mitología eslava: divinidades de la ciudad y de la guerra

9 Feb

 

III

 

 Mitología General

 Dirigida por Félix Guirand. Editorial Labor; Barcelona, 1965

 

 

Adoración del dios Sviatovit entre los eslavos bálticos. Dibujo de Iván Bilibin

 

 

Ya hemos dicho que en los confines del mundo eslavo, donde estas poblaciones entraron en contacto con otros grupos étnicos como los escandinavos y los germánicos, su mitología perdió el aspecto primitivo y rústico que la caracterizó en sus comienzos, y apareció con nuevas formas, menos simplistas.  En nuestra época, algunos investigadores rusos se muestran incluso dispuestos a distinguir en el paganismo eslavo dos mitologías (y casi dos religiones).  Una de ellas es la que acabamos de caracterizar, y que puede considerarse común a las grandes masas populares -agricultores, cazadores y pastores-; la otra corresponde a las clases superiores, a los habitantes de las ciudades y de los recintos fortificados.  Sea lo que fuere de estos puntos de vista, lo que sí puede darse como seguro es que los eslavos del litoral báltico, así como los de Kiev, conocieron una mitología más evolucionada que la que tuvo como única base religiosa la simple adoración de los fenómenos de la Naturaleza y de sus fuentes elementales. Los eslavos del Báltico, es decir, los de la desembocadura del Elba, los de la Isla de Rugen, etc. adoraron a una divinidad llamada Sviatovit, acerca de la cual algunos cronistas antiguos, como Helmgolf y Sajón el Gramático, nos han dejado testimonios casi contemporáneos.  Además, en 1857 fue descubierta en Galitzia, a orillas del río Zbruch, una estatua de Sviatovit, que podía considerarse como una réplica burda y simplificada de la que había en su principal santuario, levantado en Arcona.  La estatua existente en Arcona, instalada en un riquísimo templo, era de una tamaño enorme, y tenía cuatro cabezas que miraban a cuatro frentes opuestos.  En su mano derecha llevaba un cuerno de toro lleno de vino, y a su lado aparecían, colgado, un cuchillo muy grande, una silla de montar y un arnés.  Por último, en el interior del templo vivía un caballo blanco.  Una vez al año, el sumo sacerdotre examinaba el contenido del cuerno de toro que sostenía Sviatovit.  Si aún contenía vino en bastante cantidad, ello era de buen augurio y presagiaba un año próspero y feliz; pero si el líquido había disminuído sensiblemente, no había más remedio que resignarse a un año de escasez y privaciones.  El caballo blanco de Sviatovit, mantenido con el dinero del templo y adorado a la par que su divino dueño, estaba también en situación de revelar lo por venir.  Los sacerdotes hincaban en el suelo cierto número de lanzas formando hileras, y hacían pasar al animal a través de ellas; si el recorrido se producía sin contratiempos, es decir, sin caer derribada ninguna lanza, lo por venir se anunciaba como halagüeño.  En el templo se guardaba un estandarte de guerra, que los sacerdotes mostraban a los fieles de Sviatovit cuando emprendian una expedición.  Además de los sacerdotes, en el santuario había un detacamento de trescientos hombres, destinados a la custodia del lugar.

 

