el origen de la humanitas: textos de Riccardo Campa

20 Ene

 

 

LA PRÁCTICA DEL DICTAMEN

 

Del Ius a la Humanitas

 

 

Riccardo  Campa

Grupo Editor Latinoamericano S.R.L.  

Copyright by Riccardo Campa, 1990; Buenos Aires, Argentina 

 

 

León Magno detiene a Atila en las puertas de Roma

León Magno detiene a Atila en las puertas de Roma

 

 

 

Los curiales son los contribuyentes de Roma: no sólo en lo que concierne a los tributos y a las obligaciones, sino también a la cultura en sus formas de manifestación universal. La obligatoriedad del regimen tributario consolida el derecho al patrimonio cognoscitivo de la Urbs,  que se proyecta en las varias regiones del imperio mediante el discurso (la retórica), ese dispositivo conceptual en virtud del cual el fundamento de la razón se identifica con el ciudadano romano.  La retórica y el conocimiento se conjugan entre sí en el intento de hacer adquiribles y problemáticos a la vez esos factores que concurren a dar evidencia a la ciudadanía real e ideal, a la determinación voluntaria y a la eficacia decisional. La carrera del retórico -inaugurada magistralmente por Cicerón–  impresiona la imaginación de los ciudadanos del imperio porque se consideran empeñados en hacer comprensible y disquisitiva la ratio que hace de un principio el fundamento de una convicción.  La retórica permite elaborar criterios cognoscitivos sobre la base de elementos expresivos: el convencimiento deviene un trabajo de desarrollo y de construcción a la vez de esos factores sobre los que se funda el conocimiento.  La participación emotiva -provocada por la retórica-  contribuye a disciplinar el comportamiento para hacerlo coherente con las reglas del convencimiento: la operatividad se manifiesta como categoría estética de la convicción.  La cohesión de las palabras en el discurso presupone la coherencia en el razonamiento como antecedente de la acción.

 

La ciudadanía romana se configura por lo tanto como una gran palestra y un desafío para cuantos se proponen conformar los propios intentos (las propias ambiciones) a los diseños de la Ciudad.  La influencia de la palabra se une al ejercicio del poder del convencimiento, que es la trama sobre la cual se inscribe la vicisitud de una mundo que, después de innumerables alternativas, está a punto de “avistar” su unidad y de extraviarla por la cómplice injerencia de esos factores disolventes sobre los cuales se funda la cultura medieval.  La retórica logra miniaturizar el propósito y la acción por adecuarlos a una prueba más difícil que la que el mundo romano se propone realizar.  Ella constituye no sólo el momento fabulatorio de la sociedad del derecho sino también el aspecto fenomenológico de la sociedad de las buenas y de las malas costumbres.  En este sentido subyuga los espíritus inquietos como Agustín, que de la angustia existencial pasa a la fe, de la pasión a la reflexión e incluso a la airada exaltación antiapostática.  “Sabiduría” y “verdad” escribe Kurt Flasch  “se han convertido en dos conceptos esenciales en Agustín. Al dar una definición de esos términos, él sigue la tradición estoica mediada por Cicerón: sabio es aquel que vive de manera conforme a cuanto hay de mejor en el hombre. Agustín declara explícitamente no haber instituido personalmente la definición de sabiduría, sino de haberla recibido de la antigua tradición del estoicismo. Según esta tradición la sabiduría es el conocimiento de las cosas humanas y divinas.  “Verdad” y “sabiduría” no aluden a un saber cualquiera ni a una exactitud factual, sino que desean ser una guía que ilumina la vida sobre la base de un principio unitario.  Contienen la unidad programática de teoría y praxis, pero en el programa prevalece la teoría dado que el conocimiento es considerado el sentido de la vida.  Agustín expresaba un concepto enfático de verdad, cuando más tarde declaró que su espíritu se había tornado deseoso de verdad, cupidus veri, y que por largo tiempo habia tomado la resolución de vivir sólo para demostrar la verdad.  Esta decisión le llegaba de la lectura de Cicerón, después de la cual la carrera había dejado de ser un valor inconfutable”.  El estilo de la escritura de un pagano incita a Agustín a recorrer el itinerario -si bien accidentado- de un creyente.  La palabra que suscita aprensión y que genera entusiasmo coincide con los movimientos del alma y con las peripecias del pensamiento.  La palabra es un medio que permite, como para Agustín, individualizar al artífice del mundo, o abandonarse a la desesperación.  En todo caso permite experiencias liminares a la resignación y al desconsuelo y entre estos dos polos opera para una conciliación, una convención, un acuerdo: para un fundamento, frágil pero exigible, del pensamiento y de la imaginación humanos en el mundo.  La prueba de la verdad que impone o sugiere la palabra implica una razón intrínseca o extrínseca a su misma función: Dios o la naturaleza la dota de una sugestión tal que influye en todos los estadios de la conciencia.

 

Así como Agustín queda maravillado ante la visión de Ambrosio que lee en silencio recorriendo con los ojos las líneas del libro de lectura, también se siente subyugado por la capacidad de la retórica para convencer. El ejercicio de la palabra, en efecto, no tiene una dirección prescriptiva a perseguir, pero no puede sustraerse al empeño de indicarlo como inevitable: decir algo comporta siempre la admisión de una causa o de una razón que la comtempere.  La unidad del decir y la variedad del decir se compendian.  “Si recordamos el resultado del ejercicio de comprension autodidáctica realizado por el joven veintenario, conocemos fácilmente sólo lo que el “convertido” Agustín ha considerado digno de ser comunicado: él deseaba perseguir la “verdad” de la que había hablado Cicerón en tono casi religioso.  “Sabiduría” significaba para él, como para Cicerón, “fortuna”, “relación con lo divino”, “inmortalidad”.  Este concepto de sabiduría no tenía relación alguna con el sentido de la realidad factual de Aristóteles o de los médicos griegos, y tampoco con la fuerza demostrativa y el rigor de los matemáticos griegos.  En Agustín se perdía el “vínculo con la política, vínculo que en toda la obre de Cicerón tenía cierta importancia, la idea de “sabiduría” se relacionaba con la ética, con la nostalgia por la liberación y con la formación cultural del retórico”.  En otros términos, la retórica, que permite discurrir y convencer, se apropia casi sin querer de un espacio cognoscitivo que es virtualmente más amplio que el factual. Surgida por un ejercicio voluntario del jurisconsulto tendiente a condicionar las decisiones del príncipe y a controlar los veredictos de los jueces, confutar su legitimidad conceptual aplicativa remitiendo a las raíces de la lengua, a los fundamentos de la expresión.  “Este ideal de sabiduría se dirigía polémicamente contra la vida cotidiana y enseñaba a Agustín a despreciar la riqueza y el placer de los sentidos.  Sólo la sabiduría podía proporcionar un concepto no equívoco que fuese una guía iluminadora de la vida; ofrecía distanciamiento y autonomía de los eventos ordinarios de la existencia, imponiendo el retiro de lo cotidiano. Prometía estabilidad y seguridad a cambio de la renuncia.  La entera evolución de la vida de Agustín se vería condicionada de ahora en adelante por la incapacidad  para hallar en sí mismo recursos suficientes para realizar este sublime proyecto.”

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