lecturas culturosas “by” Princess: ¿En qué consiste el valor de las ideas religiosas?

23 May

 

Obras completas 

Sigmund Freud

  

 Volumen I

  Traducción directa del alemán por Luis López Ballesteros y de Torres. Editorial Biblioteca Nueva; Madrid, 1948

 

 

El porvenir de una ilusión

 Publicado originalmente en 1927 por el Internationaler Psychoanalitischer Verlag (Leipzig, Viena, Zürich)

 

 

El Dr. Freud: su consultorio, sus libros, su perro…

 

 

¿En qué consiste el valor de las ideas religiosas?.  Hemos hablado de una hostilidad contra la civilización, engendrada por la presión que la misma ejerce sobre el individuo, imponiéndole la renuncia a los instintos.  Supongamos levantadas de pronto sus prohibiciones: El individuo podrá elegir como objeto sexual a cualquier mujer que encuentre a su gusto, podrá desembarazarse sin temor alguno de los rivales que se la disputen, y en general de todos aquellos que se interpongan de algún modo en su camino, y podrá apropiarse los bienes ajenos sin pedir ni siquiera permiso a sus dueños. La vida parece convertirse así en una serie ininterrumpida de satisfacciones.  Pero en seguida tropezamos con una primera dificultad.  Todos los demás hombres abrigan los mismos deseos que yo, y no han de tratarme con más consideración que yo a ellos.  Resulta, pues, que, en último término, sólo un único individuo puede llegar a ser ilimitadamente feliz con esta supresión de las restricciones de la civilización: un tirano, un dictador que se haya apoderado de todos los medios de poder, y aún para este individuo será muy deseable que los demás observen, por lo menos, uno de los mandamientos culturales: el de no matar.  Pero el hecho de aspirar a una supresión de la cultura testimoniaría de una ingratitud manifiesta y de una acusada miopía espiritual.  Suprimida la civilización, lo que queda es el estado de naturaleza, mucho más difícil de soportar.  Desde luego, la Naturaleza no impone la menor limitación a nuestros instintos y nos deja obrar con plena libertad; pero, en último término, posee también su modo especial de limitarnos: nos suprime, a nuestro juicio, con fría crueldad, y preferentemente con ocasión de nuestras satisfacciones.  Precisamente estos peligros, con los que nos amenaza la Naturaleza, son los que nos han llevado a unirnos y a crear la civilización que, entre otras cosas, ha de hacer posible la vida en común.  La función capital de la cultura, su verdadera razón de ser, es defendernos contra la Naturaleza.

 

En algunos puntos lo ha conseguido ya bastante, y es de esperar que vaya lográndolo cada vez mejor; pero nadie cae en el error de creer ya totalmente sojuzgada a la Naturaleza, y sólo algunos se atreven a esperar que llegará un día en el cual quede sometida por completo a los hombres.  Están los elementos que parecen burlarse de toda coerción humana:  la tierra, que tiembla, se abre y sepulta a los hombres con la obra de su trabajo; el agua, que inunda y ahoga; la tempestad, que destruye y arruina, y las enfermedades, en las que sólo recientemente hemos reconocido los ataques de otros seres animados; está, por último, el doloroso enigma de la muerte, contra la cual no se ha hallado aún, ni se hallará probablemente, la triaca. (Nota de la Secretaria:  “triaca” se denominaba a  un antiguo preparado farmacéutico contra picaduras mortales o, en general, un remedio contra los males).  Con estas poderosas armas se alza contra nosotros la Naturaleza, magna, cruel e inexorable, y presenta una y otra vez a nuestros ojos nuestra debilidad y nuestra indefensión, a las que pretendíamos escapar por medio de la obra de la cultura.  Una de las pocas impresiones satisfactorias y elevadas de la Humanidad nos procura es la de verla olvidar, ante una catástrofe natural, la inconsistencia de su civilización, todas sus dificultades y sus disensiones internas, y recordar la gran obra común, su conservación contra la prepotencia de la Naturaleza.  Como para la Humanidad en conjunto, también para el individuo la vida es difícil de soportar.  La civilización de la que participa le impone determinadas privaciones, y los demás hombres le inflingen cierta medida de sufrimiento, bien a pesar de los preceptos de la civilización, bien a consecuencia de la imperfección de la misma, agregándose a todo esto los daños que recibe de la Naturaleza indominada, a la que él llama el Destino.  Esta  situación ha de provocar en el hombre un continuo temor angustiado y una grave lesión a su narcisismo natural.  Sabemos ya cómo reacciona el individuo a los daños que le infiere la civilización o le son causados por los demás: desarrolla una resistencia proporcional contra las instituciones de la civilización correspondiente, cierto grado de hostilidad contra la cultura.  Pero ¿cómo se defiende de los poderes prepotentes de la Naturaleza, de la amenaza del Destino?.  La civilización toma también a su cargo esta función defensora, y la cumple por todos y para todos en igual forma, dándose el hecho singular de que casi todas las civilizaciones proceden aquí del mismo modo.  No detiene en este punto su labor de defender al hombre contra la Naturaleza, sino que la continúa con otros medios.  Esta función toma ahora un doble aspecto: el hombre, gravemente amenazado, demanda consuelo, pide que el mundo y la vida queden libres de espantos; pero, al mismo tiempo, su ansia de saber, impulsada desde luego por decisivos intereses prácticos, exige una respuesta.

