¿Cuál es el origen de la Humanidad?: la astucia, responde Hesíodo

8 Mar

 

Mitología General

publicada bajo la dirección de

Félix Guirand

 Traducción y prefacio de Pedro Pericay

 Editorial Labor S.A.  Barcelona; 1965

 

 

Prometeo entrega el fuego a los hombres; autor desconocido

Prometeo entrega el fuego a los hombres; autor desconocido

 

 

 

La derrota de Tifeo aseguró definitivamente la supremacía de Zeus.  En adelante, ningún adversario de altura había de atreverse a medir sus fuerzas con este dios, vencedor de las potencias malignas.  Su hegemonía, consolidada por un triple triunfo, no había de verse seriamente perturbada, y, entre los Olímpicos, Zeus conservaría su puesto de señor indiscutible de los dioses y de los hombres. Según Hesíodo, el titán Jápeto había tenido cuatro hijos con la oceánida Clímene (con Temis, según Esquilo).  Dos de ellos, Menecio y Atlante, sin duda por haber participado en la rebelión de los Titanes, fueron castigados por Zeus.  A Menecio lo sumergió en el Erebo, por “su maldad y audacia sin límites”.  Atlante fue condenado a permanecer de pie ante las Hespérides, en los confines del Mundo, y a soportar sobre sus hombros lá bóveda celeste.  Los otros dos, Prometeo (“el Previsor”) y Epimeteo (“el que reflexiona una vez efectuado un hecho”), tuvieron diferentes destinos y desempeñaron un importante papel en la legendaria historia de los orígenes de la Humanidad.

 

Frente a la fuerza soberana de los Olimpicos, Prometeo tenía una sola arma: la astucia.  Al rebelarse los Titanes, guardó una prudente neutralidad, y se inclinó de lado de Zeus cuando la lucha pareció que iba a decidirse en favor de éste. Por eso fue admitido en el Olimpo y recibió trato familiar de los inmortales.  Pero en el fondo de su corazón anidaba un sordo rencor contra los que habían destruído su estirpe, y resolvió vengarse ayudando a los hombres en perjuicio de los dioses.  Sin embargo, otros eran los motivos de interés para con los humanos.  Una tradición, ciertamente tardía, presentaba a Prometeo como creador de la raza humana.  Con barro y agua -alguien afirmaba que con sus propias lágrimas- habría formado el cuerpo del primer hombre, al que Atenea le infundiría el alma y la vida misma.  Pausanias pudo ver en Panopeo de Fócide trozos de barro endurecido que olían a piel humana, y que, manifiestamente, eran residuos del limo empleado por Prometeo.  Pero esta “creación”, al parecer, se refería sólo a la raza humana posterior al diluvio.  En efecto, era corriente atribuír a los hombres un origen más antiguo y también más noble.  “Hombres y dioses –decía Píndarosomos de la misma familia.  Debemos la vida a una misma madre”.  Por eso, los primeros hombres, contemporáneos de Crono, gozaban de completa felicidad.  Era la Edad de Oro “Vivían como dioses, dice Hesíodo, libres de inquietudes y fatigas; la vejez cruel no los afligía, y se regocijaban entre festines”. No participaban de la inmortalidad, pero, al menos, “morían como encadenados por un dulce sueño”.  “Poseían toda clase de bienes; la tierra fecunda les dispensaba por sí misma tesoros en abundancia”.  Al morir, los hombres de la Edad de Oro se convertían en genios benéficos, “protectores y guardianes tutelares de los mortales”.

