confirman aquel aserto los títulos de sus obras principales: Las neurosis de los hombres célebres en la historia (1880), Estudios clínicos sobre las enfermedades nerviosas y mentales (1890), La locura en la historia (1895), Las multitudes argentinas (1899), Los simuladores del talento (1904), Rosas y su tiempo (1907).  Tales son los títulos de sus libros impresos;  y a ellos podríamos agregar A martillo limpio, serie de “siluetas repujadas” sobre algunos contemporáneos típicos, páginas aún no reunidas en volumen, pero que vieron la luz en la prensa diaria.  Entre sus papeles inéditos dejó inconclusas o planeadas nuevas obras, entre ellas: La física del genio, Historia contemporánea de la República Argentina, Memorias médicas de mi tiempo, y otras menores en las cuales, como en toda la producción de Ramos Mejía, se refunden la ciencia del biólogo y la intuición del humanista.  Ramos Mejía trajo a la historia social el criterio de la historia natural, y hasta el vocabulario de ésta, proviniendo de ahí la doctina novedosa y el estilo personalísimo que caracterizan la obra del historiador.  Descendiente de una familia patricia, fue Ramos Mejía un porteño de raza, con todas las calidades y defectos prototípicos de su región.  Antepasados suyos figuran en los cuerpos capitulares del virreinato, en las juntas de la emancipación, en los alzamientos contra la tiranía de Rosas.  Su padre y sus tíos paternos, estancieros del sur, entraron en la conspiración de 1839, que costó la vida a Crámer y a Castelli.  En aquella primitiva estancia pasó José María sus vacaciones de infancia, impregnándose de emociones pampeanas y de sugestiones históricas.  En sus jornadas a caballo, ante el horizonte del desierto, su fantasía debió despertar al relato de los últimos gauchos, que referían al niño entre supersticiones y cantos, episodios de montoneras y malones, la épica tradición oral de las “multitudes argentinas”.  En las veladas del hogar, junto a la mesa doméstica, su conciencia cívica debió despertar al relato de los mayores, que referían, con la historia de la familia, la trágica historia de su país, en la cual aparecían ya, como en germen, los temas de “Rosas y su tiempo”.  De los viejos Ramos Mejía oía decir que habían sido hombres esforzados, enemigos de tiranos, primeros pobladores en el sur bonaerense.  Llegábale, con su belleza de romance, la leyenda de uno que había traspuesto la frontera y vivido en amistad con los indios, adorando al sol entre ellos.  Llegábale, con su misterio de herejía, esa leyenda del que se había separado del catolicismo en tiempos de severa ortodoxia, intentando la fundación de una religión natural.  Entre aquellos fantasmas de la pampa y la casa, la madre velaba junto al niño; la madre a quién el hijo, ya viejo, evocaba en una página íntima, escrita “bajo la influencia de su imagen, del recuerdo de sus virtudes, sintiéndola casi materialmente a mi lado”.  Y debió ser profunda la influencia de esa bondad, porque el escritor sexagenario decía en esa misma página: “La suave sonoridad de su voz, todavía se prolonga en mi vida…”

 

