la humanitas: tradición romana + innovación bárbarica=lo nuevo bajo el sol

27 Ene

 

 

LA PRÁCTICA DEL DICTAMEN

 

Del Ius a la Humanitas

 

 

Riccardo  Campa

Grupo Editor Latinoamericano S.R.L.  

Copyright by Riccardo Campa, 1990; Buenos Aires, Argentina 

 

 

 

encuentro del Papa con Atila

Encuentro del Papa con Atila

 

 

 

La búsqueda de la verdad surge -para Agustín- de la sugestión y de la eficacia de las palabras que regulan la conducta humana y la predisponen al logro de determinados objetivos.  Pero precisamente esta disposicion no puede ser confiada, considera Agustín, al cuidado del gobernador político, por prudente y avisado que sea.  El terminal de la acción no es un factor insignificante: el saqueo de Roma (por obra de Alarico en el 410 d.C.) y la invasión de África por los vándalos (430 d.C.) no constituyen sólo dos eventos que concluyen una época e inauguran otra bajo la égida de un regimen jurídico más o menos basado en los criterios de la continuidad.  La acción disruptiva de las poblaciones barbáricas tiene un significado -para Agustín- no sólo catártico, sino también innovador.  El conocimiento se identifica con toda la liturgia que sirva para hacer converger y activar energías dispersas o silenciosas.  La nueva cultura sinérgica  -producto de la tradición romana y de los aportes barbáricos- no puede dirigirse a la exaltación o a la evocación del Estado así como el mundo lo delinea y lo recomienda a la realización de los actores sociales del futuro.  Concluye su ciclo en la órbita del derecho y de las categorías cognoscitivas, de cuño aristotélico, con las cuales se difunde tanto en Oriente como en Occidente.

 

El terminal de la acción humana no se perfila ya con esas características distintivas propias de la ley que interpreta los pensamientos y los propósitos del hombre aun en el teatro de la acción, sino también el circuito, la atmósfera del conocimiento.  Al hombre se le exige una doble ciudadanía para poder redimirse de la miserable contradicción a la cual se abandona eludiendo las responsabilidades individuales y colectivas.  La ataraxia, en la nueva versión, no es una crisis nerviosa, sino un vaniloquio del hombre con la propia imaginación.  Sobre la base de una experiencia ensombrecida por acontecimientos catastróficos y prodigiosos a la vez, Agustín se identifica con una realidad que se fortalece en la historia pero no se agota en ella.  El piensa que los hechos que determinan el curso de la historia tienen un significado contingente -por otra parte ineludible- y un significado simbólico, que remite al Hacedor del Universo, al Regulador de todo cuanto sucede en el tiempo.  En efecto, para Agustín, Dios se indentifica con la idea del tiempo, con esa atmósfera imponderable que la imaginación y o la memoria humanas no logran contener en un ámbito que no sea conjeturable, es decir que no remita continuamente a otros ámbitos, difícilmente discernibles y homologables con el simple auxilio del buen sentido.  La relación dialéctica entre naturaleza y razón y entre sabiduría y fortuna comporta un doble modo de entender la condición humana:  o a la manera estoica, fundada sobre la estrategia individual, y por lo tanto sin esperanza, o a la manera cristiana, fundada sobre la compasión, sobre la posibilidad de las criaturas de identificarse con el diseño de Dios y de contribuir a realizarlos con su ayuda.  La confianza de las criaturas en Dios sustituye, en los cristianos como Agustín, la fe del hombre en sus propias capacidades de aprendizaje.  La coherencia del cristiano es por así decir más implacable porque está menos condicionada por los eventos (por los accidentes); la cognición de la realidad por parte de los estoicos implica el discernimiento y por ende un empeño de la voluntad que es algo más que un ejercicio o una disciplina.  El estoicismo confía en la naturaleza porque la considera una interlocutora capaz de condicionar a los individuos pero también remisiva frente a las pruebas de fuerza que los mismos con frecuencia la inducen a soportar en el intento de salvaguardar un amor propio limitado en el tiempo y por las circunstancias.

 

La misma preparación cultural, impartida por las escuelas helenísticas como el estoicismo y el empirismo, y fundada sobre las artes liberales, parece justificarse con la ilusión del dominio de sí mismo como prerrogativa del hombre racional.  La sabiduría constituye por lo tanto el resultado de un empeño civil que está hecho de renuncias estratégicas, de penetraciones tácitas, tendientes a domar la naturaleza, que es de por sí rebelde, conflictiva e imprevisible.  Las filosofías de la razón como instrumento de conducta, brújula de salvación entre las oleadas de la existencia, suscitan al mismo tiempo la aprensión y la tranquilidad de ánimo: la figura que trae a la mente el estoico o el epicúreo es el observador del mar en tempestad que imagina el naufragio lejano y goza por la constatación de estar en la ribera, de estar a salvo.  El cristiano, por el contrario, está siempre en tumulto y se reprocha no estar a la altura de las circunstancias, no estar pronto, no estar preparado para todas las pruebas a las cuales puede ser sometido como testigo y actor de hechos que no siempre se realizan para glorificar a Dios.  Pero el cristiano tiene menos pretensiones que el estoico o el epicúreo de poder responder adecuadamente a los desafíos de la experiencia, que no considera concluida en sí misma.  El piensa en una vicisitud que lo precede y lo supera y en la cual puede actuar de conformidad con su convencimiento, puede pecar y redimirse; su trayectoria es más amplia que la de un pagano pero también menos coherente.  La condición cristiana colma de incertidumbres al hombre de la acción, que se aventura en una empresa que considera salvaguardada desde lo Alto.  Si no fuera por ese sentimiento de habilitación, de gran confianza en la creación, el hombre moderno no podría desafiar al tiempo y a los espacios inéditos, no podría investigar la naturaleza y captar su sentido, si bien en la medida problemática e imperfecta en la cual se determinan las convicciones humanas.  Naturalmente, entre uno y otro estadio de la convicción se puede hallar una relación, un vínculo más condicional de cuanto pueda parecer en una pespectiva de gran alcance.  “Estoica es la concepción agustiniana del saber.  Según la doctrina estoica, que Agustín comparte, para el saber no es suficiente el hecho de que el sabio comprenda las cosas; es preciso que el saber consista en cosas comprendidas de tal modo que en ellas nadie pueda errar.  De origen estoico es también la concentración de la dialéctica sobre la validez de las proposiciones condicionales.  Por otra parte, Agustín ha criticado al menos en parte la lógica estoica.  El explica la fuerza persuasiva del escepticismo como una reacción comprensible al dogmatismo de los estoicos.  Pero ello no le impedía a Agustín adherir a la tesis del estoico Zenón, según la cual lo verdadero no tiene nada en común con lo falso, y que por lo tanto puede ser claramente separado”.  La función del asentamiento de la conciencia justifica la adhesión de Agustín a la concepción estoica…

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