el budismo chino: el esfuerzo por sistematizar las enseñanzas

30 May

 

EL BUDISMO CHINO

 

Daisaku Ikeda

  Traducción por Paula Tizano de Hornos. Emecé Editores, S.A., Buenos Aires, Argentina; 1993.

 

 

Mujeres – Pintura sobre seda – (Dinastía Han)

   

El ingreso de Kumarajiva en Ch’ang-an, en el 402, señaló el inicio de una nueva era en el desarrollo del Budismo chino.  En este capítulo, quisiera examinar los acontecimientos que tuvieron lugar en el siglo posterior, cuando los discípulos de Kumarajiva centraron su afán en dar una mayor claridad y sistematización de las enseñanzas budistas.  El período se cierra con la aparición de Chih-i, el gran maestro T’ien-t’ai que sobresalió entre todos los sistematizadores y cuya vida será objeto  posterior de nuestro estudio.  Hay diversas nociones sobre el modo en que  habría que dividir en períodos la historia del Budismo chino.  Uno de los métodos de clasificación más comunes, que daré a conocer aquí, es el que postuló el erudito japonés Kogaku Fuse.  Esta teoría divide la historia del Budismo chino en cinco períodos, el primero de los cuales se denomina ko-i.  Este se extiende desde la introducción del Budismo en la China, durante la dinastía Han, hasta la época de la dinastía Chin, pasando por la era de los Tres Reinos.  El período abarca unos cuatrocientos años, desde lo que sería el año cero de la era cristiana, hasta el 402, en que Kumarajiva ingresa en Ch’ang-an.  Durante este período inicial, era común que los propagadores de las enseñanzas budistas emplearan términos ajenos al Budismo, provenientes de los escritos confucianistas y taoístas, tradicionales de la China, para explicar aquellos térmnos budistas que guardaban supuesta semejanza en el significado.  Este método de explicación se conoce como ko-i, o “semejanza en el significado”.  El período toma su nombre precisamente de este sistema.  

 

Ya que el Budismo se ocupa, en esencia, de verdades sobre la vida humana que alcanzan validez universal, sus doctrinas fueron, por supuesto, aplicables a los chinos y a todos los demás pueblos, tal como ocurrió con los habitantes de su país de origen.  Con el tiempo, los chinos llegaron a comprender la validez universal de sus enseñanzas y a adquirir un entendimiento certero de ellas.  Pero hubo de transcurrir un largo período hasta que esto ocurriera.  Los hombres que emprendieron la vanguardia en la difusión de los conceptos budistas por la China, conscientes de las dificultades de comprensión que había en juego, intentaron franquear esta brecha adoptando el método que mencionamos: explicaron las doctrinas foráneas con términos y palabras que eran familiares a los chinos instruídos, por la literatura que les era propia.  Pero acaso ellos mismos advirtieron que este método sólo podía ser de utilidad temporal y relativa.  Aunque había ciertas semejanzas entre los conceptos budistas y los de la tradición filosófica china -el Taoísmo en particular-, el afán de explicar los primeros con los términos de los últimos a menudo condujo a distorsiones y errores doctrinarios.  Cuando los chinos alcanzaron una comprensión más profunda de la verdadera naturaleza de las enseñanzas budistas, comprendieron que ese método de explicación ya no era apropiado.  En cambio, trataron de aprender el Budismo según los términos que le eran propios.  Así, aún antes de que Kumarajiva apareciese en Ch’ang-an, otros sobresalientes estudiosos del Budsimo en la China, como Tao-an, ya habían comprendido las limitaciones inherentes al método Ko-i.  Cuando el método ko-i estaba en su apogeo, por ejemplo, había sido frecuente explicar el concepto budista de shunyata, o vacuidad, que es la base de los sutras sobre el Prajna, dándole analogía con el concepto taoísta de wu o “no ser”.  Pero cuando los chinos adquirieron una comprensión más acabada del pensamiento budista, se dieron cuenta de que este método de explicación por analogía jamás podría conducirlos al significado correcto del shunyata.  Y a medida que fueron leyendo otras obras fundamentales del Mahayana, tales como el Sutra del Loto y el Sutra Vimalakirti, vieron con mayor claridad que los intentos de explicar sus doctrinas con el vocabulario tradicional del Confucianismo o del Taoísmo resultaban francamente inútiles.  

 

