la génesis del ius (II): textos de Riccardo Campa

8 Ene

 

 

LA PRÁCTICA DEL DICTAMEN

 

Del Ius a la Humanitas

 

 

Riccardo  Campa

Grupo Editor Latinoamericano S.R.L.  

Copyright by Riccardo Campa, 1990; Buenos Aires, Argentina 

 

 

Roma Antigua: una representación mítica de los orígenes.

Roma Antigua: una representación mítica de los orígenes

 

 

 

El derecho considerado como reglamentación de la práctica halla su límite en el diferencial realizativo de esta última.  Pero  el derecho es un principio evaluativo que responde a las exigencias de la dinámica social a condición de que esta sea discernible entre las tantas pulsiones individuales y colectivas que concurren a hacerla evidente.  En otros términos, las instituciones de las cuales se compone el derecho subyacen a la acción modificadora del tiempo social, pero la institución en sí como intrumento de manifestación del poder político y decisional se consolida si sirve de conducto de coheción entre fuerzas coordinables para el logro de un fin de interés y de relevancia comunitarios.  Si no fuera así, el derecho no sería el instrumento con el cual tanto la formulación del contrato social como la confutación del mismo asumen el relieve de la categoría conceptual y operativa que permite que la comunidad se emancipe de los condicionamientos ancestrales y del prejuicio. Entre el derecho y las situaciones sociales, entre la economía y el derecho, hay un nexo intrínseco, pero no una relación inmediata y especular.  Sobre todo Max Weber ha insistido sobre este punto:  “Las situaciones económicas no generan automáticamente nuevas formas jurídicas, sino que implican solamente la posibilidad de que una invención técnico-jurídica, una vez creada, también halle difusión”; “Un ordenamiento jurídico puede permanecer inmutable en ciertas circunstancias aunque las situaciones económicas se modifiquen radicalmente” o, al contrario, sus categorías pueden diferenciarse “sin que las situaciones económicas se vean tocadas en medida relevante”.  Las discusiones actuales sobre el “sistema social” y sobre el derecho como uno de los sistemas sociales no obstaculizan la investigación, sino que pueden ayudarla con el juego de los contrastes y de las combinaciones inesperadas”.

 

Ello demuestra que el tecnicismo jurídico no puede condicionar la evolución del derecho, a su vez condicionado por la evolución de la sociedad en su conjunto. El apriorismo del cual se sirve el derecho para perseverar en una especie de primogenitura conceptual del sistema social en su realización pero sólo relevables en su recíproca interacción y incidencia.  El conjunto de las historias particulares de la actividad humana no confluye en el derecho si bien, a nivel de realización comunitaria, es el derecho el que la hace manifiesta y perfectible.  En tanto instrumentación conceptual, el derecho hace posible una especie de reductio ad unum de los fenómenos sociales que, aislados, no tendrían la fuerza de configurarse teleológicamente.  Si bien el derecho nace para exorcizar la influencia del universo mágico-religioso de la antigüedad romana y para emancipar a la empresarialidad humana como iniciación a la confrontación y  a la decisionalidad del régimen controverido y confutable, la autonomía que lo distingue no puede ser ni total ni legitimadora de toda forma de neutralidad.  La implicancia del derecho en el metabolismo social no absorbe ni tanto menos resuelve sus instancias: al contrario, las disciplina de modo que puedan conflagrar entre sí si el fin que se fijan es el de producir efectos de interés comunitario.  El derecho no salvaguarda a la sociedad aun antes de que ésta haya expresado los criterios de la salvaguardia, pero la hace posible con todas esas adaptaciones y esas modificaciones e incluso deformaciones que se hacen necesarias para dar curso a la afirmación de la decisionalidad individual y a las elecciones colectivas.  Desde la antigüedad romana el factor distintivo del ordenamiento jurídico como glorificación de una disciplina interior que se manifiesta en la acción está presente en las convicciones de escritores como Vegezio y Cicerón: el primero pone el acento en la técnica del adiestramiento para la vida militar y para el uso de las armas; el segundo se ocupa en el De responso auruspicarum de la sapiencia teológica y de la perseverancia como sabiduría teleológica de los romanos…  “Sed pietate ac religione autque hac una sapientia, quod deorum numine omnia regi gubernarique perspeximus”.  Esta idea de la pietas se concilia con la concepción de la ciudadanía romana: el reconocimiento casi fisiognómico del ciudadano romano no excluye la diferenciación cultural.  “Cuando en el 212 e.C. escribe Andrea Giardina “el emperador Caracalla decidió la concesión generalizada de la ciudadanía romana, debió tomar conciencia de la existencia, dentro de los confines del imperio, de masas campesinas no tocadas por la romanización -los llamados dediticci- que fueron excluídas de esa disposición.  Por otra parte, aún en la época de san Gerolamo, hacia el 400, en los alrededores de una ciudad romanísima como Treveri se hablaba céltico.  Lo mismo sucedía, evidentemente, en tantas otras regiones del imperio.  También a partir de la intervención de Caracalla, un criterio estrictamente jurídico hubiese podido por lo tanto individuar como romanos a todos aquellos que gozaban de la ciudadanía romana.  Pero este criterio no hubiese bastado para cancelar las distinciones -vivas en la sensibilidad de la gente- de los comportamientos, de los aspectos, de las posiciones sociales”.

