la Urbs es, en efecto, una ciudad ideal…

26 Mar

 

LA PRÁCTICA DEL DICTAMEN

 Del Ius a la Humanitas

 

 

Riccardo  Campa

Grupo Editor Latinoamericano S.R.L.  

Copyright by Riccardo Campa, 1990; Buenos Aires, Argentina

 

 

Roma en tiempos de Augusto. Heinrich Kiepert (1818-1899)

Roma en tiempos de Augusto. Heinrich Kiepert (1818-1899)

 

 

La Génesis del Ius

 

La tendencia a homologar los espacios en una misma temperie histórica, que designe si bien aproximadamente el denominado mundo romano, se justifica con el expediente dialéctico con el cual se propone el ciudadano romano como actor de esa colosal empresa de transformación del pensamiento y de la acción que se distingue por un arco temporal de más de trece siglos.  “Tiempo: a lo largo de los mil trescientos años que representan la duración mínima de la historia romana (otras periodizaciones más amplias son igualmente proponibles) ¿cómo puede hablarse de un hombre romano sustancialmente igual a sí mismo de la ciudad de los tarquinos a la de Augusto o de Teodosio el Grande?.  Espacio: las dislocaciones geográficas de un imperio muy pronto “supranacional” componen el núcleo de culturas y de tipos humanos, mientras el carácter unificador de la cultura grecorromana y las valencias cambiantes de la humanitas de los estratos dirigentes se implantan como mancha de leopardo, siguiendo la urdimbre punteada del urbanismo y de las áreas directamente controladas por la ciudad”.  La amplitud del escenario social impone la superación de los confines étnicos, la estrechez de la identificación excéntrica y esquemática.  Las gentes de los espacios abiertos quedan excluídas -aún después del edicto de Caracalla del 212 d.C., relativo a la concesión generalizada de la ciudadanía romana- de la tipología tendencialmente ciudadana (y por ende móvil y perentoria al mismo tiempo).  La urbanitas, que contrasta la barbarie, constituye a su vez un peligro, que es propio de la ajenidad de las costumbres urbanas respecto de las campesinas, que no son inciviles por ser lejanas de las innovaciones urbanas sino porque se alejan de las virtudes tradicionales en sentido alegórico e imaginativo.  En otros términos, la cultura romana halla su propulsión natural en el campo pero la ennoblece en la ciudad: la tradición tiene una importancia determinante a los fines de la renovacíón pero no puede ser ni reductiva ni aflictiva de la misma.

 

