persecuciones budistas (III): relaciones Estado/Religión en la antigua China

16 Feb

 

 

EL BUDISMO CHINO

 

Daisaku Ikeda

Emecé Editores, S.A. Buenos Aires, 1993. Trad. de Paula Tizzano de Hornos

 

 

Buda en China: la piedra permanece

Buda en China: la piedra permanece

 

 

 

 Al menos en el caso de las persecuciones anteriores, uno se siente pasmado por el vigor y la intensidad con que la religión se recuperó, tras el levantamiento de lasmedidas represivas.  Esto sugiere dque el budismo había extendido sus raíces profundamente entre la sociedad china.  Por ejemplo, esaminemos la persecución perpetrada por el emperador T’ai-wu de la dinastía Wei del Norte.  Este soberano falleció en 452, y en el décimo mes de dicho año, el emperador Wen-cheng subió al trono.  Poco tiempo después, comenzó a emitir decretos para acelerar la reconstrucción religiosa.  Por lo tanto, los miembros del clero budista que se habín ocultado en todo el país entre las filas del pueblo, durante los siete años de proscripción, se lanzaron fervientemente a reconstruir la estructura religiosa.  Como resultado de su labor, en los últimos años de la dinastía Wei del Norte había dos millones de monjes y monjas en el país, y más de treinta mil templos y monasterios.

 

Tras la promulgación del edicto que alentaba la restauración budista, la dinastía Wei septentrional inició las obras en las célebres imagenes de piedra de las grutas de Yüan-kang, cerca de la capital de Ta-t’ung, en Shensi, que hoy siguen destacándose entre las obras más extraordinarias de la escultura china budista.  La idea de tallar las imagenes fue acuñada por el eminente monje T’an-yao, quien se desempeñaba como supervisor clerical y quien solicitó la autorización para iniciar las obras al emperador Wen-ch’eng.  El proyecto fue llevado a cabo con el patrocinio del gobierno, y fue muestra del favor imperial hacia la religión budista. T’an-yao había presenciado la fácil destrucción de las imagenes de madera y metal durante las hostilidades recientes, de modo que quería lograr imagenes en piedra, que resistiesen cualquier agresión futura, para asegurar que al pueblo nunca le faltasen representaciones del Buda.  La meticulosidad con que el emperador T’ai-wu había emprendido su persecución al budismo tal vez haya infundido en T’an-yao y otros prelados el temor de que esa religión se viese expuesta al peligro de exterminio en todo el territorio de la China.  Recordemos que, alrededor de esta época, comenzó a imponerse la idea de que el budismo chino estaba ingresando en el Último Día de la Ley. En este período, se realizaron esculturas en cavernas, a lo largo de diversas regiones de la China, bajo influencia del arte budista de la India y del Asia Central.  Las célebres grutas de Tun-huang, en Kansu, adornadas de incontables estatuas y murales, ya se encontraban en proceso de construcción.  Cuando la capital de la dinastía Wei del Norte se trasladó de T’a-t’ung a Lo-yang, en 494, habían comenzado las obras en una serie de esculturas rupestres en Lung-men, al sur de la nueva capital.  Aunque parece ser que la escultura en piedra era una práctica acostumbrada en esos días, uno siente que las esculturas budistas de Yüan-kang fueron, en esencia, manifestación del ardiente fervor religioso que despertó tras la persecución del emperador T’ai-wu.

 

