hoy cociné en silencio…

20 Nov

        …querido diario, que te escribo en la soledad del Rancho Atómico, mi refugio ranquel. Me desafiaron unas cebollas desfachatadas, bastante secas y turgentes. Las hice relleno cortándolas en gruesas rodajas y rehogándolas muy suave y en olla abierta, para que no se “ensopen”. Se van acaramelando despacito si les ponemos pizcas de sal, una hojita de laurel, una suave lluviecita de azúcar. ¿Qué sería de nuestra vida sin cebollas?. Algo tristísimo, pensé. Sin embargo, ¡no quise llorar frente a ellas!.  Casi al final las termino de salar suavemente y muelo un buen toquito de pimienta negra gruesa y algo de orégano. Forré una tartera enmantecada con masa fregada, crocante. ¡No creerás que puedo  usar una de esas horribles y grasientas masas compradas!: qué se yo, ¡hagánla como puedan, amigas!, que en los buenos libros está todo indicado.  Pero en lo que a mí respecta paso por el cernidor dos tazas de harina 0000 -también puede ser un 70% de harina integral fina y 30% de harina de trigo blanca- con pizcas de sal. La coloco en una palanganita y le agrego tres o cuatro buenas cucharadas de buen aceite vegetal. Hay que fregarla un poquito para integrar el aceite y después le aplico mi procedimiento loco: desparramo el menjunje seco en una tabla o mesa de madera grande y tomando dos cuchillos muy grandes de cocina cual Fredy Kruger  (¡uno en cada mano!, los usamos alternativamente, como si estuvieramos repicando un tambor máxima velocidad) “corto” yendo y viniendo la harina con la sal y el aceite. Es genial para descargar, por ejemplo, pensando que matamos a alguien malísimo. Recoger la harina que se va desparramando es esencial: luego seguimos el procedimiento loco hasta que no damos más; aunque no es necesario aplicar ninguna fuerza, como es obvio, una se cansa, ¿vió?. El resultado es asombroso: todo quedará como arena húmeda de playa. Vuelven “eso” a su palanganita, sin tocarlo ni calentarlo con las manos, simplemente lo arrastran con el cuchillo. Decía, y le agregan media taza de agua o soda bien fría con una o dos yemas coladas y bien disueltas. Entonces viene la segunda parte de mi procedimiento absurdo: nunca toco la preparación con las manos y menos amaso. ¡Esta masa, paradójicamente, no se amasa!. Voy tirando gotitas de la mezcla líquida y, ayudándome con dos palitos grandes de cocina, mojando de a poquito  toda la “arena”. La idea general es queno que de harina “suelta”, sin mojar. El nuevo resultado son un montón de bolitas mojadas que, si todo salió bien y el cálculo es correcto, se unirán apenas las juntemos con nuestras manos. Ponemos la masa así obtenida en una bolsa y la dejamos un buen rato en la heladera. Lo demás es tan bobo que me da fiaca escribirlo: toman pedazos de masa y van forrando  la tartera de unos 23 cm y sus buenos y más bien altos bordes, todo esto sin amasar ni estirar la masa. Y lo llevan al horno hasta que casi casi casi esté. A todo esto mis cebollas se enfriaron y tomaron ese color dorado casi de dulce…así que  rellené la masa ya cocida. Yo la copeteo con un huevo colado, apenas batido, que pincelo sobre la cebollas y un top de parmesano rallado grueso con un poquito de pan rallado. Y a dorar en unos minutos. De la huerta me traje la lechuga boba, no tenía otra cosa que una lechuga boba y un tomate fresco: ensalada simple pero genial para un día de calor; la lechuga boba es mi favorita, a pesar de su fama algo convencional. Cociné a presión unas lindas remolachas, las corté en rodajas gruesas; me encantan como ensalada, con limón, ajo si pinta, ¡o no!, un buen chorro de aceite, algo de salsa de soja. Preciosas estaban. Cociné sin pasar unos trozos de zapallo hokkaido; lo ví un poco tristón así, al natural y preparé una salsita de harina de sésamo, toques de miso y jugo de limón. No sé si le gustó “vestirse” pero se veía coqueto sobre un plato blanco con  su color naranja y verde. Comí sola, mirando el horizonte interminable. Cayó la tarde y me quedé escuchando la noche que se pobló de sapos, de mariposas oscuras, de aves misteriosas. También pensé:  jamás voy a escribir un libro de cocina… soy un desastre.

Princess!

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