El Sr. K. reflexiona: la vejez de las mujeres

26 Ene

 

OBSERVACIONES SOBRE EL SENTIMIENTO

DE LO BELLO Y LO SUBLIME

 

Immanuel Kant

Ediciones Libertador; Centro Editor de Cultura, 2007.  Trad. de José del Perojo y José Rovira Amengol

 

 

romance de barrio... pero a fines del siglo XVIII

 

 Capítulo III

Sobre la diferencia entre lo sublime y lo bello en la relación recíproca de ambos sexos

 

Una observación parece espontáneamente presentarse entre estas consideraciones.  La sensibilidad sencilla y ruda en las inclinaciones sexuales conduce, ciertamente, por caminos muy derechos al gran fin de la naturaleza, y como las exigencias de ésta quedan satisfechas, parece la más apropiada para hacer feliz, sin complicaciones, al que la posee; pero su carácter indistinto y poco exigente la hace degenerar con facilidad en excesos y en el libertinaje.  Un gusto muy refinado, en cambio, quita a las inclinaciones su carácter brutal, y, al limitarla a muy pocos objetos, la hace decente y decorosa; pero yerra comúnmente al gran propóssito último de la naturaleza, y como exige o espera más de lo condedido por ésta, suele hacer muy rara vez feliz a la persona de sensibilidad tan delicada.  El primer carácter resulta rudo, porque se dirige a todas las personas de un sexo; el segundo, soñador, pues propiamente a ninguna se dirige, ocupado sólo con un objeto que la imaginación amorosa se forja en el pensamiento y adorna con todas las cualidades nobles y bellas que rara vez la naturaleza junta en una persona, y aún más rara vez ofrece a quien puede apreciarlas, y acaso sería digno de tal posesión.  De ello resulta la demora de los vínculos matrimoniales, y, finalmente, la total renuncia a ellos, o, lo que acaso es igualmente lamentable, el triste arrepentimiento después de realizada una elección que no ha llenado las grandes esperanzas concebidas; no es raro que el gallo esópico encuentre una perla, cuando de seguro un vulgar grano de cebada le hubiese convenido mejor.  Hemos de observar aquí en general, que, por muy seductora que sean las impresiones de la sensibilidad delicada, conviene ser precavido en el refinamiento de la misma si no queremos atraernos muchos disgustos y abrir una fuente de contratiempos por un exceso en este sentido.  Yo aconsejaría a las almas nobles que refinasen el sentimiento todo lo posible en lo que respecta a sus propias cualidades o a sus actos, y, conservasen gustos poco exigentes para lo que disfruten o lo que esperen de los de los demás; sólo una cosa encuentro difícil: la posibilidad de este equilibrio.  Pero, caso de haberla, harían a los demás felices y lo serían ellos mismos.  No se debe perder nunca de vista que, de cualquier modo, conviene no tener muchas pretensiones en lo que se refiere a las dichas de la vida y a la perfección de los hombres, pues quien sólo espera siempre algo mediano, tiene la ventraja de que el resultado contradice rara vez sus esperanzas, y, en cambio, le sorprenden también insospechadas perfecciones.

 

A todos los encantos del bello sexo amenaza finalmente la edad, devastadora de la belleza, y el orden natural de las cosas parece exigir que las cualidaes sublimes y nobles reemplacen a las bellas, para que la persona vaya siendo digna de mayor respeto a medida que deja de ser amable. Soy de opinión que la completa perfección del bello sexo en la flor de la edad habría de consistir en la hermosa sencillez, realzada por un refinado sentimiento de todo lo que es noble y seductor.  Poco a poco, según van desapareciendo las pretensiones o los encantos, la lectura de los libros y el cultivo de la inteligencia podría substituir insensiblemente con las musas los sitios vacantes de las gracias, y el esposo debería se el primer maestro.  Con todo, aún al acercarse el momento, tan terrible para toda mujer, de hacerse vieja, sigue perteneciendo al bello sexo, y se desfigurará a sí misma si, desesperando en cierto modo de conservar más tiempo este carácter, se entregase al malhumor y a la tristeza.  Una dama entrada en años, que modesta y amistosamente, convive en sociedad con locuacidad alegre y juiciosa, y favorece de un modo digno las diversiones de la juventud, en las cuales ella misma no toma parte, cuidando de todo y asistiendo contenta y satisfecha a la alegría que le rodea, es todavía una persona más fina que un hombre de la misma edad, y acaso aún más amable que una muchacha, aún cuando en otro sentido.  Ciertamente, debía de ser demasiado místico el amor platónico que expresaba un antiguo filósofo cuando decía del objeto de su inclinación: “Las gracias residen en sus arrugas, y el alma parece asomárseme a los labios cuando beso su boca marchita.  Pero debe también renunciarse pronto a semejantes pretensiones.  Un hombre viejo que hace el enamorado, es un fatuo, y las veleidades análogas del otro sexo resultan en seguida repugnantes.  Nunca consiste en la naturaleza el que no nos manifestemos con decoro, sino en que se pretende falsearla…

 

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2 comentarios to “El Sr. K. reflexiona: la vejez de las mujeres”

  1. comun 28 enero, 2012 a 20:23 #

    Hola!!!
    Tucumán, que hermosa provincias tienes, con razón le llaman el jardín de la república, tengo varias entradas en mi blog….
    Viajo por toda argentina visitando a sus Personas Comunes haciendo cosas extraordinaria te invito a visitarme…..
    Buen fin de semana con un abrazo de oso.
    PD: Estamos en el mismo concurso. http://lablogoteca.20minutos.es/personas-comunes-4177/0/

    Me gusta

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