P.G. “sigue leyendo” clásicos universales para las tardes grises…

17 Jun

 

Del Arte de la Guerra

 

 de Niccolo Macchiavelli,

ciudadano y secretario florentino, al libro Del Arte de la Guerra. 

Dedicado a Lorenzo Filippo Strozzi

 

Editorial Gradifco SRL. Argentina, 2011  Traducción de Sergio Albano

 

Mandrágora: misteriosa y mágica; título de una comedia de Niccolo M.

 

Libro Tercero

 

Cosimo:  Ya que cambiamos de tema, dejo mi lugar a otro para que pregunte, porque no quiero me acusen de presuntuoso, cosa que me molesta sobremanera en los demás.  Así que cedo mi mando a cualquiera de estoa amigos que lo desee.

Zanobi:  No nos molestaría que continuara, pero respetaremos la decisión.  Díganos quién debería ocupar su lugar.

Cosimo:  Delegaré tal compromiso en el señor Fabrizio.

Fabrizio:  Entonces la asumo complacido.  Quisiera que respetemos la costumbre veneciana, que inicia las tertulias con el más joven.  Como este ejercicio es de jóvenes estoy convencido de que ustedes son los más aptos para analizarlo y ponerlo en práctica.

Cosimo:  Entonces le toca a usted, Luigi.  De la misma manera que a mí me satisface como sucesor, a usted lo complacerá como interlocutor.  Así que le ruego que no perdamos más tiempo.

