la génesis del ius (un texto de Riccardo Campa)

4 Ene

 

LA PRÁCTICA DEL DICTAMEN

Del Ius a la Humanitas

 

 

Riccardo  Campa

Grupo Editor Latinoamericano S.R.L.  

Copyright by Riccardo Campa, 1990; Buenos Aires, Argentina 

 

 

Secessio Plebis: amenaza de los plebeyos de apartarse de Roma a causa de la desigualdad respecto del patriciado

Secessio Plebis: amenaza de los plebeyos de apartarse de Roma a causa de la desigualdad con los patricios

 

 

El derecho romano se configura como una construcción mental destinada a cumplir una función paradigmática respecto de todos los otros sistemas normativos. Representa un terminal de la peregrinación real y metafórica de la condición humana y como tal puede ser fuente de inspiración o sugestión para la elaboración de los aparatos decisionales que legítimamente o no se dan los que detentan el poder para contrastar la insidia de la precariedad y de la entropía.  El derecho romano, en efecto, como afirma Leopold Wenger, ocupa “una posición particular, excepcional, al lado y por encima de los ordenamientos mundanos sea de la época antigua sea de los siglos sucesivos hasta nuestros días”   en tanto constituye una intuición y una sistemática permanentes para todo lo que concierne a la dinámica de las comunidades sociales.  Así como para la geometría y la aritmética la figura y el número sirven de criterios definitorios, para la actividad humana en su desarrollo complejo y contradictorio la norma jurídica tiene la función de no comprometer sus resultados si históricamente son tales que convergen globalmente en el patrimonio de la comunidad en la cual se verifican.  En efecto, la norma se torna virtualmente operante en el universo social donde se delinea como verdadera característica distintiva de un modo de ser de la humanidad porque no encuentra sustanciales confutaciones ni en el debate de los intereses particulares ni en el de las expectativas generales.  La conciliación de lo particular con lo general es la virtud mitopoyética y en ciertos aspectos terapéutica de la norma.  El nomos, que la Grecia del siglo V vaticina como elemento equilibrador del eros y del ethos, no encuentra aplicación sino en un ordenamiento político en el cual el principio de la plenitudo potestatis, aunque virtual, puede hallar aplicación, puede verificarse como posibilidad de la acción humana coordinada para el logro de un fin que coincide con la realidad conocida.  La norma asume su significado y su valor sólo cuando el escenario al cual se dirige para la aplicación es al menos reconocido como delimitable.  Por lo tanto no podría hallar aplicación si el universo natural al cual está destinada no es de algún modo conocido o supuesto tal.  En efecto, la norma genéticamente sufre mutaciones cuando la visión general de las cosas experimenta cambios de tal entidad que se prevén profundos trastornos políticos, económicos y sociales.  Los cambios que experimenta el derecho romano en el tiempo como proceso de adaptación,  de historización de sus figuras , de sus definiciones y de sus instituciones, demuestran la permanencia de un sistema conceptual que forma parte de una aptitud del hombre social.

 

La condición política del hombre, su operatividad dentro de la comunidad con la cual se identifica y que sin embargo trata de modificar para hacerla más adecuada a sus expectativas y, viceversa, por la cual se deja modificar para hacerse más idóneo para legitimar sus fines y sus perspectivas históricas, son los términos concurrentes del carácter físico y limitado del curso de las cosas contrapuesto al carácter metafísico e histórico de la comunidad, entendida como disciplina de la experiencia en el orden temporal.  “Si miramos bien”, afirma Mario Bretone,  “la historia jurídica ha sido guiada en su camino por el “concepto” del derecho: no una noción elástica, provisoria e instrumental para orientar la investigación, sino una categoría exclusiva y vinculante, a seguir a través de los siglos y los milenios.  Esta categoría…  se ha puesto como objeto de la disciplina histórica específica.  Observada desde este ángulo, la historia jurídica, en definitiva, no es más que la perturbación diacrónica de una entidad conceptual y (se entiende) de sus articulaciones internas.  El derecho romano pertenece a ella y ocupa el espacio más amplio, aún más allá de los confines del mundo antiguo.  Rotos los hilos que lo ligaban a la compleja realidad de ese mundo -a un orden social y económico con sus estratificaciones y sus tensiones, y a una estructura política que de comunidad ciudadana se transforma en imperio mundial- el derecho romano adquiere una existencia nueva en las idealizaciones de sus intérpretes.  Sus códigos ofrecen los materiales a la praxis jurídica y a la reflexión teórica medieval y moderna; siguen siendo leyes vigentes, pero son también el vehículo de una tradición y los testimonios de un gran pasado.  Una cadena ininterrumpida que parece unir sus orígenes lejanos con nuestra época.  Ese derecho, del cual se desea determinar la evolución o (como dice alguno) la dinámica, encierra aún a los ojos de sus historiadores una verdad intemporal.  La idea de su perfección sobrevive, de modo evidente o subterráneo, a la ironía de Mommsen en los años centrales del siglo XIX”.

 

Pero a la historia jurídica de orientación dogmática se contrapone a una historia jurídica social y económicamente condicionada. La relación existente entre estas dos categorías no modifica la validez -problemática y condicionada- de un sistema de pensamiento apto para representar en el plano formal de la pura virtualidad el complejo desarrollo de la historia humana.  La existencia de las historias particulares viquianas hallan sus potencialidades sinérgicas en la historia común.  Si se debilitara el principio de la norma también los que regulan el cálculo, la figuración y la representación se debilitarían  o estarían condenados a la incomunicabilidad. Las corrientes denominadas barbáricas que invaden la Europa mediterránea después del fin del imperio romano demuestran ser portadoras de un anhelo normativo que hace posible la unión de la antigüedad romana con la época moderna. El derecho,  en tanto expresión de las múltiples actividades humanas  -para usar la definición de Arnaldo Momigliano– pertenece al núcleo de las manifestaciones comunitarias y como tales gravitantes en la historia diferenciada y al mismo tiempo unitaria con la cual se explican o de alguna manera se representan los cambios epocales.  Pero la totalidad, como afirma Karl R. Popper, es una idea-límite, una tensión, no una adquisición, y como tal permite dar significación a lo particular, que es el único objeto de la investigación histórica.  “Si la totalidad no puede ser objeto de la investigación histórica, en el otro extremo tampoco el derecho, como categoría preconstituída, puede serlo.  Momigliano y Bloch no se equivocan cuando disciernen en el derecho “la formulación de relaciones sociales radicadas en actividades humanas múltiples” o “el envoltorio formal de realidades demasiado variadas en sí mismas para proporcionar con provecho el objeto de un único estudio”.La sociología confirma esta intuición. Parsons y Luhmann no son los únicos que ponen de relieve que el derecho modela directa o indirectamente el conjunto de las relaciones entre los hombres, opera de modo difuso en todos los sectores sociales, y no puede ser fácilmente aislado como fenómeno de por sí”.  La historia del derecho halla confirmación en la historia social, en la historia económica, en la historia literaria y en la científica.  Lo que se desea poner en evidencia, con esta actitud aparentemente profanadora, consiste en considerar el derecho elitista de los juristas y de los jurisconsultos del pasado como inadecuado para reflejar esas exigencias de diferenciación que concurren a hacer precipuo y proficuo el metabolismo social…

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