un clásico argentino

25 Ago

 

Historia de Belgrano y de la independencia argentina

 

Bartolomé Mitre

 

Tomo I

W.M. Jackson Inc. Editores. Buenos Aires; 1949

 

 

Capítulo II

La vida colonial – El Consulado

1797-1806

 

calles porteñas a fines del siglo XVIII

 

 

Restituído Belgrano a Buenos Aires, sintióse circundado desde luego por una atmósfera simpática.  Joven, rico y de bella presencia, todas las puertas se abrían a su paso.  El prestigio de un viaje al viejo mundo, su instrucción variada, sus conocimientos en la música, su título de abogado, las consideraciones que había merecido en la metrópoli, y sus maneras afables ycultas, contribuyeron a darle un lugar distinguido en la sociedad y a ponerle en relación con los jóvenes más inteligentes de la época.  Entre éstos, se ligó más intimamente con Castelli, a quien comunicó su gusto por los estudios económicos, recibiendo en cambio los efluvios magnéticos de aquella alma de fuego, puesta en contacto con la suya.  Estos jóvenes debían pertenecer muy luego al número de los fundadores, los mártires, los campeones, y los apóstoles de una nueva nación, cuya bandera había de ser enarbolada por Belgrano.  Tal vez las pasiones fogosas de la primera edad lo extraviaron como a Simón el Ateniense, en los floridos senderos de la vida; pero no le destrajeron de sus meditaciones serias, ni de sus deberes.  Consagróse desde luego con ardor al desempeño de las obligaciones de su empleo de Secretario del Consulado, y en ese puesto tuvo ocasión de aplicar sus conocimientos y de conquistar una página en el libro de la historia colonial.  Los modestos lauros literarios del Secretario del Consulado, han sido oscurecidos por las coronas cívicas y militares que el patriota y el guerrero conquistaron más tarde en la palestra política y en los campos de batalla; pero esta hermosa página de su vida, digna de figurar en la biografía de Franklin, será siempre una de las que cautivarán las miradas simpáticas de la posteridad: en ella resplandece la gloria sin sangre, el progreso con los atributos  de la paz, y la propaganda de las ideas adelantadas, que aun hoy mismo tendrían el interés de la aplicación y la novedad.  Esta página de su vida, completamente desconocida hasta hoy, merece que se le consagre alguna atención.  El Consulado de Buenos Aires se instaló solemnemente y celebró su primera sesión el día 2 de Junio de 1794, “bajo la protección del Poder Divino por la intercesión de la Virgen María en su Purísima Concepción, patrona de España e Indias, para que inspirase a su insuficiencia”He aquí la pintura que el mismo Belgrano hace de los miembros del Consulado:  “No puedo decir bastante mi sorpresa cuando conocí a los hombres nombrados por el Rey para la junta que había de tratar de agricultura, de industria y comercio, y propender a la felicidad de las provincias que componían el Virreinato de Buenos Aires: todos eran comerciantes españoles, y exceptuando uno que otro, nada sabían, más que de su comercio monopolista, a saber, comprar por cuatro para vender por ocho con toda seguridad”. En este terreno debía renovarse la lucha de la libertad contra el monopolio de Cádiz, que años antes había sostenido el comercio de Buenos Aires contra el Consulado de Lima, Belgrano, aunque en minoría, estuvo a la cabeza de uno de esos partidos, sosteniendo las doctrinas más adelantadas del comercio libre, en la acepción que entonces se daba a estas palabras.  En una de las sesiones de la Junta de Gobierno, él enunció y sostuvo esta proposición, que aún hoy mismo es el principio elemental de la libertad de los cambios:  “El comerciante debe tener libertad para comprar donde más le acomode, y es natural que lo haga donde se le proporcione el género más barato para poder reportar utilidad”.  Estas ideas tan vulgarizadas al presente, eran entonces un escándalo en las colonias españolas, y tenían por competidores a todos los comerciantes españoles, que sólo miraban la cuestión del punto de vista de las ganacias de los negociantes de Cádiz, y sostenían con impudencia la proposición contraria.  A tal extremo llegaba la ojeriza de los monopolistas contra la doctrina de comprar barato, que habiendo don Pedro Cerviño leído un discurso ante el Consulado, apoyando las ideas de Belgrano y desacreditando el monopolio, el Prior pidió que se mandase recoger y quemar el borrador, por contener entre otras la siguiente proposición herética:  “Nuestras embarcaciones irán a los puertos del Norte.  Los españoles harán sus compras en las mismas fábricas”.  Con este motivo decía don Martín Álzaga, refutando a Cerviño:  “El comercio que hasta ahora se ha hecho es el que han permitido las leyes como útil y proficuo, para mantener y estrechar los vínculos de los vasallos de estas remotas regiones con los de la metrópoli por medio de la recíproca dependencia en sus giros comerciales; pues esta es una verdad tan innegable, como evidente el riesgo de que, tolerándose las exportaciones de frutos y dineros en derechura, desde los puertos de América a las potencias del Norte y en igual modo las importaciones de efectos comprados en aquellas fábricas, como insinúa el autor del papel (Cerviño), se aflojarían y extenuarían hasta el extremo en breve tiempo los mencionados vínculos, con perjuicio irreparable de la monarquía”.

