Buda en China: el maravilloso viaje de Fa-hsien

10 Jul

 

EL BUDISMO CHINO

 

Daisaku Ikeda

Emecé Editores, S.A. Buenos Aires, 1993. Trad. de Paula Tizzano de Hornos

 

Ruta de Fa-hsien

 

Las crónicas de Fa-hsien y su importancia

 

Como vimos, Fa-hsien partió en viaje de peregrinación a la tierra originaria del budismo, la India, para adquirir un conocimiento más profundo sobre los textos de disciplina religiosa.  La travesía lo demoró unos catorce años, y tras lograr el propósito con el cual había partido, retornó a la China, en 414, con un ejemplar de las reglas de disciplina de la escuela Mahasamghika.  Trabajó con otros monjes y produjo una traducción al chino del texto, en cuarenta volúmenes, llamada Mo-ho-seng-chih Lü.

 

Pero, por muy importante que su tarea pueda haber sido para el pueblo de su época, lo cierto es que Fa-hsien sería recordado en la posteridad por razones distintas.  Su contribución a la historia del budismo yace, ante todo, en que se embarcó en semejante viaje, largo y ambicioso, y en que pudo completarlo con éxito.  Se estima que, cuando lo inició, tenía sesenta años, en 399.  A esa edad, son pocos los que se atreven a enfrentar las pruebas de un periplo tan arduo y extenuante.  Dejó la China, avanzó hacia el Oeste, a través del desierto de Taklamakan, cruzó las escabrosas laderas de los montes Pamir y luego, tras surcar el llamado Pasaje Colgante, una serie de andamios y de puentes suspendidos a través de las cuencas infranqueables del río Indo en su tramo superior, por fin ingresó en la India.  Llegar hasta allí desde la China le demoró unos seis años.  Tras pasar en ese lugar otros seis, emprendió el viaje de regreso, y esta vez escogió la vía marítima.  Se embarcó en una nave mercante, en la boca del Ganges, y se fue hasta el reino insular de Simhala (Sri Lanka), donde permaneció unos dos años adquiriendo ejemplares de las escrituras budistas.  Desde allí, continuó hacia el este por barco, mas las tormentas lo obligaron a detenerse en una isla, probablemente Java o Sumatra.  Allí, transbordó a otra nave y zarpó hacia el norte, rumbo a la costa china, la que alcanzó en    Ching-chou, en Shantung.  Cuando, por fin, retornó a su tierra  natal, tenía unos setenta y siete años.

 

Si pensamos en estos monjes que se aventuraron rumbo a la India, el que primero nos viene a la mente es Hsüan-tsang (602-664),quizás porque ocupa un lugar tan prominente en el famoso romance histórico chino Viaje al Occidente.  Pero no debemos olvidar que Fa-hsien ya había concretado este desafío unos doscientos años antes de que Hsüan-tsang realizara su viaje a la india.  Tanto Fa-hsien como Hsüan-tsang dejaron invalorables crónicas de sus travesías, y sus nombres y hazañas son patrimonio de toda la posteridad.  Pero quisiera reflexionar sobre los otros monjes chinos que, del mismo modo, partieron rumbo a la India buscando la esencia de la Ley budista y que fallecieron en el camino, o cuyos nombres y actos, por alguna razón, no nos han sido legados a lo largo de la historia.  Ellos, aunque más no sea en su espíritu, contribuyeron con el avance del budismo tanto como otras figuras célebres, de la talla de Fa-hsien o de Hsüan-tsang.  Todos estos hombres, famosos o anónimos, se vieron impulsados por idéntico ardor y determinación religiosa, y si el budismo pudo efectuar su tránsito desde la India hasta la China y de allí a Corea y al Japón, para erigirse como la religión mundial que hoy es, se debe a estos esfuerzos incansables.  Fa-hsien visitó veintisiete estados en el curso de sus viajes.  En el registro de su itinerario, dejó una crónica breve pero sumamente informativa sobre los estados que existían en el Asia Central y en la India, en los primeros años del siglo V de nuestra era.  Su obra, por lo tanto, es de inestimable valor para los eruditos dedicados al estudio de la historia y la geografía de dicha área, y ha sido traducida numerosas veces a las lenguas occidentales.  Desde luego, la principal preocupacion de Fa-hsien fue llegar a la India y adquirir un mayor conocimiento sobre los textos y las enseñanzas budistas.  Probablemente nunca imaginase que las breves notas que tomó en su diario serían tan apreciadas por los estudiosos de las épocas posteriores.  Pese a la inmensa distancia que abarcó su travesía, su registro no se exitende más allá de diez mil ideogramas, en el chino original.  Pero quizás sea esta naturaleza suscinta y breve de sus observaciones lo que le dé mayor vigor narrativo.