Los antiguos cronistas afirman que en los pueblos de la rama occidental del mundo eslavo eran adoradas, además de Sviatovit, otras divinidades de carácter guerrero, tales como Rugievit, que iba armado con ocho puñales, siete de los cuales los llevaba en el cinto, y el octavo en la mano derecha; Iarovit, que se protegía con un enorme escudo de oro, escudo al que se rendía culto como si se tratase de un objeto sagrado; tenía también estandartes, que sus fieles llevaban consigo, junto con el escudo, cuando emprendían una campaña; y, por último, Radigast, que blandía un hacha de dos filos, ostentaba sobre su pecho una cabeza de toro y cubría su rizada cabeza con un cisne, que tenía las alas desplegadas.  Era el dios del honor y de la fuerza, considerado como un consejero seguro. Resulta difícil afirmar si estos dioses eran idénticos a Sviatovit o, por el contrario, se trataba de divinidades con personalidad propia y distinta.  Pero, al menos, estaban unidos por una característica común: la de ser dioses de la ciudad y de la guerra.  A juzgar por el testimonio de una antigua crónica, Sviatovit era considerado como el “dios de los dioses”, de suerte que los demás, comparados con él, sólo eran una especie de semidioses.  A la manera de Svarog, era padre del sol y del fuego; asimismo era del dios de la abundancia, como lo indica su emblema:  un cuerno de toro lleno de vino.  Pero lo que predominaba en él era su carácter guerrero, y, como tal, se le reservaba siempre su parte en el botín de guerra.  En el otro extremo del Mundo encontramos una divinidad análoga a Sviatovit: el dios Perun.  El origen de este nombre se remonta a la época indoeuropea.  Entre los hindúes se dio el apelativo de Pajanya al dios Indra, nombre que se suele vincular a la misma raíz que aparece en Perun, palabra, por lo demás, muy divulgada en las lenguas eslavas: además del ruso Perun, existen las formas polaca, Pioruno; checa, Peraun; y eslovaca, Peron; en lituano figura el nombre Perkaunas.  En la Mater Verborum (1202), Perun es traducido por Júpiter.  Si recurrimos a la lengua popular polaca, no sólo encontraremos una interpretación semántica del nombre Perun, sino también una explicación mitológica de la divinidad; en polaco “piorun” siginfica “rayo”.

 

En cuanto a la imagen del dios, ni la historia ni la tradición nos procuran un imagen precisa.  Sólo sabemos que, a fines del siglo X de nuestra Era, tenía en Kiev una talla de madera.  Sin duda alguna, Perun fue el dios de la guerra, no sólo porque el rayo fue considerado por los eslavos paganos como el arma divina más terrible, sino también porque los testimonios de las viejas crónicas rusas son muy explícitos en el sentido de vincular estrechamente la guerra con la figura de Perun.  Cuando los primeros soberanos de Kiev terminaban, mediante una paz honrosa, un conflicto armado con los griegos, sus tropas invocaban el nombre de Perun en su juramento.  Así, leemos en una antigua crónica que  “Olga -una de las primeras soberanas- conducía a sus soldados a la batalla.  Según la ley rusa, juraban sobre las armas e invocaban a Perun”.  Y en otro lugar:  “Igor -príncipe de Kiev-  ascendió a una colina donde se veneraba un ídolo de Perun, y depositó allí sus armas, su escudo y todo su tesoro”.  El historiador griego Procopio (siglo VI) nos procura un curioso testimonio acerca de la religión eslava.  Este testimonio, se refiere probablemente a Perun, considerado desde el punto de vista de su relación con las demás divinidades:  “Es el dios protector de los rayos y aquel a quien los eslavos reconocen como Señor del Universo”.  Esta mitología de carácter bélico, en la que se entremezclan elementos extranjeros -no hemos de olvidar que el principado de Kiev fue fundado por variags, guerreros escandinavos-, hubo de influir en la mitología de tipo rústico, de la que se encontró muy apartada en principio.  Como ejemplo de esta influencia podemos citar el “dios de los rebaños”, Voloss o Veless, divinidad de origen y carácter rústico, que más tarde fue asociada a las empresas guerreras de Perun.  El monje Néstor, autor de la célebre Crónica, refiere que los soldados de la princesa Olga  “juraban sobre sus armas e invocaban a su dios Perun y a Voloss, dios de los ganados”.  En un tratado de paz que el príncipe Sviatoslav concluyó con los griegos, éste declaró junto con sus guerreros:  “Atémonos por nuestro juramento ante el dios en quien creemos -Perun- y ante Voloss, el dios de los rebaños..”

 

 

Perun, Señor de la Guerra

 

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