Princesa García lee los clásicos universales: Immanuel Kant y ¡las mujeres!

15 Ene

OBSERVACIONES SOBRE EL SENTIMIENTO

DE LO BELLO Y LO SUBLIME

Ediciones Libertador; Centro Editor de Cultura, 2007.  Trad. de José del Perojo y José Rovira Amengol

Immanuel Kant (1724-1804)

Capítulo III

Sobre la diferencia entre lo sublime y lo bello en la relación recíproca de ambos sexos

Quien por primera vez aplicó a la mujer el nombre de bello sexo, acaso quiso decir algo galante, pero acertó mejor de lo que él mismo pudo imaginarse.  Sin tener encuentra que su figura es, en general, más fina, sus rasgos más delicados y dulces, su rostro más significativo y cautivante en la expresión del afecto, la broma y la afabilidad, que en el sexo masculino; sin olvidar lo que debe atribuirse al encanto secreto, que inclina nuestra pasión a juicios favorables para ellas, hay en el carácter de ese sexo rasgos particulares que lo diferencian claramente del nuestro, y le hace distinguirse principalmente jpor la nota de lo bello.  De otro lado, podríamos aspirar nosotros a la denominación de noble sexo si no se exigiese al carácter noble el apartamiento de títulos honoríficos y el concederlos mejor que el recibirlos.  No se entienda por esto que la mujer carece de nobles cualidades o que hayan de faltar por completo las bellezas al sexo masculino; más bien debe esperarse que en cada sexo resulten reunidas ambas cosas; pero, de tal suerte, que en una mujer todas las demás ventajas se combinen sólo para hacer resaltar el carácter de lo bello, en ellas el verdadero centro, y, en cambio, entre las cualidades masculinas sobresalga desde luego lo sublime como característica.  A esto deben referirse todos los juicios sobre las dos mitades de la especie humana, tanto de los lisonjeros como de los adversos; esto han de tener a la vista toda educación y enseñanza, y todo esfuerzo por fomentar la perfección moral de una y otra, si no se quiere hacer imperceptible la encantadora diferencia que la naturaleza ha querido establecer entre ambas. No es suficiente pensar que se tienen ante sí hombres; es menester no perder de vista que estos hombres no son de una misma clase.  La mujer tiene un sentimiento innato para todo lo bello, bonito y adornado.  Ya en la infancia se complacen en componerse, y los adornos las hacen más agradables.  Son limpias y muy delicadas para lo repugnante. Gustan de bromas, y les distrae una conversación ligera, con tal de que sea alegre y risueña.  Tienen muy pronto un carácter juicioso, saben adoptar un aire fino y son dueñas de sí mismas;  y eso a una edad en que nuestra juventud masculina bien educada es todavía indómita, basta y torpe.  Muestran un interés muy afectuoso, bondad natural y compasión; prefieren lo bello a lo útil, y gustan de ahorrar de superfluidades en el sustento para sostener el gasto de lo vistoso y de las galas.  Son muy sensibles a la menor ofensa, y sumamente finas para advertir la más ligera falta de atención y respeto hacia ellas.  En una palabra, representan, dentro de la naturaleza humana, el fundamento del contraste entre las cualidades bellas y las nobles, y el sexo masculino se afina con su trato.  Espero que se me dispensará la enumeración de las cualidades masculinas en su paralelismo con las del sexo opuesto, y que bastará considerar comparativamente unas y otras.  El bello sexo tiene tanta inteligencia como el masculino, pero es una inteligencia bella; la nuestra ha de ser una inteligencia profunda, expresión de significado equivalente a lo sublime.

La belleza de los actos se manifiesta en su ligereza y en la aparente facilidad de su ejecución; en cambio, los afanes y las dificultades superadas suscitan asombro y corresponden a lo sublime.  La meditación profunda y el examen prolongado son nobles, pero pesados, y no sientan bien a una persona en la cual los espontáneos hechizos deben sólo mostrar una naturaleza bella.  El estudio trabajoso y la reflexión penosa, aunque una mujer fuese lejos en ello, borran los méritos peculiares de su sexo, y si bien la rareza de estas condiciones en su sexo las convierte en objeto de fría admiración, debilitan al mismo tiempo los encantos que les otorgan su fuerte imperio sobre el sexo opuesto.  A una mujer con a cabeza llena de griego, como la señora Daciet, o que sostiene sobre mecánica discusiones fundamentales, como la marquesa de Chastelet, parece que no le hace falta más que una una buena barba; con ella, su rostro daría más acabadamente la expresión de profundidad que pretenden.  La inteligencia bella elige por objetos suyos  los más análogos a los sentimientos delicados, y abandona las especulaciones abstractas o los conocimientos útiles, pero áridos a la inteligencia aplicada, fundamental y profunda.  La mujer, por tanto, no debe aprender ninguna geometría; del principio de razón suficiente o de las monadas sólo sabrá lo suficiente para entender el chiste en las poesías humorísticas con que se ha satirizado a los superficiales sutilizadores de nuestro sexo.  Pueden dejar a Descartes que continué haciendo girar su torbellino, sin preocuparse por ello, aunque el amable Fontenelle quisiera abrir para ella un salón entre los planetas; y el atractivo de sus encantos no pierde nada de su energía si no saben una palabra de lo que Algarotti, para provecho suyo y siguiendo a Newton, se ha esforzado en escribir acerca de las fuerzas de atracción de las materias groseras.  En historia, no se llenarán la cabeza con batallas, ni en geometría, con fortalezas;  tan mal sienta en ellas el olor de la pólvora como en los hombres el del almizcle. 

Parece una maliciosa astucia de los hombres el haber querido desviar al sexo bello hacia este gusto equivocado.  Conscientes de su debilidad ante los encantos naturales del mismo, y de que basta una mirada burlona para sumirlos en mayor confusión que la más difícil cuestión científica, no bien cae la mujer en este gusto, se sienten en franca superioridad y en situación de acudir benévolos en auxilio de la vanidad femenina.  El contenido de la gran ciencia de la mujer es más bien lo humano, y entre lo humano, el varón.  Su filosofía no consiste en razonamientos, sino en la sensibilidad. Esta circunstancia debe tenerse en cuenta al proporcionárseles ocasiones de cultivar su hermosa naturaleza.  Se procurará ampliar todo su sentimiento moral, y no su memoria, valiéndose, no de reglas generales, sino del juicio personal sobre los actos que ven en torno suyo.  Los ejemplos sacados de otros tiempos para ver el influjo que el bello sexo ha ejercido en los asuntos, las diversas relaciones en que durante otras épocas o países extraños se ha encontrado con respecto al masculino, el carácter de ambos según estas particularidades pueden explicarlo, y el variable gusto en las diversiones, constituyen toda su historia y su geografía.  Es bello que se haga agradable a una mujer la vista de un mapa donde se representa toda la tierra o la porción más importante de ella.  Esto se obtiene presentándola sólo con el propósito de describir los diversos caracteres de los pueblos que lo habitan, sus diferencias en el gusto y en el sentimiento moral, principalmente con respecto al influjo que tienen éstas en las relaciones de ambos sexos, explicando todo ello ligeramente por el diferente clima, la libertad o la esclavitud.  Poco importa que sepan o no las particulares divisiones  de estos países, su industria, su poderío o sus soberanos. Del universo igualmente sólo es menester que conozcan lo necesario para hacerles conmovedor el espectáculo del cielo en una hermosa noche, cuando  han comprendido en cierto modo que existen otros mundos, y en ellos también hermosas criaturas….

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