Cuando Ramos Mejía entró en la Universidad de Buenos Aires para cursar estudios de medicina, halló en la ciencia la luz intelectual que iluminara aquel confuso mundo de sus juveniles ideas.  La personalidad de pensador moldeóse entonces definitivamente.  El hombre fue el objeto casi único de sus meditaciones, para todo el resto de su obra  y de sus días.  En este sentido es un humanista; pero un humanista moderno, según el método de las ciencias biológicas.  Analizó al hombre como ser natural y como fuerza histórica.  Profundizó en la función social del genio y de la locura; en la acción del medio físico y de las muchedumbres.  Abrazó, dentro de la medicina, la especialidad que mejor se avenía a su temperamento intelectual: fue neurópata, precursor de esta disciplina en la cátedra, en el foro, en el libro, en la clínica, en la teoría y la práctica profesionales.  Produjo en el ejercicio de su especialidad numerosas memorias; y siendo éste un género entonces nuevo entre nosotros, ello bastó para atraer la  atención pública sobre su nombre.  La posición positivista que adoptó -al margen de la religión, en una época de polémicas liberales, y aún al margen del espiritualismo filosófico, en una época de tendencias materialistas-, fue también ocasional motivo de prestigio, porque lo presentó como un pensador audaz y rebelde.  La tesis doctoral de Ramos Mejía, que se recibió de médico en 1879, versó sobre Traumatismo cerebral.  Antes de su graduación universitaria había publicado un trabajo sobre el Tratamiento de la jaqueca (1878) y la primera parte de Las neurosis de los hombres célebres en la historia argentina (1879), cuyo segundo tomo apareció dos años después.  Con ser este último un libro de juventud (contaba el autor 27 años), en él se halla por primera vez una aplicación argentina del criterio biológico de la historia humana, o sea la simiente de su producción ulterior y el rasgo individualizante de esta figura intelectual.  Semejante virtud suele notarse en la obra primigenia de los talentos verdaderos, y ello suele rescatar las fallas propias de una labor incipiente.  Así, en Las Neurosis, por ejemplo, el sabio, el historiador y el artista se nos muestran todavía en agraz; pero los tres maduraron más tarde, cuando superando los esbozos de 1879, el autor dió a luz Las multitudes, Los simuladores y el Rosas, frutos sazonados en muchos años de experiencia y meditación.  Ramos Mejía muéstrase en estos libros de su edad madura, historiador más concienzudo, prosista más hábil, pensador más vigoroso, menos atado a los prejuicios de su escuela.  Nada esclarece tanto el misterio de la conciencia humana capaz de razón y albedrío, como el estudio de la locura y de todas las anormalidades de la personalidad.  Por el estudio de las formas anómalas, Ribot, contemporáneo de Ramos Mejía, buscó establecer el conocimiento de las formas normales de la psicología.  Paréceme explicable, pues, que Ramos Mejía, el neurópata materialista, concluyese por ser simplemente un psicólogo, aunque psicólogo que no buscaba la solución metafísica del problema del alma, sino la descripción de los actos fisiológicos o sociales que manifestaban la presencia del alma.  Él había afirmado en su juventud: “Cuando digo espíritu, alma, me refiero al conjunto de las funciones cerebrales”. Y no se contradijo en la vejez, pues en los apuntes para su Física del genio, se lee esta difinición:  “Todos los agentes materiales, órganos, objetos inherentes al cuerpo, efectos o calidades físicas que necesita o emplea el genio para andar, que lo exteriorizan o estimulan, constituyen la física del genio”.  Con ese criterio buscó las expresiones del alma en las múltiples formas de la vida, ratreándola desde los elementales movimientos del protozoario hasta los inspirados raptos del héroe, como lo hace en Los simuladores del talento, o sorprendiéndola en sus funciones morbosas, ya gravitara sobre el destino individual, como lo hace en Los estudios clínicos, o ya sobre el destino colectivo, como lo hace en La locura en la historia.  Después de haber descrito histéricos, suicidas, paralíticos y criminales, en experiencias de hospicio y de foro, quiso describir la función de vesanias o locuras en la historia; y como para ello, según su método científico, necesitaba “casos concretos”, los halló en el ambiente de su propio país: el psicólogo entonces resultó un originalísimo historiador argentino, con el Rosas, estudio de psicología individual sobre el “caso” de un héroe neurótico, y con las Multitudes, estudio de psicología colectiva sobre el “caso” de un pueblo fanatizado.  Tales son sus dos libros más personales; tanto, que los otros parecen simple preparación o complemento de ambos trabajos. En ambos, el biólogo y el neurópata se hallan al servicio del historiador; el sabio cede su prioridad al artista; el hombre palpita en sus páginas, sin disimular sus pasiones ni su sensibilidad de viejo criollo, antes bien ostentándolas este hijo de aquellos estancieros unitarios que sufrieron bajo la tiranía de Rosas y que conocieron las muchedumbres del desierto argentino. 

 

