Las persecusiones budistas (II): China y la relación Estado-Religión

9 Dic

 

 

 EL BUDISMO CHINO

 

Daisaku Ikeda

Emecé Editores, S.A. Buenos Aires, 1993. Trad. de Paula Tizzano de Hornos

 

 

Biblioteca de las cuevas de Dunhuang: Buda con el Bodhisattva Kuan-Yin ("El que escucha los gritos del mundo")

Biblioteca de las cuevas de Dunhuang: Buda con el Bodhisattva Kuan-Yin (“El que escucha los gritos del mundo”)

 

 

 

El emperador Wu-tsung había mostrado una fuerte tendencia hacia el taoísmo aún antes de ascender al trono.  Como mencionamos antes, la casa imperial T’ang pertenecía a la familia Li, cuyos ancestros se remontaban a Lao Tsé, fundador del taoísmo.  Así, los regentes de la dinastía T’ang trataron esta religión con grandes honores y provilegios.  Pero como el budismo gozaba de mucho más apoyo popular que el taoísmo, el emperador Wu-tsung se vio obligado a ocultar sus sentimientos contra el budismo, en un principio.  Una vez que se halló en el trono, pudo emplear el poder y el prestigio de su gobierno para adoptar medidas restrictivas en desmedro del budismo.  Como en los casos anteriores, también aquí hubo un consejero taoísta que actuó detrás de bambalinas. Este hombre, llamado Chao Kuei-chen, trabajó en cooperación con el primer ministro Li Te-yü, para instar a la supresión del budismo.  Como señal de su  predilección taoísta, el emperador Wu-tsung estableció un sitio de veneración dentro del palacio imperial, donde se llevaban a cabo ayunos y otras prácticas religiosas.  También ordenó que se realizaran debates en el palacio, entre representantes de ambas doctrinas.  Pero como el emperador era un celoso patrono del taoísmo, era muy difícil que los budistas pudieran ganar honestamente cualquier debate realizado en presencia real.  Otro factor que complicaba el cuadro era la presencia de fuerzas militares de Uighur en Ch’ang-an y el Lo-yang.  Uighur era un pueblo nómada de Turquía, proveniente del Asia Central, que había sido llevado a la China para sofocar una rebelión.  Luego, los pobladores se quedaron en este país, pero se comportaron como un virtual ejército de ocupación.  Así, el país pasaba por una situación semejante al estado de enfrentamiento bélico.

 

En este marco de tensión e inestabilidad social, en 842 se emitió un edicto donde se disponía disciplinar a los monjes y monjas budistas y donde decretaba la confiscación fiscal de toda propiedad o riqueza monetaria, como graneros, campos o jardines.  Al año siguiente, se ordenó que todos los hombres que habían ingresado en el sacerdocio budista en épocas recientes fuesen custodiados. Como resultado, se produjo el arresto de trescientos monjes recién ordenados, que marcharon a Ch’ang-an para recibir castigo.  Finalmente, la orden determinó que fuesen fundidas todas las imagenes e implementos budistas de bronce, y que el metal se emplease en el acuñamiento de moneda, mientras que las imagenes de hierro serían aplicadas a la forja de utensilios de labranza.  Las de plata, peltre u oro serían confiscadas en los tesoros del imperio.  A pesar de la severidad de dicha persecución, hubo un factor que obró en beneficio de los budistas.  Se trata de la muerte prematura de su propiciador, el emperador Wu-tsung.  En el tercer mes de 846, antes de que transcurriera un año desde la sanción del edicto contra el budismo, el emperador murió a los treinta y tres años.  Su sucesor al trono, el emperador Hsüan-tsung, tomó prontas medidas para detener el movimiento contra la fe budista y ayudó a su reconstrucción.  Cabe notar que Chao Kuei-chen y los demás taoístas que urgieron a la supresión imperial del budismo doce hombres en total fueron condenados a muerte. 

 

La cuarta de las persecuciones contra el budismo, llamada “Tsung”, fue ejecutada en 955 por el emperador Shih-tsung de la dinastía Chou tardía (951-960), que reinó sólo un breve período, durante el caos que se gestó tras la caída de la dinastía T’ang en 907.  Ésta, a diferencia de las persecuciones anteriores, no fue un intento de abolir la religión budista abruptamente, sino de reformarla, reglamentarla y ponerla bajo el control gubernamental.  Se prohibió la ordenación privada de monjes y monjas, se estableció un número oficialmente determinado de plataformas de ordenación y se impuso la supervisión gubernamental sobre aquellos que deseasen ingresar en el clero budista.  Además, se prohibió la celebración de ceremonias budistas por la noche y la construcción de nuevos templos. Los que no obtenían reconocimiento oficial debían ser erradicados o bien fusionados con otras instituciones autorizadas.  En otras palabras, las actividades de la comunidad budista debieron llevarse a cabo bajo el estricto control del gobierno.  Esta medida se cuenta entre las principales persecuciones religiosas contra el budismo, pues, desde el punto de vista de los creyentes y practicantes, lesionó gravemente su libertad de culto.  Aunque en muchas ocasiones pasadas el estado chino había intentado intervenir en la conducción de los asuntos religiosos, estas medidas de la dinastía Chou tardía pusieron en evidencia, de una vez por todas, que la Ley budista debía ser subordinada a la ley del monarca chino.  Pero, en esta época, el budismo chino comenzaba a mostrar inequívocas señales de declinación moral y espiritual.  Sus actividades eran cada vez más mundanas; los templos y otros edificios religiosos eran depósitos de fortunas ocultas o sitios para eludir los tributos o la conscripción militar, más que agrupaciones de personas sinceras, en busca de la comprensión religiosa.  Así, en cierto sentido, la comunidad budista motivó la interferencia del gobierno, en tanto hubo un descuido de su genuino espíritu religioso.  Aunque los detalles no siempre son claros, en el caso de las anteriores persecuciones parecería que el budismo revivió rápidamente, una vez que se levantaron las prohibiciones; y aun mientras éstas imperaron, hubo valerosos miembros del clero que censuraron abiertamente los actos del gobierno y numerosos creyente dispuestos a morir por sus convicciones. Esto es particularmente cierto en el caso de las hostilidades perpetradas por el emperador Wu de la dinastía Chou septentrional, en que los creyentes budistas desafiaron a las autoridades del gobierno sin temor. Pero cuando, en 955, la dinastía Chou tardía decretó las medidas represivas, este espíritu de lucha ya había quedado en el olvido, al parecer…

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