 

Si al instituir el Consulado, la metrópoli hubiese tenido en vista poner un obstáculo insuperable al desarrollo del comercio marítimo de las colonias, no habría podido adoptar medida más acertada.  El fue la cabeza de columna del monopolio, y hasta 1810 no cesó de combatir por los privilegios de los comerciantes peninsulares, con una tenacidad digna de mejor causa.  Las ideas económicas de Belgrano, aunque hallaron acogida en aquello que no hería sus intereses, se estrellaron en lo demás contra este obstáculo invencible, en el cual se había figurado encontrar un auxiliar de sus planes para la felicidad y engrandecimiento de su patria.  Uno de los primeros asuntos de que se ocùpó el Consulado, en su calidad de Junta de Gobierno, fue informar en un ruidoso pleito, que hacía años se seguía entre los monopolistas y los traficantes de  negros.  Por real orden de 1784, ampliada por otra de 24 de Noviembre de 1791, se había permitido nuevamente el tráfico de negros en Buenos Aires, con la franquicia para los buques extranjeros que los introdujeron, de poder exportar libremente frutos del país por vía de retorno.  Esta franquicia alarmó a los monopolistas, que vieron en los negreros nuevos competidores, que iban a hacer que los frutos del país tomasen mayor estimación, abriéndose nuevos mercados.  Siendo los cueros el producto más valioso de exportación, y cuyo monopolio más les interesaba, suplicaron de la real orden, sosteniendo que los cueros no debían considerarse como frutos. El Consulado, de acuerdo con los monopolistas, declaró por gran mayoría que ¡los cueros no eran frutos!.  Aconteció, que en momentos en que se trataba esta cuestión, súpose que una fragata inglesa negrera, que había arribado a Montevideo, llevaba parte de su cargamento en cueros.  A esta noticia el Consulado se pudo en movimiento.  El Prior pronunció con este morivo un vehemente discurso, diciendo entre otras cosas:  “Esto es un perjuicio irreparable de la real Hacienda, del comercio nacional y del Estado en general, y se encarga desde luego al señor Síndico, que sin perder instante de tiempo, haga las más activas representaciones y gestiones ante el Superior Gobierno y demás tribunales, a fin de que expidan a la mayor brevedad posible las órdenes, a efecto de que no se den pases, no permitan cargar cueros en la fragata inglesa, y que los ya cargados se echen a tiera.  Así se evitará el trastorno, descompostura y fatales consecuencias de difícil reparación, que causará al comercio nacional el ejemplar del arribo a Londres o a cualesquiera otros puertos de la Gran Bretaña, de esta fragata cargada de cueros al pelo procedente en derechura de este Gran Río de la Plata”.    Otra cuestión, no menos ruidosa y de más vastas proporciones, se suscitó con motivo de una nueva franquicia comercial concedida por la metrópoli a sus colonias del Río de la Plata.  A consecuendia de la guerra en que la España se hallaba comprometida, y que no le permitía atender a la explotación de sus colonias, autorizó, a proposición del conde Liniers, el comercio entre Buenos Aires y demás colonias extranjeras (4 de marzo de 1795).  Las primeras expediciones, que a consecuencia de esta franquicia arribaron al Río de la Plata, volvieron a hacer cundir la alarma en el campo de los monopolistas.  El Consulado, como de costumbre, se puso a su cabeza, y por gran mayoría sancionó que se pidiera al Rey la revocación de su real orden, fundándose en los abusos a que este tráfico podía dar lugar, dando el nombre de abusos a la introducción por esta vía de los artículos de comercio cuyo monopolio tenían los negociantes de Cádiz…

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