El porvenir de una ilusión (II): ¿Es posible una sociedad sin coerción? -se interroga el Dr. Freud-

20 May

 

Obras completas 

Sigmund Freud

  

 Volumen I

  Traducción directa del alemán por Luis López Ballesteros y de Torres.Editorial Biblioteca Nueva; Madrid, 1948

 

 

El porvenir de una ilusión

 Publicado originalmente en 1927 por el Internationaler Psychoanalitischer Verlag (Leipzig, Viena, Zürich)

 

 

Un joven Freud, con su familia de origen

 

 

Hemos  pasado inadvertidamente de lo económico a lo psicológico.   Al principio nos inclinamos a buscar el patrimonio cultural en los bienes existentes y en las instituciones para su distribución.  La conclusión de que toda cultura reposa en la imposición coercitiva del trabajo y en la renuncia a los instintos, provocando, por consiguiente, la oposición de aquello sobre los cuales recaen tales exigencias, nos hace ver claramente que los bienes mismos, los medios para su conquista y las disposiciones para su distribución no pueden ser el contenido único, ni siquiera el contenido esencial, de la cultura, puesto que se hallan amenazados por la rebeldía y el ansia de destrucción de los partícipes de la misma.  Al lado de los bienes se sitúan ahora los medios necesarios para defender la cultura, esto es, los medios de coerción y los conducentes a reconciliar a los hombres con la cultura y a compensarles sus sacrificios.  Estos últimos medios constituyen lo que pudiéramos considerar como el patrimonio espiritual de la cultura.  Con objeto de mantener cierta regularidad en nuestra nomenclatura, denominaremos interdicción al hecho de que un instinto  (Nota de la Secretaria: en traducciones posteriores la palabra “instinto” será traducida como “pulsión”) no pueda ser satisfecho, prohibición a la institución que marca tal interdicción y privación al estado que la prohibición trae consigo.  Lo más inmediato será establecer una distinción entre aquellas privaciones que afectan a todos los hombres y aquellas otras que sólo recaen sobre grupos, clases o individuos determinados.  Las primeras son las más antiguas;  con las prohibiciones en las que tienen su origen inició la cultura hace muchos milenios el desligamiento del estado animal primitivo.  Para nuestra sorpresa, hemos hallado que se mantienen aún en vigor, constituyendo todavía el nódulo de la hostilidad contra la cultura.  Los deseos instintivos sobre los que gravitan nacen de nuevo con cada criatura humana.  Existe una clase de hombres, los neuróticos, en los que ya estas interdicciones provocan una reacción asocial.  Tales deseos instintivos son el incesto, el canibalismo y el homicidio.  Extrañará quizá ver reunidos estos deseos instintivos en cuya condenación aparecen de acuerdo todos los hombres con aquellos otros sobre cuya permisión o interdicción se lucha tan ardientemente en nuestra cultura, pero psicológicamente está justificado. La actitud cultural ante estos más antiguos deseos instintivos no es tampoco uniforme; tan sólo el canibalismo es unánimemente condenado y, salvo para la observación psicoanalítica, parece haber sido dominado por completo.

 

La intensidad de los deseos incestuosos se hace aún sentir detrás de la prohibición, y el homicidio es todavía practicado e incluso ordenado en nuestra cultura bajo determinadas condiciones. Probablemente habrán de sobrevenir nuevas evoluciones de la cultura en las cuales determinadas satisfacciones de deseos, perfectamente posibles hoy, parecerán tan inadmisibles como hoy el canibalismo.  Ya en estas más antiguas renuncias al instinto interviene un factor psicológico que integra también suma importancia en todas las ulteriores.  Es inexacto que el alma humana no haya realizado progreso alguno desde los tiempos más primitivos o que, en contraposición a los progresos de la ciencia y la técnica, sea hoy la misma que al principio de la historia.  Podemos indicar aquí uno de tales progresos anímicos.  Una de las características de nuestra evolución consiste en la transformación paulatina de la coerción externa en coerción interna por la acción de una especial instancia psíquica del hombre, el Super-Yo, que va acogiendo la coerción externa entre sus mandatos.  En todo niño podemos observar el proceso de esta transformación, que es la que hace de él un ser moral y social.  Este robustecimiento del Super-Yo es uno de los factores culturales psicológicos más valiosos.  Aquellos individuos en los cuales ha tenido efecto cesan de ser adversarios de la civilización y se convierten en sus más firmes sustratos.  Cuanto mayor sea su número en un sector de la cultura, más segura se hallará ésta y antes podrá prescindir de los medios externos de coerción.  La medida de esta asimilación de la coerción externa varía mucho según el instinto sobre el cual recaiga la prohibición. 