 

Los romanos de mediana cultura hacen referencia, en los procesos de identificación, a los campesinos urbanizados y no a las gentes habituadas a vivir en espacios abiertos.  La relación entre ciudadanía y dimensión espacial del sujeto de derecho tiende a focalizar la ciudad -si bien metaforizada- como el escenario en el cual la dinámica social asume el significado que tiene la norma en el ámbito fictivo.  Si bien la morfología de la ciudad no contempera todas las virtudes cívicas del ciudadano romano, en buena medida las evoca, aunque en la medida en la cual se someten a la elaboración y a la modificación de los criterios que las justifican.  En efecto, cada modelo es publicado como fuente de humorismo y de falsa conceptualización.  Las comedias de Plauto y de Terencio tienden a poner en ridículo roles y actitudes considerados paradigmáticos de cuantos quedan en la superficie de las cosas y sólo adquieren de la romanidad los rasgos más extravertidos y magnilocuentes.  “Si la lejanía de la urbanitas es una vía privilegiada hacia el estado de barbarie, las formas exasperadas de la urbanitas (degeneraciones propiamente dichas del vivir cívico) se expresan en comportamientos tan vulgares que crean casi una especie de nueva barbarie.  El historiador Ammiano Marcellino (un griego de Antioquía al que se reconoce entre los más grandes historiadores de la época romana) expresó, en una descripción famosa, todo su disgusto por al plebe otiosa et desides de Roma: en ella dominan individuos  de nombres elocuentes, que remiten a un universo de actividades sórdidas y de inclinaciones culinarias (Messores, Statarii, Semicupae y Serafini, Cicymbricus, Gluturinus, Trulla, Lacanicus, Porclaca, Salsula); para gente como esa el Circo  Máximo es todo: el templo, la casa, la asamblea cívica”.  El Circo Máximo, en efecto, se configura como el hemiciclo en el cual las fuerzas, aún no disciplinadas en el agón político y social, hallan un correctivo en la confrontación, en la dialéctica de primera instancia, elemental. “Las autorrepresentaciones del tipo romano que nos dejó la cultura literaria antigua son entonces a lo sumo cambiantes y alcanzan cierto grado de solidez y de homogeneidad sólo al nivel sumamente restringido de la humanitas, que limita de hecho a pocos millares de individuos la pertenencia al tipo romano puro”.  La humanitas es el rasgo distintivo de la romanidad que se adquiere -como refieren los libertos- con la adopción de esas normas de comportamiento que emancipan de la crueldad, de la vulgaridad y de la ataraxia…

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