Buda en China, II : el maravilloso viaje de Fa-hsien

4 Oct

 

 

EL BUDISMO CHINO

 

Daisaku Ikeda

Emecé Editores, S.A. Buenos Aires, 1993. Trad. de Paula Tizzano de Hornos

 

 

Fa-hsien visita las ruinas del palacio de Asoka; comienzos del siglo V e.c.

 

 

A través de incontables montañas y ríos

 

 

Volvamos ahora a las propias crónicas de Fa-hsien y veamos qué implicaba una peregrinación a la India a comienzos del siglo V.  Fa-hsien y su grupo partieron en la primavera de 399 desde Ch’ang-an, capital de la dinastía Ch’ in tardía, y avanzaron hacia el Oeste, por sobre los macizos de Lung, hacia el pequeño estado de Ch’ien-kuei, donde pasaron el verano recluídos en retiro religioso.  Desde allí viajaron a un estado llamado Nu-t’an, cruzaron las montañas Yang-lou y llegaron al puesto chino en Chang-yeh.  Aquí, se unieron a los monjes Chi-yen, Hui-chien, Seng-shao, Pao-yün y Seng-chin, quienes habían viajado separadamente.  Luego, en Yü-t’ien o Khotan, se les sumó Hui-ta, lo cual llevó el número de integrantes a once.  Más tarde, algunos de estos once sacerdotes abandonaron la travesía y retornaron a la China; otros, por una u otra razón, se rezagaron en los distintos estados que cruzaban, y otros, por fin, murieron durante el trayecto.

 

Allí donde se encontraban asentamientos humanos, los viajeros parecen haber gozado de una buena acogida, cálida y de buena fe, que uno difícilmente podría esperar en la sociedad moderna.  Por otro lado, una vez que abandonaban estos asentamientos, debían enfrentar las adversidades del camino inhóspito, plagado de peligros y de pruebas indescriptibles.  Tras llegar a Tun-huang, el célebre puesto fronterizo en el borde occidental famoso por sus cavernas y esculturas budistas, fueron guarnecidos de provisiones por Li Sung, prefecto del lugar.  Desde allí, continuaron a desierto traviesa.  Fa-hsien, en un fragmento que citamos antes, describe la escena con las siguientes palabras:  “Las arenas están pobladas de espíritus maléficos y de vientos ardientes; todo aquel que se encuentra con ellos perece; nadie sale indemne.  No hay aves que sobrevuelen las alturas ni animales que crucen el terreno.  Si uno aguza la vista en las cuatro direcciones, no halla lugar adónde dirigirse ni punto que lo guíe.  Lo único que indica la senda son las osamentas secas de los muertos”.  Este pasaje, que se cita tan a menudo, nos da la idea de las condiciones atroces que enfrentaban los viajeros.  Sólo podían atreverse en tales circunstancias quienes poseían la entereza del coraje ardiente y de la fe, la determinación inquebrantable de llegar a destino.  No podemos sino inclinar la cabeza en señal de respetuosa admiración, ante estos monjes peregrinos que, sin jamás sucumbir a la tentación del regreso, avanzaron  penosamente hasta la India.  La misma reverencia debemos brindar a los monjes de la India y del Asia Central que, cruzando los desiertos arteros hacia el Este, partieron rumbo a la China para propagar las enseñanzas budistas en esta región.  Tras viajar diecisiete días por las arenas desérticas, Fa-hsien y su comitiva llegaron al estado oasis de Shan-shan, cerca del lago Lop Nor, donde en el pasado se había erigido el estado de Lou-lan.  Según Fa-hsien, el regente de Shan-Shan era un tenaz patrono del budismo.  En su estado había más de cuatro mil monjes budistas, consagrados al estudio del Hinayana.  Desde allí, el grupo continuó en dirección al Noroeste, hacia el estado de Wu-i, o Karashahr, que también poseía una floreciente comunidad budista de cuatro mil monjes, fieles a las enseñanzas del Hinayana y rigurosos practicantes de las reglas de disciplina monástica llamadas Reglas Vinaya.  El siguiente gran paso que dio el grupo fue arribar al estado de Khotan, sito sobre la ruta meridional que surcaba la región.  Khotan, junto con el estado de Kucha, donde había nacido Kumarajiva, era uno de los países más florecientes del Asia Central, en dicha época.  “La tierra es muy próspera y feliz”   escribe Fa-hsien  “y su pueblo es numeroso y pujante.  Todos los habitantes son seguidores de la Ley budista y se solazan en practicar sus enseñanzas.  Los monjes suman varias decenas de miles, y la mayoría de ellos se dedica a las enseñanzas del Mahayana.  Todos reciben alimentos y ofrendas del soberano.  La población vive dispersa aquí y allá, como si fueran estrellas en el cielo, y al frente de cada vivienda familiar se erige un pequeño stupa o pagoda”.