 

En cuanto a las exigencias culturales más antiguas, antes detalladas, parece haber alcanzado -si excluímos a los neuróticos, excepción indeseada- una gran amplitud.  Pero su proporción varía mucho con respecto a los demás instintos.  Al volver a ellos nuestra vista, advertimos con sorpresa y alarma que una multitud de individuos no obedece las prohibiciones culturales correspondientes más que bajo la presión de la coerción externa, esto es, sólo mientras tal coerción constituye una amenaza real e ineludible.  Así sucede muy especialmente en lo que se refiere a las llamadas exigencias morales de la civilización, prescritas también por igual a todo individuo.  La mayor parte de las transgresiones de que los hombres se hacen culpables lesionan estos preceptos.  Infinitos hombres civilizados, que retrocederían temerosos ante el homicidio o el incesto, no se privan de satisfacer su codicia, sus impulsos agresivos y sus caprichos sexuales, ni de perjudicar a sus semejantes con la mentira, el fraude y la calumnia, cuando pueden hacerlo sin castigo, y así viene sucediendo, desde siempre en todas las civilizaciones.  En lo que se refiere a las restricciones que sólo afectan a determinadas clases sociales, la situación se nos muestra claramente y no ha sido nunca un secreto para nadie.  Es de suponer que estas clases postergadas envidiarán a las favorecidas sus privilegios y harán todo lo posible por libertarse del incremento especial de privación que sobre ellas pesa.  Donde no lo consigan, surgirá en la civilización correspondiente un descontento duradero que podrá conducir a peligrosas rebeliones.  Pero cuando una civilización no ha logrado evitar que la satisfacción de un cierto número de sus partícipes tenga como premisa la opresión de otros, de la mayoría quizá -y así sucede en todas las civilizaciones actuales-, es comprensible que los oprimidos desarrollen una intensa hostilidad contra la civilización que ellos mismos sostienen con su trabajo, pero de cuyos bienes no participan sino muy poco.  En este caso  no puede esperarse por parte de los oprimidos una asimilación de las prohibiciones  culturales, pues, por el contrario, se negarán a reconocerlas, tenderán a destruir la civilización misma y eventualmente a suprimir sus premisas.  La hostilidad de estas clases sociales contra la civilización es tan patente que ha monopolizado la atención de los observadores, impidiéndoles ver la que latentemente abrigan también las otras capas sociales más favorecidas.  No hace falta decir que una cultura que deja insatisfecho a un núcleo tan considerable de sus partícipes y les incita a la rebelión no puede durar mucho tiempo, ni tampoco lo merece.

 

El grado de asimilación de los preceptos culturales -o dicho de un modo popular y nada psicológico-: el nivel moral de los partícipes de una civilización no es el único patrimonio espiritual que ha de tenerse en cuenta para valorar la civilización de que se trate.  Ha de atenderse también a su acervo de ideales y a su producción artística, esto es, a las satisfacciones extraídas de estas dos fuentes.  Nos inclinaremos demasiado fácilmente a incluir entre los bienes espirituales de una civilización sus ideales, esto es, las valoraciones que determinan en ella cuáles son los rendimientos más elevados a los que deberá aspirarse.  Al principio parece que estos ideales son los que han determinado y determinan los rendimientos de la civilización correspondiente, pero no tardamos en advertir que, en realidad, sucede todo lo contrario: los ideales quedan forjados como una secuela de los primeros rendimientos obtenidospor la acción conjunta de las dotes intrínsecas  de una civilización y las circunstancias externas, y estos primeros rendimientos son retenidos yua por el ideal para ser continuados.  Así, pues, la satisfacción que el ideal procura a los partícipes de una civilización es de naturaleza narcisista y reposa en el orgullo del rendimiento obtenido.  Para ser completa precisa de la comparación con otras civilizaciones que han tendido hacia resultados distintos y han desarrollado ideales diferentes.  De este modo, los ideales culturales se convierten en motivo de discordia y hostilidad entre los distintos sectores civilizados, como se hace patente entre las naciones.  La satisfacción narcisista, extraída del ideal cultural, es uno de los poderes que con mayor éxito actúan en contra de la hostilidad adversa a la civilización, dentro de cada sector civilizado.  No sólo las clases favorecidas que gozan de los beneficios de la civilización correspondiente, sino también las oprimidas participan de tal satisfacción, en cuanto al derecho a despreciar a los que no pertenecen a su civilización les compensa de las limitaciones que la misma les impone a ellos.  Cayo es un mísero plebeyo agobiado por los tributos y las prestaciones personales, pero es también un romano, y participa como tal en la magna empresa de dominar a otras naciones e imponerles leyes.  Esta identificación de los oprimidos con la clase que los oprime y los explota no es, sin embargo, más que un fragmento de una más amplia totalidad, pues, además, los oprimidos pueden sentirse afectivamente ligados a los opresores y, a pesar de su hostilidad, ver en sus amos su ideal.  Si no existieran estas relaciones, satisfactorias en el fondo, sería incomprensible que ciertas civilizaciones se hayan conservado tanto tiempo, a pesar de la justificada hostilidad de grandes masas de hombres…

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