La segunda gran persecución, desatada por el emperador Wu de la dinastía Chou del Norte, sobrevino luego de una etapa de resurgimiento religioso.  La dinastía Sui, una vez concluído el regimen Chou en 581 y unificada la China bajo su control, comenzó a promulgar edictos para alentar el desarrollo del budismo y del taoísmo.  El emperador Wen de la dinastía Sui fue un hombre de intenso fervor religioso, que promovió activamente las enseñanzas de T’ien-t’ai al sur de la China mientras ejecutó medidas para que, también en la region septentrional, el budismo recuperara su auge perdido.  Parecería que el florecimiento intenso que experimentó durante las dinastías Sui y T’ang se remonta a las persecuciones budistas de la dinastía Chou del Norte.  A partir de ese período de opresión, el budismo se alzó con renovado vigor y dedicación y recuperó su apogeo.  Nadie puede justificar, bajo ningún pretexto, los regimenes opresivos que destruyen el arte y las propiedades religiosas y que obliga a creyentes a ocultarse o abandonar su fe.  Pero tampoco nadie duda de que estas persecuciones sirven, involuntariamente, para despertar en los devotos una nueva conciencia del valor de sus creencias.  Como vimos en el caso de las persecuciones budistas en la China, muchos creyentes se sienten inspirados a desafiar al opresor y luchar para defender su fe.  Cuando las hostilidades terminan, se consagran a restaurar el brillo de sus creencias con renovado tesón.  La epopeya de las persecuciones budistas en la China demuestra otro hecho importante sobre el budismo en este país:  que nunca pudo confiar en una ayuda o patrocinio continuados de parte de los círculos oficiales para propagar sus enseñanzas.  Desde las primeras épocas, los emperadores chinos ejercieron una autoridad prácticamente absoluta en su régimen.  Algunos de ellos fueron budistas, pero sus íntimas convicciones religiosas no fueron más que una faceta de su vida.  En ningún caso intentaron utilizar plenamente sus facultades monárquicas para promover la difusión de las enseñanzas budistas.  En este sentido, contrastan con muchos soberanos de la Cristiandad que, en Europa asumieron una misión como propagadores y defensores de su fe.  En la China, el budismo se difundió entre el pueblo, a raíz del esfuerzo desplegado por el clero y los creyentes de cada lugar, a veces, con aprobación de las autoridades, a veces, sin ella.  En verdad, probablemente el círculo reiterado de opresiones oficiales seguidas de etapas de aprobación hayan hecho que la creencia se diseminara desde la zona capital hasta las provincias aledañas y que se afirmara en el pueblo con tal tenacidad.  Las dos principales persecuciones, durante las dinastías Wei septentrional y Chou septentrional, así como otros incidentes menores de hostigamiento, más las frecuentes guerras y perturbaciones políticas de la época, tuvieron el efecto de interferir en los centros budistas del norte y de generar una propagación hacia el sur del Yangtzé, hacia el oeste, en dirección a Szechwan, y hacia otras provincias occidentales.

 

Si bien la China del norte sufrió períodos de persecución que forzaron a la grey a huir en busca e subsistencia, durante este tiempo la región sur fue campo propicio para el desarrollo del budismo.  Las sucesivas dinastías que gobernaron la zona meridional, acaso por su debilidad política, no intentaron ningún hostigamiento oficial contra el budismo, aunque la religión se vio sometida frecuentemente a ataques de corte polémico.  Por el contrario, en este período, la historia presenció el surgimiento de uno de los patronos imperiales más destacados de la China: el emperador Wu de la dinastía Liang.  Este monarca, que reinó entre el 502 y el 549 e.C, fue entusiasta seguidor del budismo y adoptó varias medidas para alentar la construcción de templos y difundir las enseñanzas.  Pero este generoso mecenazgo no siempre fue beneficioso para la religión, pues por momentos pemitió abusos de parte de figuras religiosas de la época.  Además, el ardor budista del emperador Wu lo llevó, en 517, a ordenar la abolición de todos los templos taoístas y el retorno forzado a la vida laica de todos los sacerdotes de esta religión.  Esta medida, naturalmente, sólo sirvió para acentuar la enemistad entre las dos creencias rivales y muchos clérigos taoístas tuvieron que huir al norte en busca de seguridad.  En ciertas formas insidiosas, el favor imperial puede ser tan peligroso para la salud del budismo como las persecuciones.  Por fin, el único desarrollo sano que puede tener una religión es el que proviene del fervor de sus propios creyentes y seguidores entre el pueblo.  Ya sea a pesar de la persecución o a causa de ella, no hay duda de que el budismo perduró en la China y adquirió una sólida raíz en la vida y la sociedad de la nación en mayor medida que ningún otro credo o sistema de pensamiento extranjero que se haya introducido en el territorio durante los tres mil años de su larga historia cultural.  En una u otra ocasión, también ingresaron en el país el nestorianismo, el zoroastrismo, el islamismo y las enseñanzas protestantes y ortodoxas del cristianismo.  Pero ninguna tuvo un efecto tan grande o duradero en la vida y el pensamiento chinos como el budismo.  En este sentido, también es único.

 

 

 

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