un clásico argentino, II

28 Ago

 

Historia de Belgrano y de la independencia argentina

 

Bartolomé Mitre

Tomo I

W.M. Jackson Inc. Editores. Buenos Aires; 1949

 Capítulo II

La vida colonial – El Consulado

1797-1806

 

Luces (y sombras) de la Razón

 

 

Fue en esta ocasión, que el conciliario don Francisco Antonio Escalada, órgano de las doctrinas de Belgrano, hizo oír la voz de los oprimidos por el monopolio, fundando su protesta en un escrito, en que se reconoce, a la par de la inspiración de Belgrano, el nervio de la elocuencia de Castelli trasmitido a la pluma del Secretario.  En ese documento notable, que ha permanecido sepultado hasta hoy en el polvo del olvido, se establecen los fundamentos de la libertad de comercio, precursores de la revolución económica que más tarde acaudilló Moreno con su famosa Representación de los hacendados.  En él, después de establecer como punto de partida, que el atraso del comercio, de la agricultura y de la industria en América, desde la época de la conquista, reconocía por origen la falta de libertad, y que el fomento de ella, por medio de la libre extracción de sus productos, debe ser  “todo el fin y el único objeto de la política del soberano”, pinta con negros colores el estado de decadencia de las provincias del Río de la Plata.  Ante ese espectáculo, su indignación estalla contra los monopolistas en palabras elocuentes, exclamando:  “Sólo un gobierno indolente pudiera despreciar estas ganancias, que resultarían de la exportación de nuestros productos a las colonias extranjeras: ellas no tienen cotejo con el momentáneo y mal entendido perjuicio que puedan causar a algunos países de la España.  Acaso éstos mismos, con todo de desconocer sus verdaderos intereses, penetrados sin embardo de la máxima de que el mayor bien debe preferirse al menos daño, se avergonzarían de solictrar lo contrario.  Conque menos nosotros debemos proponerlo, ni aún imaginarlo; pues aunque haya uno u otro que, por establecimiento y conexión de sus giros con Cádiz, Lima, La Habana, etc., tenga particular interés en sostenerlo para fijar el monopolio, y por lo tanto para entorpecer, cuando no ultimar en su nacimiento el comercio recíproco de nuestros frutos con el de las colonias extranjeras, debe sacrificar al común interés el suyo propio; debe preferir a todo otro el país que lo abriga y que quizás le ha formado toda su fortuna; y si así no lo hace, debemos nosotros salirle al encuentro, en bien general del Estado y de nuestros propios hijos, que en el día tendrían ya razón de acusarnos, si, habiendo tomado otro tono y estimación nuestras producciones, no tratáramos seriamente de redimirlas de la inopia, perpetuándoles en lo posible nuestros fungibles caudales, y contrayendo nuestros afanes a restablecer al fin y al cabo las haciendas de campo, que hasta ahora sólo habían merecido nuestro justo desprecio”.  Más adelante, dirigiéndose a los explotadores del monopolio de Cádiz, agrega estas enérgicas palabras en que parece haberse inspirado Moreno, al ocuparse más tarde del mismo punto:  “Esto sería acreditarnos de aturdidos, fanáticos y abandonados; esto sería echar a puerta ajena el bien con que se nos convida, trastornar el orden inalterable de la caridad y de la naturaleza, que no da lugar a preferencias.  Esto sería contribuir al tiránico estanco mercantil a que aspira Cádiz, habituado a la dominación y a conseguir cuanto ha querido, como lo consiguió a los pocos años de haberse establecido por primera vez el comercio libre, por concesión del emperador Carlos V en el año de 1529; sería empeñarnos nosotros en lo mismo, que ahora no han podido lograr sus vigororsos esfuerzos, singularmente contra Buenos Aires, de que son claro testimonio los papeles que andan en manos de todos; sería… pero dejémonos de lo que sería, y vamos a los que es; es, en una palabra, hacernos traición a nosotros mismos.  Poco nos importa que se perjudique Cádiz en uno, o más propiamente que deje de ganarlo, si nosotros con ese uno aventajamos ciento.  Nosotros no somos apoderados del comercio de Cádiz, ni de Lima, ni de La Habana, ni tenemos representación para reclamar sus fantásticos derechos sobre nosotros, ante nosotros y contra nosotros mismos.  Así, pues, cualquiera que lo haga bajo este especioso velo, sépase que desde ahora lo denuncio como que, es el interés propio el que le anima, y no el común ni el ajeno”.

 

Entre otros muchos conceptos notables, que se contienen en este documento notable, en que la lógica campea a la par de la erudición y del talento observador, que era peculiar al jefe de la escuela del comercio libre en el Río de la Plata por el año de 1797, terminaremos este extracto citando los siguientes, que no son menos notables:  “Veo al rey empeñado en hacer prosperar estas provincias, desatando las trabas y abriendo los cerrojos enmohecidos y los caminos antes cerrados, y este noble ejemplo me estimula más y más, como a buen patriota, y me hace mirar con desprecio los abultados perjuicios del comercio de Cádiz, así como lo ha hecho S.M. con todos sus clamores y representaciones, en que pretendían persuadir con más artificio que verdad, que la monarquía iba a su ruina, de no abolirse el comercio libre”  (Actas del Consulado).  Esta elocuencia sencilla y llena de nervio haría honor a los colonos de Norte América que prepararon su revolución, y ella presagia una nación futura en esos arranques vehementes del patriotismo que la calientan, y esos estallidos súbitos de la indignación contra los abusos, que harían creer que es un documento forjado, si no fuese tan fácil probar su autenticidad.  La valiente protesta de Escalada tuvo sus imitadores, aunque no con tanta decisión, y en esta nueva resistencia como en la anterior, se reconoce la mano de Belgrano y de Castelli.  Al tiempo de nombrarse la comisión que había de redactar la petición sobre la abolición del comercio libre, expuso Tomás Fernández:  “Trátase de informar al soberano sobre los inconvenientes que abraza la libre exportación de los efectos del país a colonias extranjeras, y el retorno de lo que ellas producen y necesitamos nosotros.  Trátase de representar al soberano la triste necesidad de estancar las fecundas producciones, con que la naturaleza liberal ha enriquecido esta provincia; la de minorar su población con el atraso de su agricultura e industria, y hacer por un contraste el más extraño, que en el seno mismo de la fertilidad y la abundancia, reine la pobreza  y la miseria.  ¿Quién lo creería!.  Este es el grande asunto que ha ocupado la atención de esta Junta y que vamos a sostener a la faz del mundo”. (Actas del Consulado).  Ni la elocuencia, ni la ironía, pudieron nada contra un própósito deliberado, que cerraba el oído a la razón y sólo escuchaba la voz de intereses sórdidos.  La representación se elevó al Rey, y la franquicia fue anulada de hecho ¡a petición de los mismos beneficiados con ella!.  Pero la libertad de comercio, como verdadera hija de la tierra, recobraba nuevas fuerzas al caer sobre el suelo generoso que la alimentaba.  En el mismo año en que el Consulado de Buenos Aires decretaba su muerte, la corte de España, urgida por las dificultades de la guerra, permitía el franco comercio en la América bajo la bandera neutral, fudándose en el estancamiento que sufrían los paroductos de las colonias,  Esta concesión no carecía de precedentes, pues ya se había otorgado en el año de 1779 por iguales causas. Apenas la noticia de aquella concesión llegó a Buenos Aires, volvieron a entrar en campaña el Consulado y los monopolistas, y volvieron a encontrar nuevas resistencias en los prosélitos que Belgrano había conquistado a sus doctrinas en el espacio trascurrido….

 

 

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