La importancia de la cultura romana reside en el volumen (casi ciclópeo) de las modificaciones planetarias que se efectúan en el arco voltaico del campo y de la ciudad, de la cultura agreste y de la cultura urbana, según una escala propulsiva en condiciones de asimilar a la idea de la   todas las regiones del planeta.  La ciudadanía extensiva permite idealizar el centro de gravedad de la ósmosis propulsiva, el eje de ese inmenso cúmulo de eventos que modifican la naturaleza  del hombre proponiéndose como naturaleza modificada por el hombre.  La Urbs exalta y degrada al actor social según se adecue o se desvíe de la acción edificante que comporta el tránsito del campo a la ciudad.  La máscara, que connota la farsa como género de representación escénica, se identifica casi siempre con el epitafio del hombre anquilosado en sus hábitos y en sus covencimientos: el desafío, que él puede aceptar o no de la ciudad desde la cual le es lanzado, consiste en el atractivo de las nuevas virtudes civiles que se plasman sobre las antiguas, inveteradas de un modo de ser próximo al de los bárbaros extra moenia.  La Urbs es, en efecto, una ciudad ideal, de la cual todos pueden formar parte a condición de que participen en hacerla emblemática (en el bien y en el mal).  La oliganthropia y la clientela son las categorías con las cuales se consolida la trama de la ciudadanía romana: liberal al conceder el beneficio de la participatividad institucional a los individuos, la Urbs es menos propensa a la generalización cuando se trata de nuevas comunidades a transformar en nuevas tribus, electoralmente habilitadas para decidir en las suertes de las instituciones.  La red de las parentelas y de las clientelas está sostenida por un fin en ciertos sentidos noble y edificante: sirve de contrafuerte a todas esas tentativas de desestabilización política que, sobre todo en la periferia, tienden a modificar el ordenamiento según una concepción reductiva y (a excepción del cristianismo) a menudo también retrógrada.  “No existe distinción, en Roma”, escribe Claude Nicolet “dentro del pueblo, entre algunos que gozarían del derecho de ciudadanía y otros que estarían desprovistos de ella.  La ciudad romana, en línea de principio, es unitaria.  ¿Estaríamos entonces en presencia de una sorprendente anticipación de la situación (teórica) de los Estados modernos, surgidos de los “principios” de 1789, en los cuales nacionalidad y ciudadanía concuerdan casi perfectamente, y en los cuales la entera población, sin otras restricciones sino la edad y el sexo, goza, en línea de principio, del mismo derecho civil, está regulada por el mismo derecho criminal y participa igualmente en los derechos políticos?.  Algunos lo han sostenido, de manera tanto más legítima desde el momento en que… los fundadores de las libertades modernas (entre otros, los jacobinos franceses)  partían a la reconquiesta de una antigüedad perdida”.  La influencia ejercida por el pasado sobre el mundo moderno es reconducible a expresiones paradigmáticas más que a dimensiones cuantitativamente relevantes.  El mundo romano no constituye ciertamente la evocación de la angustia aunque su circuito representativo -su volumen institucional- es proporcional si no decisivamente subordinado a las vicisitudes que van de la aldea del Lacio a la capital de un imperio que cubre más de un tercio de las tierras conocidas y por lo tanto más de un tercio de la población del mundo.

 

El pasaje de una fase del consorcio a la fase de la asamblea signa el nivel de la participación política y del ejercicio de los poderes del ciudadano en un ordenamiento que lo considera, si bien con todas las limitaciones censatarias propias de la Urbs, un protagonista y un promotor de efectos jurídicamente en expansión.  El hecho de que los ciudadanos romanos se reúnan en dos asambleas diferentes para deliberar sobre determinados argumentos no desmerece la función colectiva de las mismas.  La gravitas de las riquezas influyen en la decisionalidad política al punto de repartir los recursos económicos según una escala de funciones que constituyen el cursus honorum, la sublimación de la desigualdad debida a la actividad de lo ggrupos y de las redes parentales de los ciudadanos (de diverso título) romanos.  Los contiones -de carácter no tan vagamente sedicioso- son las reuniones en las cuales los ciudadanos se informan y discurren sobre la cosa pública aunque tal inferencia sobre la misma no es directa y algunas veces incluso es ineficaz.  Pero es precisamente la ineficacia de los contiones lo que provoca o el desaliento -el desinterés- de los  participantes o la adversión (el conatus) de los mismos ante hechos o procedimientos que discriminan los derechos fundamentales conexos con la ciudadanía.  Los conatos de multitud, los coetus, pueden perturbar el asociacionismo tribal y censatario hasta hacerlo más sensible a los humores de los grupos menos privilegiados, marginados o emergentes.  El derecho a asociarse se delinea por lo tanto como una defensa de los derechos que, sancionados por la norma, en la práctica son desatendidos por la influencia determinante sobre las decisiones políticas de los denominados grupos de presión.  La comunicación comicial, por razones de necesidad y de oportunidad, si bien intermintente entre las masas y la clase política, permite que la democracia se manifieste como correctivo de la oligarquía como deterrent respecto de un uso poco criterioso y sectorial del poder político.  La democracia constituye el escenario abierto sobre el cual se dispersan las máscaras de ese “teatro de sombras” que representa el regimen oligarquico.  La debatida conciencia del individuo está sostenida por la precariedad de las resoluciones y por la consistencia (genética) de las covenciones, de las tradiciones.  La democracia se apoya más en las garantías rituales que en las formales impuestas por la conveniencia de los gobernantes de turno…

 

 

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