Fabrizio:  (Nota de la Secre: “alter ego” de Macchiavelli)   Estoy persuadido de que para explicar la organización de un ejército preparado para combatir debería comenzar por la disposición de las tropas griegas y romanas.  Pero como ustedes pueden consultar a los autores antiguos por su propia cuenta, omitiré muchos detalles.  Únicamente destacaré aquello que considero digno de imitación con el fin de mejorar el ejercito actual.  Explicaré, entonces, cómo se organiza un ejército en orden de combate, cómo debe luchar y cómo debe ejercitarse en las maniobras.  El error más grave que se puede cometer cuando se estructura un ejército para combatir consiste en cederle una sola línea de frente y hacer que el éxito dependa nada más que de un ataque. Ésta es una prueba contundente que evidencia la desconsideración hacia el sistema que respetaban los antiguos para permitir que unas líneas se replegasen sobre otras; sin él es imposible apoyar el primer frente, defenderlo o sustituírlo durante el combate, cosa que los romanos cuidaban muchísimo.  Para ser más claro diré que los romanos dividían cada legión en tres grupos:  los astarios, los príncipes y los reservistas.  Los astarios ses colocaban de frente en la primera línea, en filas apretadas y compactas; detrás de ellos iban los príncipes, pero en orden más abierto; en la última línea se situaban los reservistas.  Éstos estaban tan separados unos de otros que en caso de necesidad podían recibir a los astarios y a los príncipes.  Asimismo tenían honderos, ballesteros y otros soldados provistos de armamento ligero que no se integraban en estas líneas, sino que se colocaban a la cabeza del ejército, entre la caballería y la infantería.  Iniciaban las hostilidades las tropas ligeras; si vencían, cosa que rara vez ocurría, usufructuaban la victoria; si eran rechazados se retiraban a la retaguardia rodeando los flancos del ejército o a través de los espacios preparados para la ocasión.  Cuando ellas despejaban el terreno, ingresaban a la arena los astarios.  Si eran derrotados se retiraban poco a poco por entre los huecos que dejaban los príncipes, con quienes se unían y reiniciaban la arremetida.  Si éstos tampoco tenían éxito, se retiraban a los espacios de las líneas de los reservistas y volvían a la carga todos juntos en bloque.  Si eran vencidos aún así, entonces ya no había remedio, porque no existían más posibilidades de reorganizarse.  La caballería se ubicaba sobre los flancos del ejército, como si fuera las alas de un cuerpo, y combatía con los caballos o apoyaba a la infantería según las circunstancias.  Este triple método de reorganización torna casi imposible la derrota, ya que ésta llegaría luego de que el ejército enemigo resistiera tres andanadas, lo que lo obligaba a ser sumamente poderoso.  Los griegos no se agrupaban de esta forma en sus falanges.  Pese a que tenían muchos jefes y filas, constituían un cuerpo homogéneo. Si tenían que apoyarse unos a otros no replegaban las líneas como los romanos, sino que un hombre entraba en el lugar de otro de la siguiente manera: su falange se dividía en filas.  Supongamos que cada una constaba de cincuenta hombres y que se lanzaban a un ataque frontal.  Las seis primeras filas combatían desde el primer momento porque sus lanzas, denominadas sarisas, eran tan largas que sus puntas inclusive excedían la primera fila.  Si alguno de la primera línea caía muerto o herido, enseguida entraba en su lugar el que lo seguía en la segunda.  A su vez, éste podía se reemplazado por el de la tercera.  Operando de esta manera, las filas posteriores completaban los huecos que se producían en las delanteras rápidamente.  En consecuencia, las líneas y todos los puestos de combate siempre estaban cubiertos, salvo los de la última fila, que disminuían a medida que las bajas eran suplantadas.  En resumen, las últimas y aquellas estaban siempre a resguardo.  Así que el sistema de formación de estas falanges provocaba un desgaste antes que un rompimiento, porque su constitución las hacía más pesadas.  Los romanos empezaron a imitar las falanges y adiestraron a sus legiones como lo hacían aquéllas.  Luego se dieron cuenta de que el sistema no los satisfacía y dividieron las legiones en varias unidades, es decir, en cohortes y en manípulos.  Creían, como les dije antes, que serían más fuertes si tenían más grupos investidos de cierta autonomía.  Actualmente, las brigadas suizas siguen el modelo de las falanges, tanto en su formación com en el orden de combate.  Antes de cada contienda  ubican a los batallones uno al lado del otro; si los encolumnasen, tras la retirada del primero el siguiente no tendría cabida.  Por eso, para apoyarse mutuamente ponen un batallón adelante y el siguiente atrás pero desplazado a la izquierda.  Entonces si el primero necesita refuerzos, el segundo se adelanta a ayudarlo.  El tercer batallón se sitúa detrás de ellos, pero a una distancia de un tiro de arcabuz.  Así podrá adelantarse con el espacio suficiente para no tropezar con los otros si son rechazados.  No es fácil que una multitud encuentre lugar como si fuera una unidad pequeña: las minúsculas y divididas unidades que formaban parte de la legión romana se ubicaban de forma tal que se replegaban unas sobre otra sin dejar de apoyarse.  Existen muchos ejemplos de luchas entre las legiones romanas y las falanges griegas que corroboran que el sistema suizo no es tan efectivo como el romano antiguo.  Los romanos siempre derrotaron a los griegos, porque su armamento y su sitema de repliegue eran más eficientes que la solidez de éstos, como expliqué antes.  Si tengo que basarme en estos modelos para organizar un ejército, adoptaría una parte de sistema y armamento de las falanges griegas y otra parte de las legiones romanas.  La brigada constaría de dos mil lanzas, que son las armas de la falange macedónica, y de tres mil escudos y espadas, que son las de los romanos.  Se dividiría en diez batallones, como la legión de diez cohortes romana.  También tendría vélites, es decir, infantería ligera, para iniciar el combate. Yo articularía sus formaciones de la misma manera que articulé el armamento de los dos ejércitos, de modo que cada batallón tendrá cinco filas de lanzas en la vanguardia y las restantes de escudos, para que las primeras resistan el ataque de los caballos y abran brechas en los batallones de la infantería enemiga.  En consecuencia dispondré de las lanzas para el primer ataque, como el enemigo, con las que encabezaré la resistencia, para luego derrotarlo con los escudos.  Si se detienen en la capacidad de combate de esta formación, verán que cada tipo de armamento cumple su función a la perfección.  Por ejemplo, las lanzas son útiles contra los caballos porque son capaces de provocar grandes bajas antes de llegar al cuerpo a cuerpo, momento en el que dejan de servir.  Por eso los suizos, para evitar este inconveniente, cada tres filas de lanzas colocan una de alabarda, al objeto de darle espacio, aunque sea insuficiente, a aquellas.  Por lo tanto, con las lanza ubicadas adelante y los escudos detrás se resiste a la caballería y, al empezar el ataque, las formaciones de infantería se rompen y  alteran.  Al llegar al cuerpo a cuerpo, que dejan de servir, son reemplazadas por los escudos y las espadas, manipulables cuando se cierran filas.

Luigi:  Lo que ahora nos interesa saber es cómo dispondría el ejército para el combate con esas armas y formaciones.

Fabrizio:  Justamente ese es el paso que iba a detallar a continuación.  En un ejército romano común, que se denomina ejército consular, sólo había dos legiones de ciudadanos romanos, compuestas por seiscientos caballos y once mil infantes.  A ellos se les sumaba una cantidad similar de infantes y caballos enviados por sus amigos y confederados.  Estos elementos adicionales eran divididos en dos partes, llamadas ala izquierda y ala derecha…

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