 

Como ya es sabido, las crónicas de Fa-hsien han sido lectura obligada de todos los que, en épocas posteriores, aspiraron a efectuar un peregrinaje similar, en busca de la Ley.  Sin duda, el libro debe de haber inspirado a muchos monjes que, hasta entonces, no habían pensado siquiera en efectuar tamaño viaje.  Para todos los sacerdotes que luego partieron hacia la India, como I-ching (635-713) y Hsüan-tsang, el texto de Fa-hsien sirvió, además, como guía de ruta.  Así, I-ching, en las palabras preliminares de su propio diario de viaje, Registro de los mojes eminentes de la dinastía T’ang que viajaron a las regiones occidentales en busca de la Ley, reconoce su deuda para con Fa-hsien con estas palabras:  “El maestro Fa-hsien fue el primero que abrió el camino a través de la espesura”.  Otro hecho que otorga una gran significación a las Crónicas de los países budistas, de Fa-hsien, es que preserva un registro de las tierras indias y del centro de Asia en épocas en que el budismo florecía en la cúspide de su influencia y prosperidad.  La propagación de las enseñanzas budistas que había comenzado en la India en tiempos de Shakyamuni, alcanzó su punto máximo en esas áreas durante los siglos IV y comienzos del V.  En contraposición, el registro que nos dejó Hsüan-tsang, quien visitó esa misma región en el siglo VII, nos muestra el budismo en momentos de declinación y parece estar teñido de una triste nota otoñal.  Fa-hsien, al escribir sobre la floreciente condición del budismo, nos dice :  “Desde el río de las arenas ondulantes al oeste, en todas las tierras de la India, los soberanos son fervientes seguidores de la fe budista.  Cuando el monarca concede ofrendas a la comunidad monástica, se quita la corona real, y, en compañía de los miembros de su familia, de sus oficiales y estadistas, obsequia la comida con sus propias manos.  Cuando la comida concluye, extiende una alfombra en el suelo y se sienta allí frente a los monjes, quienes ocupan un sitio de honor.  El soberano no se atreve a sentarse en un sillón.  Esta ceremonia en la cual el monarca hace ofrendas probablemente haya sido transmitida desde las épocas del Buda hasta el día de hoy”.   El “río de las arenas ondulantes”  es una forma de llamar a la región desértica sita en el extremo occidental del desierto de Gobi.  En el registro de Fa-hsien podemos ver que toda la región del Asia Central y del subcontinente índico estaba, en esta época, bajo la influencia de la religión budista.  No hay razón para dudar de que los monarcas y ciudadanos de los estados del área fuesen fervorosos creyentes en la Ley budista y rindieran honor a los miembros de la comunidad monástica tal como nos indica Fa-hsien.  Un aspecto muy importante de estas crónicas es que, en el curso de sus viajes a través de más de viente estados, ni una sola vez se encontró con un incidente de enfrentamiento bélico o de alzamiento armado.  Estos estados del Asia Central y de la India, que constituyen una de las encrucijadas culturales del mundo, fueron firmes adherentes a la fe budista y parecen haber desplegado sus relaciones culturales en un estado de perfecta paz.  Éste es un hecho histórico que las épocas posteriores olvidan con demasiada frecuencia.  Fa-hsien no sólo parece haber podido viajar en libertad y sin peligro, sino que, en verdad, hasta recibió ayuda material de los distintos soberanos, en su itinerario a través de estos países.  Como se le proveía de alimentos y de enseres para el traslado, podía ir de un oasis al otro, hasta llegar a su destino, la India.  En los tiempos de Fa-hsien no había vehículos de transporte público, y la geografía de la región por la cual se trasladaba ofrecía peligros y dificultades a cada recodo del camino.  Pero como todos los estados que cruzaba eran seguidores del budismo, y como la paz prevalecía en dicha región, pudo continuar sus fervorosa travesía hasta conquistar la meta anhelada.  Fa-hsien y los demás monjes de su grupo no llevaban pasaportes, como lo hacen los turistas de hoy,  su condición de monjes budistas era el único pasaporte que necesitaban para contar con una buena recepción y con la ayuda necesaria en cada etapa de su viaje.  Hoy debemos notar, con bastante tristeza, que si uno intentara seguir el mismo trayecto de Fa-hsien, se encontraría con obstrucciones una y otra vez, a causa de las barreras del nacionalismo moderno y de los escollos que siembra la burocracia…

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