 

Fa-hsien ysu grupo permanecieron en Khotan durante tres meses.  En parte lo hicieron para poder presenciar un importante festival budista, donde desfilaron numerosas imagenes religiosas por las calles. Pero quisiera creer que Fa-hsien se sintió casi irresistiblemente atraído a la atmósfera pacífica y piadosa de Khotan.  Tras partir de la China, que en ese entonces padecía a causa de la guerra y las revueltas, y atravesar las soledades del desierto, debe de haber sido una causa de profundo regocijo llegar a ese oasis de verdor.  Es como si, casi por milagro, hubiese hallado una sociedad utópica, erigida sobre la base del budismo, donde la gente se regocijaba en la Ley y la vida era pacífica y próspera.  Si Fa-hsien y los otros miembros de su comitiva no hubieran tenido el afán de arribar a la India, muy probablemente habrían pensado en permanecer en esa tierra admirable, en lugar de seguir aventurándose en su peligrosa travesía.  Sin embargo, espoleados por su anhelo de llegar a la India, Fa-hsien y sus compañeros continuaron hacia el Poniente.  Tras penosa marcha de vienticinco días por el desierto de Taklamakanllegaron al oasis de Tzu-ho o Karghalik.  El regente del estado también era devoto del camino budista, y en su territorio habitaba más de un millar de monjes seguidores del Mahayana.  Fa-hsien y los otros permanecieron allí durante quince días, mientras se aprontaban para cruzar las cadenas del Pamir, o Ts’ ung-ling.  El macizo de Pamir constituye una elevada meseta donde convergen los montes Himalayas, el Hindu Kush y las montañas de Tien Shan.  La altura promedia los cuatro mil metros.  Es divisoria de aguas entre este y oeste, para la región central del Asia, y representa, para los viajeros, una fuente de peligros incalculables, que ha costado numerosísimas vidas.  Fa-hsien escribe:  “Las alturas de Ts’ ling están cubiertas de nieves eternas, en invierno y en verano.  Las pueblan dragones ponzoñosos.  Si uno despierta el mal humor de esas criaturas, llaman de inmediato a los vientos venenosos, provocan nevadas o lanzan lluvias de arena, ripio y guijarros.  De las personas que han enfrentado este infortunio, apenas escapa ilesa una de cada diez mil.  Los pobladores se refieren a los dragones ponzoñosos de esta región como ‘los de las Montañas Nevadas’ “.  Se estima que Fa-hsien tenía sesenta y cinco años cuando cruzó estas montañas formidables.  Lo impulsaba su deseo ferviente de contemplar el suelo indio antes de morir.  Sin duda, la intensa fe que lo alimentaba le había permitido cultivar un estado capaz de trascender los conceptos de la vida y la muerte.  A la vez, ya que había llegado hasta tan lejos, seguramente comprendía que no tenía posibilidad de regresar, y que el único curso abierto era seguir avanzando, paso a paso, hasta la tierra natal del Buda.  Totalmente dispuesto a entregar cuerpo y alma, prosiguió penosamente por sobre los picos escarpados…

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