 

El primer paso es ya una importante conquista.  Consiste en humanizar la Naturaleza.  A las fuerzas impersonales, al Destino, es imposible aproximarse; permanecen eternamente incógnitas.  Pero si en los elementos rugen las mismas pasiones que en el alma del hombre, si la muerte misma no es algo espontáneo, sino el crimen de una voluntad perversa; si la Naturaleza está poblada de seres como aquellos con los que convivimos, respiraremos aliviados, nos sentiremos más tranquilos en medio de lo inquietante y podremos elaborar psíquicamente nuestra angustia.  Contimuamos acaso inermes, pero ya no nos sentimos, además, paralizados; podemos por l0 menos, reaccionar, e incluso nuestra indefensión no es quizá ya tan absoluta, pues podemos emplear contra estos poderosos superhombres que nos acechan fuera los mismos medios de que nos servimos dentro de nuestro círculo social; podemos intentar conjurarlos, apaciguarlos y sobornarlos, despojándoles así de una parte de su poderío.  Esta sustitución de una ciencia natural por una psicología no sólo proporciona al hombre un alivio inmediato, sino que le muestra el camino por el que llega a dominar más ampliamente la situación.  Esta situación no constituye, en efecto, nada nuevo.  Tiene un precedente infantil y no es, en realidad, más que la continuación del mismo.  De niños todos hemos pasado por un período de indefensión con respecto a nuestros padres -a nuestro padre, sobre todo-, que nos inspiraba un profundo temor, aunque al mismo tiempo estábamos seguros de su protección contra los peligros que por entonces conocíamos.  Así, no era difícil asimilar ambas situaciones, proceso en el cual hubo de intervenir también, como en la vida onírica, el deseo.  Cuando un presagio de muerte asalta al durmiente y quiere hacerle asistir a su propio entierro, la elaboración onírica sabe elegir las circusntancias en las cuales también este suceso tan temido se convierte en la realización de un deseo, y el durmiente se ve en un sepulcro etrusco, al que ha descendido encantado de poder satisfacer sus curiosidades arqueológicas.  Obrando de un modo análogo, el hombre no transforma sencillamente las fuerzas de la Naturaleza en seres humanos, a los que puede tratar de igual a igual -cosa que no correspondería a la impresión de superioridad que tales fuerzas producen-, sino que las reviste de un carácter paternal y las convierte en dioses, conforme a un prototipo infantil, y también, según hemos intentado ya demostrar en otro lugar, a un propósito filogénico.  Andando el tiempo surgen luego las primeras observaciones de la regularidad y la normatividad de los fenómenos físicos, y las fuerzas naturales pierden sus caracteres humanos.  Pero la indefensión de los hombres continúa, y con ello perdura su necesidad de una protección paternal, y perduran los dioses, a los cuales se sigue atribuyendo una triple función: espantar los terrores de la Naturaleza, conciliar al hombre con la crueldad del Destino, especialmente tal y como se manifiesta en la muerte, y compensarle de los dolores y las privaciones que la vida civilizada en común le impone.  Pero, poco a poco, va desplazándose el acento dentro de estas funciones.  Se observa que los fenómenos naturales se desarrollan espontáneamente conforme a leyes internas, pero los dioses no dejan por ello de seguir siendo dueños y señores de la Naturaleza: la han creado y organizado de esta suerte y pueden ya abandonarla a sí misma.  Sólo de cuando en cuando intervienen su curso con algún milagro, como para demostrar que no han renunciado a nada de lo que constituía su poder primitivo.  Por lo que respecta a la distribución de los destinos humanos, perdura siempre una inquieta sospecha de que la indefensión y el abandono de los hombres tiene poco remedio.  En este punto fallan enseguida los dioses, y si realmente son ellos quienes marcan a cada hombre su destino, es de pensar que sus designios son impenetrables.  El pueblo mejor dotado de la antigüedad vislumbró la existencia de un poder superior a los dioses –la moira-, y sospechó que estos mismos tenían marcados sus destinos.  Cuando más independiente se hace la Naturaleza y más se retiran de ella los dioses, tanto más intensamente van concentrándose las esperanzas en derredor de la tercera de las funciones a ellos encomendadas, llegando a ser así lo moral su verdadero dominio.  De este modo la función encomendada a la divinidad resulta ser la de compensar los defectos y los daños de la civilización, precaver los sufrimientos que los hombres se causan unos a otros en la vida en común y velar por el cumplimiento de los preceptos culturales, tan mal seguidos por los hombres.  A estos preceptos mismos se les atribuye un origen divino, situándolos por encima de la sociedad humana y extendiéndolos al suceder natural y universal.  Se crea así un acervo de representaciones, nacido de la necesidad de hacer tolerable la indefensión humana, y formado con el material extraído del recuerdo de la indefensión de nuestra propia infancia individual y de la infancia de la Humanidad…

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