 

A la Edad de Oro siguió la Edad de Plata, representada por una raza de seres débiles e ineptos, cuya vida no era sino una infancia prolongada.  Cuando llegaban a los límites de la pubertad, morían casi al instante, víctimas de su ineptitud y su impiedad.  Los hombres de la Edad de Bronce, robustos como fresnos sólo encontraban placer en las injurias y en los trabajos, de Ares “Su corazón, insensible a la piedad, tenía la dureza del acero; nada podía domeñar su fuerza; sus brazos eran invencibles”.  Acabaron matándose entre sí.  Sin embargo, a esta generación se debe el descubrimiento de los primeros metales y los primeros balbuceos de la civilización.  Después de la Edad de Bronce, venía según Hesíodo, la Edad Heroica.  La llenaban los valerosos guerreros que combatieron ante Tebas y bajo las murallas de Troya.  Pero lo corriente era poner a continuación de la Edad de Bronce la Edad de Hierro, la de los hombres actuales, edad de miserias y crímenes “en que no se respeta ni la fe de los juramentos, ni la justicia, ni la virtud”.  Veamos ahora qué explicación se daba a esta progresiva decadencia de la Humanidad.

 

Durante el reinado de Crono hubo acuerdo entre dioses y hombres.  “Entonces, cuenta Hesíodo, las comidas se hacían en común, y comunes eran también las asambleas entre los inmortales y los humanos”.  Con el advenimiento de los Olímpicos cambió todo.  Zeus pretendió imponer a los hombres su supremacía divina.  En Mecone, la futura Sición, celebróse una reunión de dioses y hombres con objeto de determinar la parte que correspondía a los dioses de las víctimas ofrecidas en sacrificio.  Encargado de la distribución en porciones, Prometeo puso ante su vista un buey enorme, que había dividido de intento.  “Por un lado, cubrió con la piel la carne, los intestinos y las partes más grasas; por otro, dispuso con pérfida destreza los huesos mondos, que cubrió con luciente grasa,”  Zeus, invitado a elegir en primer lugar, tomó el segundo lote, “pero montó en cólera cuando, tras apartar la grasa de brillante blancura, vio los huesos blandos del animal”.  Presa de ira, retiró el fuego inextinguible a los hombres infortunados que viven sobre la Tierra.  Pero el astuto Prometeo se trasladó a la Isla de Lemnos, donde Hefesto tenía su fragua, y robó una partícula del fuego divino, que encerró en una caña y la trajo a los humanos.  Según otra versión, habría encendido su antorcha en la rueda del Sol.  Indignado por este robo, Zeus envió una nueva calamidad a los hombres.  Ordenó a Hefesto “que formase un cuerpo con barro amasado en agua, que le infundiese fuerza vital, lo dotase de voz humana y lo convirtiese en una virgen, cuya deslumbradora belleza pudiese equipararse a la de las diosas inmortales”. Todas las divinidades colmaron de regalos a esta nueva criatura, que con tal motivo fue llamada Pandora (“todo regalo”).  Sin embargo, Hermes encerró en su corazón la perfidia y las palabras engañosas.  Con estos dones, Zeus la envió como presente a Epimeteo.  Aunque su hermano Prometeo le había encargado que no aceptase nada del dueño del Olimpo, el imprudente Epimeteo, seducido por la belleza de Pandora, acogió a éste entre los humanos.  Esta imprudencia fue fatal, pues Pandora, que llevaba en sus manos un gran vaso, levantó la tapa que lo cubría y al punto se difundieron por la Tierra los terribles males que aquél encerraba. Únicamente la Esperanza quedó detenida en los bordes del vaso y no echó a volar.  De este modo, con la primera mujer, la desgracia apareció sobre la Tierra.  Sin embargo, la ira de Zeus no cedió.  Para apagar su resentimiento, el dios resolvió aniquilar a la Humanidad, sepuntándola bajo las aguas de un diluvio.  Pero también esta vez se mantuvo vigilante Prometeo y puso en guardia a su hijo Deucalión, que reinaba entonces en Tesalia con su esposa Pirra, hija de Epimeteo y Pandora.  Siguiendo el consejo de su padre, Deucalión construyó una embarcación y se encerró en ella con su mujer.  Navegaron por espacio de nueve días y nueve noches.  El décimo día cesó de llover y los dos supervivientes pudieron desembarcar en la cima del Otris o del Parnaso.  Deucalión ofreció un sacrificio a Zeus Fixio (protector de los fugitivos), y el dios, apiadado, le prometió acoger favorablemente su primer deseo.  Entonces, Deucalión le pidió que concediera una nueva vida a la raza humana…

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