tucumanos notables: Ricardo Rojas, “Los proscriptos”

6 Sep

 

Historia de la Literatura Argentina

Ensayo filosófico sobre la evolución de la cultura en el Plata

 

Ricardo Rojas

Obras Completas, Vol V. Editorial Losada S.A. Buenos Aires; 1948

 

 

Juan Bautista Alberdi (foto tomada en Paris, durante la Guerra del Paraguay; con Gregorio Benites, de barba)

 

 

 

Capítulo IX

La Escuela Cuyana en Chile

 

 

Las guerras civiles argentinas, con sus alternativas de reveses demagógicos y de sangrientos despotismos, fueron causa de que la juventud liberal emigrara a otras naciones americanas, donde por razones de historia y de vecindad fuéles fácil hallar segunda patria, o al menos refugio hospitalario mientras durase la tormenta.  Lógico fué que, en tal dispersión, los proscriptos de Cuyo buscaran asilo en la tierra más cercana, trasponiendo la cordillera, y así llegaron a formar en Chile el núcleo de una bulliciosa “colonia” intelectual, que llamaré la escuela cuyana.  Por uso tradicional, decíanles “cuyanos” a los argentinos en Chile, y “escuela” fué la que allí formaron, así como por el influjo que ejercieron en la cultura chilena.  La emigración de nuestras provincias andinas tiene gran importancia en nuestra historia política, por haber sido esa región cuna de Facundo y teatro de sus primeras aventuras.  Separadas del Pacífico por el muro de la cordillera y del Atlántico por la travesía de la pampa, aquellos pueblos habían conservado muy pura la tradición española, y con ella el recuerdo de sus orígenes chilenos.  De Chile viniveron en tiempo de Hurtado de Mendoza, los Aguirre, los Castillo, los Jofré, fundadores de aquellas ciudades.  La comunidad indígena en ambas vertientes de los Andes, reforzada por la genealogía de sus más viejas familias de origen español, habían creado en ambas comarcas una semejanza de ambiente.  Cuyo había sido una dependencia de Chile hasta la creación del Virreinato rioplatense que lo vinculó a Buenos Aires, obedeciendo a razones económicas y geográficas.  Por eso cuando Facundo venció en La Rioja, Mendoza y San Juan, o cuando en ellas se consolidaron los tenientes de Rosas, los vencidos huyeron hacia Chile, por ser el país más cercano, donde, a pesar de superficiales enconos, hallaron motivo de arraigo en ese intenso “chilenismo” de sus propios orgenes.  Dijérase que los vástagos argentinos del conquistador volvían al Arauco de sus padres, no como refugiados “extranjeros”, sino como los hijos pródigos de la libertad.

 

Los recuerdos comunes de la colonia se reforzaban, además, para ambos países, por las impresiones recientes de la común campaña emancipadora, cuyos protagonistas aún vivían.  Allí estaban frescas todaía las huellas de San Martín, Monteagudo, Guido; allí estaba la casa de Cornelio Saavedra, de Juan Crisóstomo Lafinur, de Juan Gregorio Las Heras, que formaron hogar en Chile; allí andaban también Nicolás Rodríguez Peña, Pedro Ignacio de Castro Barros, Justo Santa María de Oro, patricios de la gran generación.  Los nuevos argentinos que llegaban pasando furtivamente los Andes tenían, para guiarse en la sombra, el rastro glorioso de conquistadores y libertadores, familiares senderos que conducen, como a una puerta paternal, a los dinteles del viejo hogar americano.  Pero la emigración de Cuyo es importante en nuestra historia literaria, porque en ella figura el sanjuanino Sarmiento desde el primer instante, y porque fueron a reunírsele después algunos emigrados de otras regiones, atraídos desde lejos por la seguridad política y la cultura de Chile.  En 1840 llegaba a Santiago, directamente desde Buenos Aires, el joven Vicente Fidel López, recomendado por su padre ilustre, que, ya viejo, quedaba en la ciudad tiranizada por Rosas, pero que no quería para su hijo ni la vergüenza de Buenos Aires ni los peligros de Montevideo sitiado por el déspota.  De aquí partieron también, siguiendo otros caminos azarosos, con reposorios de aventura en el Uruguay o en Bolivia, los porteños Bartolomé Mitre, Carlos Tejedor y Félix Frías.  En Montevideo estaban, desde 1838, Juan Bautista Alberdi y Juan María Gutiérrez, que abandonaron la plaza en 1846, huyeron a Europa y regresaron por Magallanes a radicarse también en Chile.  Menos ilustres que ellos y con residencia más fugaz, llegaron por entonces los tucumanos Benjamín Villafañe, José Posse, Salustiano Zavalía y otros que , unidos a los Aberastain, los Beeche, los Casacuberta, formaron esa bulliciosa pléyade argentina de los emigrados en Chile, que de 1839 a 1852 constituyó una familia cívica bajo el patriarcado heroico de ancianos como Rodríguez Peña y Las Heras, o bajo el magisterio romántico de jóvenes como Sarmiento y López.  Si grande fué la acción intelectual de “la escuela cuyana” sobre el ambiente chileno, justo es reconocer que no hasido menor la influencia de la cultura chilena sobre nuestros proscriptos, puesto que nos los devolvió estadistas y escritores, a esos que de aquí partieron como simples aventureros de un sueño juvenil.  Para comprender el carácter de esa recíproca influencia, tórnase indispensable recordar la cultura chilena en la época de esta emigración.  No podría caber mayor estudio en el breve marco de este capítulo, y nunca tal resumen podría superar a los que han escrito sobre el mismo tema prestigiosos escritores de la nación hermana.  El documentado biógrafo de Sarmiento, don J. Guillermo Guerra, es un chileno, y su libro, premiado por al Universidad de su país, abunda en noticias pertinentes a aquel período.  Pero si la biografía publicada por Guerra se particulariza en su información con Sarmiento, hay otro libro, venido también de Chile, y es aquel de Recuerdos literarios , donde J. Victorino Lastarria describe todo el panorama, presentando a todos sus protagonistas, los nativos y los foráneos, en visión luminosa de justicia, vibrante de simpatía para unos y otros paladines, durante las agitadas polémicas que nos nuestros promovieron.  Ambos libros, el de Lastarria y el de Guerra, han comprometido la gratitud de la cultura argentina, y casi diría que este capítulo es una débil retribución a su ofrenda, pues si la vida de los escritores argentinos es en aquel lapso un episodio de la vida chilena, aquel momento de la cultura chilena es parte integrante de nuestra propia historia literaria.  Así, la tradición de ambas repúblicas viene de trecho en trecho anudándose en apretada intimidad, primero con la comunidad araucana de los indios andinos, después con la comunidad española de los fundadores coloniales, luego con la comunidad patricia de los héroes libertadores, más tarde con la comunidad intelectual de los emigrados argentinos, y por fin con la comunidad política de los que dirimieron nuestros litigios en paz, bajo la gravitación definitiva de aquellas tradiciones comunes que nos auguran la fraternidad del porvenir.

 

De entre los argentinos que vivieron en Chile, cinco se destacan igualmente gloriosos en la cultura de aquel país y del nuestro: Sarmiento, Alberdi, Gutiérrez, López y Mitre, entonces jóvenes periodistas “chilenos”…

 

 

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