El hecho de que los budistas chinos hayan advertido por sí mismos la impropiedad de sus métodos primitivos es una de las razones por las que aguardaron con tanta ansiedad las traducciones de Kumarajiva, cuando supieron de su fama por las voces llegadas del Asia Central.  Y Kumarajiva, como ya hemos visto, satisfizo brillantemente sus anhelos y expectativas.  Su ingreso en Chang-an señala el inicio del segundo período en la historia del Budismo chino. Kogaki Fuse lo llamó el “período de las escuelas del Budismo”.  Con esto, se abandonó de una vez por todas el método ko-i, que había simplificado o reducido en exceso las enseñanzas más elevadas y profundas del Budismo.  Así, por primera vez, comenzaron a exponerse en su forma correcta las doctrinas fundamentales de la religión.  No hay palabras para expresar el papel insustituíble que cumplió Kumarajiva, para que los chinos pudieran discernir entre el Budismo Mahayana y el Hinayana.  Durante el período previo a su labor, el Budismo chino estaba, de acuerdo con los cinco niveles de comparación establecidos por Nichiren Daishonin, en el más bajo o inferior, en el cual las enseñanzas budistas se comparan con las doctrinas no budistas, como el Confucianismo y el Taoísmo.  Pero con la irrupción de Kumarajiva, por primera vez las doctrinas fueron sistemáticamente explicadas, y se elucidaron las diferencias entre el Hinayana y el Mahayana.  En este momento, el Budismo chino ingresó en el segundo de los cinco niveles de comparación, en el cual el Budismo Hinayana se confronta con el Mahayana.  Por cierto, muchos de los sutras del Mahayana ya habían sido traducidos al chino en la dinastía Han, por monjes eruditos como Lokaraksha.  Pero, aunque casi todos los textos del Mahayana se conocían en la China antes de  los tiempos de Kumarajiva, todavía no se había trazado ninguna diferencia conceptual entre ambas doctrinas, y, por lo tanto, no se comprendía plenamente la verdadera naturaleza de las enseñanzas budistas.  Para explicar esta situación pueden citarse dos razones.  La primera es que los diversos textos del canon budista no fueron necesariamente introducidos en la China según el orden en que se los expuso originariamente en la India.  Las primeras enseñanzas de la comunidad budista en la India fueron compiladas en forma de sutras.  Con el tiempo, alrededor de éstos se desarrollaron los tratados y obras hermenéuticas, que se conocieron como el Abhidharma, en las distintas escuelas del Budismo temprano.  Así se constituyó la literatura del Hinayana.  Más tarde, surgió un movimiento conocido como Mahayana, en reacción a la estrechez de las interpretaciones del primero.  Así surigeron los distintos sutras del Mahayana y los tratados que expusieron y clarificaron las doctrinas budistas.  Cuando los primeros misionarios de la India y del Asia Central comenzaron a introducir los escritos budistas en la China, empero, no pensaron cuáles habían sido enseñados antes y cuáles después; cuáles eran más profundos y cuáles de índole más superficial; cuáles pertenecían al Hinayana y cuáles al Mahayana. En cambio, difundieron los textos de un modo bastante azaroso, con el criterio de importancia que podían adjudicarle sus propios ojos.  Así, por momentos, los textos se conocieron en la China en orden inverso al de su aparición en la India.  Esto, sin duda, fue uno de los factores que contribuyó a crear semejante confusión doctrinaria entre los círculos budistas de la China.  

 

Otra razón fue el hecho de que todos los sutras budistas, sea que pertenezcan al Hinayana o al Mahayana, invariablemente comienzan con las palabras  “Así lo escuché”, que, según se informa, pronunció Ananda, el principal discípulo de Shakyamuni, al relatar las enseñanzas del Buda tal como las había recibido.  Es decir que todos los sutras, al margen de su fecha o de su origen, se presentan como vehículo de las palabras de oro del Buda.  Los chinos no conocían el largo y complejo proceso mediante el cual se establecieron y redactaron las enseñanzas budistas en la India.  Por eso, aceptaron todos los escritos que llegaron hasta ellos y no sosprecharon que en los diversos textos se representaban diferentes períodos de desarrollo y distintos niveles de profundidad.  Esta fe pura y libre de cuestionamientos con la cual abrazaron todas las escrituras que recibieron es, sencillamente, conmovedora.  Pero existen profundas diferencias entre las enseñanzas del Hinayana y del Mahayana,  y los chinos pronto se vieron ante el dilema de cómo explicarlas y resolverlas.  Sin tener plena conciencia de la existencia de estas grandes divisiones de la enseñanza budista, no podían concebir cómo un mismo buda pudo haber predicado doctrinas tan distintas e inclusive contradictorias, a menos que uno suponga que habló en modos muy diversos en momentos diferentes.  Como si esto no fuera bastante perplejidad, había que agregar la confusión provocada por las traducciones imperfectas o erróneas de los textos, y por el hecho de que ciertos sutras supuestamente procedentes de la India eran, en verdad, obras espurias oriundas de China.  Ésta era, entonces la confusión y el malentendido que prevalecían en el mundo budista de la China, cuando Kumarajiva hizo su advenimiento en Ch’ang-an.  Uno sólo puede valorar la inestimable contribución de Kumarajiva en el esclarecimiento doctrinario de este período, si comprende el grado de oscuridad que caracterizó esos tiempos.  El problema de cómo reconciliar las diferencias y contradicciones que había entre los diversos sutras fue, en su momento, resuelto del modo que ya se sugirió, es decir, suponiendo que el Buda había hablado de un modo distinto en diferentes etapas de su prédica, y que algunos de sus pronunciamientos o sistemas filosóficos eran más profundos que otros.  Pero los eruditos budistas de su época no se ponían de acuerdo en cuál de todos los sutras correspondían a cada etapa de la prédica del Buda o en cómo había que clasificarlos en función de sus méritos.  Éstas diferencias de opinión alentaron la formación de distintas escuelas del Budismo, y este fenómeno llevó a los historiadores a designar la segunda fase del Budismo chino como el “período de las escuelas del Budismo”, que va desde el 402, en que Kumarajiva ingresó en Ch’ang-an, hasta el 573, un año antes de que el emperados Wu de la dinastía Chou septentrional lanzara una inmensa persecución contra el Budismo.  En la historia china, este lapso corresponde, grosso modo, con el período de las dinastías del Norte y del Sur (420-589), en que el valle del Yangtze y el área meridional fueron gobernados por una sucesión de débiles dinastías chinas, con capital en lo que hoy es Nanking.  En este período, la China septentrional se vio dividida en estados, bajo el regimen de pueblos foráneos… 

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