La aparición de Las Neurosis fue celebrada por Sarmiento con dos artículos publicados en El Nacional, el 7 de Noviembre de 1878 el uno, sobre la primera parte, que trata de Rosas, y el 7 de Junio de 1882 el otro, sobre la segunda, que trata de la melancolía del doctor Francia, el alcoholismo del fraile Aldao, del histerismo de Monteagudo, del delirio de persecuciones de Brown.  El primero de los citados artículos de Sarmiento empieza así: “La tiranía de Rosas fue una locura en acción”.  Aceptada la tesis de Ramos Mejía, el ilustre crítico abunda en anécdotas corroborantes; pero luego hace esta advertencia:  “Prevendríamos al joven autor que no reciba como moneda de buena ley todas las acusaciones que se han hecho a Rosas en aquellos tiempos de combate y de lucha, por el interés de las doctrinas científicas que explicarían los hechos verdaderos”.  Luego aconseja al joven médico abrir una información sumaria antes de que mueran los testigos: y sugiere la importancia del factor social en el desarrollo de las neurosis históricas.  Sarmiento no entró a juzgar el valor científico de la obra, para lo cual se confesaba incompetente, ni su valor literario, aunque encareció de paso su interés novelesco; pero, al tocar el fondo histórico del argumento, señaló al autor las fallas y los remedios de su método.  No desoyó Ramos Mejía la genial advertencia, y el estudio de Las Neurosis sobre el tirano argentino se amplió veinticinco años después en Rosas y su tiempo, con más segura información documental, con nuevo análisis sobre las causas sociales de la tiranía, con mayor comprensión del fenómeno político.  El tiempo no había transcurrido en vano.  El joven médico de 1875 había madurado, convirtiéndose en el historiador de 1907.  Las ideas de los libros europeos habían cedido buena parte de su sitio a las intuiciones de la experiencia local.  El médico se había hecho más psicólogo; el psicólogo más artista.  El caso de Ramos Mejía nos revela hasta qué punto no le es dado al talento individual sustraerse totalmente a su medio, ni a las influencias de su época.  Sus cualidades son sin duda suyas; sus defectos, casi todos imputables a la rudimentaria cultura de su ambiente. El médico psiquiatra de 1879 entró, pues, como un forzado, en la carrera de la administración y la poítica.  Puesto a los remos de esa galera, probó su fuerza de remador.  Vicepresidente de la Comisión Municipal de Buenos Aires (1882), promovió la creación de la Asistencia Pública, de la cual fué más tarde primer director (1883).  Presidente del Consejo de Educación (1908-1912), fundó centenares de escuelas e imprimió vigorosa tendencia nacionalista a nuestra enseñanza. Fue además profesor de enfermedades nerviosas y mentales en la Facultad de Medicina de Buenos Aires (1887); académico de Ciencias Médicas y de Filosofía y Letras; diputado nacional (1880); y aunque no se mostró muy diligente en este último cargo, la política llegó a interesarlo en los últimos años de su ida.  Entonces dirigió el Sarmiento, un diario de partido; visitó comités electorales; se habló de su candidatura a la presidencia de la República. No lo eligieron a él, sino a su amigo Sáenz Peña; y lejos de ascender, Ramos Mejía salió del Consejo de Educacón perseguido por mezquinas hostilidades.  Había sonado la hora en que hasta la amistad llega a flaquear.  La muerte se acercaba.  Por entonces murió, decepcionado de los hombres, enfermo, pobre, sin otro consuelo que las alegrías de su hogar. 

 

La filiación de Ramos Mejía, su posición filosófica, es cosa de fácil esclarecimiento.  Su profesión de médico, su especialidad de psiquiatra, los temas de sus obras y lo que llevo dicho sobre el autor, bastarían para inferirla, si él no se hubiese encargado de documentarla con sus numerosas citas bibliográficas.  Es un afiliado del determinismo y del transformismo reinantes en su época, y no digo que fue un materialista, porque el materialismo es una solución metafísica, y nuestro médico no parece haber entrado seriamente en la metafísica, ni en los problemas del conocimiento, ni siquiera en la revisión histórica de la filosofía.  Su versión filosófica era enteramente actual.  En sus postulados más remotos llega a Laplace, Lamark, Darwin, Spencer, Comte, Haekel, Le Dantec y la lista de los epígonos.  En sus disciplinas más profesionales, sus maestros son Charcot, Pitré, Ribot, Richet, Tarde, Ferri, Lombroso, Le Bon, Sighele; y no es aventurado creerlo un par de alguno de los nombrados. Pero como la obra de Ramos Mejía fue constante aplicación de aquellas doctrinas europeas a casos argentinos, necesitamos decir que en la comprensión de los fenómenos nacionales fueron sus guías Sarmiento y López, a quienes debe una buena parte de su ideario politico.  Pero la influencia de Sarmiento y López no va más allá del elemento sociológico que entra en la obra de Ramos Mejía, pues en cuanto a doctrina psicológica y moral, no tuvo predecesores argentinos.  En este punto no fue sólo un iniciador, un fundador de escuela, sino uno de los primeros que haya dado cierta universalidad al pensamiento argentino.  Su obra de médico especialista habrá de envejecer necesariamente; pero sin duda subsistirán muchas páginas ingeniosas o profundas en que procuró interpretar interpretar el misterio tragicómico de la vida, ya con Los simuladores del talento, ya con La locura en la historia, problemas eternos y universales, antes no tratados por otros en nuestro país ni en nuestro idioma.

 

 

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