los novelistas modernos: ¡escándalo en Petibonia!

29 Mar
¡Suerte que mi esposo es comprensivo con mis prioridades literarias!

¡Suerte que mi esposo es comprensivo con las prioridades literarias!

 

 

 

               Eugenio Cambacèrés (o Cambaceres, como lo hemos llamado siempre los argentinos, modificando la prosodia de su patronímico) nació en Buenos Aires el año 1843 y falleció en París el año 1888.  A pesar de tan breve vida, Eugenio Cambaceres ha dejado intenso recuerdo de su nombre en las tradiciones de la sociedad porteña y de las letras nacionales.  Debe esta fama póstuma -simple eco de la que en vida disfrutó- al ingenio con que amenizó sus charlas en el mundo, y a su prosa en cuatro libros por los cuales se lo condiera como uno de los fundadores de la novela argentina.  Su biografía, antes de 1880, se diferencia poco de la de otros escritores de su generación cuya vida ya he contado; estudió en el Colegio Nacional de Buenos Aires; graduóse de abogado en nuestra Facultad de Derecho; militó en política; fue legislador en las cámaras de la provincia y diputado en el Congreso de la Nación; frecuentó el comité democrático y el club elegante; viajó por Europa, y en París estaba cuando falleció.  Como se ve por esos grandes rasgos, era un porteño representativo, de los de su época, a lo Miguel Cané, y para serlo del todo no le faltó ni aquella nativa plasticidad que lo hacía moverse como en su propia atmósfera, lo mismo en el bufete que en el salón, en la bolsa que en el parlamento, en la estancia pampeana que en el hotel internacional.  Agudo observador y conversador chispeante, penetraba en el alma de su interlocutor al propio tiempo que lo distraía con su charla.  Su variada experiencia de ambientes urbanos o rurales y de tipos plebeyos o aristocráticos, es lo que llevó a las páginas realistas de sus novelas, proviniendo de ahí la mayor parte de su éxito como escritor.

 

Si por sus grandes líneas la biografía de Eugenio Cambaceres se parece a la de otros porteños comtemporáneos, mirada su vida de más cerca ofrece detalles de carácter personalísimo.  Así, por ejemplo, desde joven señalóse por la vehemencia de sus sentimientos, y la temeridad de sus convicciones.  Abrazó con estusiasmo las ideas liberales, y elegido mienbro de la Convención de Buenos Aires pra la reforma de la Constitución provincial, propuso con audacia y sostuvo con calor la separación de la Iglesia y el Estado, tema escabroso entonces, que él fue el primero en propiciar, ante el asombro de la mayoría.  Del propio modo en la Cámara de diputados sobresaltó la cautela de muchos amigos suyos al denunciar los fraudes electorales de 1874, causa inmediata de la revolución de septiembre.  Quizá por su franqueza no prosperó en política, y se alejó de la arena partidaria para cultivar las letras.  Llevó a la novela ese mismo espíritu de independencia, de osadía; penetró en aquella zona de las constumbres que la hipocresía social manda tener velada; pintó lo instintivo y lo grotesco tal como lo veía en su modelo real.  Por todo ello, la publicación de cada uno de sus libros resultó un escándalo en nuestro medio todavía aldeano.  Son esos libros: Pot-pourri, Música sentimental, Sin rumbo y En la sangre, cuatro novelas de diverso mérito en cuanto a la composición y al estilo, pero de igual fortuna en cuanto a la discusíón y la venta que lograron.  Pot-pourri y Música sentimental fueron publicadas con el subtítulo de Silbidos de un vago, que parece indicar lo impreciso del plan, y a Sin rumbo lo clasificó de “estudio”, aunque por su factura es como En la sangre, una verdadera novela.  Esta última obra salió a luz en folletines de Sud América, periódico que sostenía la política del presidente Juárez Celman.  La aparición de En la sangre fue la consagración de Cambaceres como novelista.  Antes había entrado en este campo tímidamente, encubierto a veces bajo el seudónimo de “Lorenzo Díaz”, o simplemente bajo el anónimo como lo hizo con Pot-pourri, y aunque ésta y Música sentimental obtuvieron tres ediciones consecutivas, y Sin rumbo cuatro, en pocos años, la crítica, en un comienzo, mostróse acerba con el autor.  Dijo de Silbidos de un vago que era una simple crónica con clave de escándalo en las alusiones locales, y de toda la obra de Cambaceres (a quien se negaba facultades de novelista) dijo que debía su éxito a las salsas picantes de la pornografía.  Martín García Mérou publicó en 1885 un artículo intitulado Las novelas de Cambaceres y osó defender al ecritor combatido.  En ese artículo del crítico porteño hallo observaciones que deseo trancribir porque dan noticia sobre aquel episodio de nuestra historia literaria.  “Cambaceres ha tenido que luchar secretamente con el pequeño gremio literario, herido en el auge de sus novelas”, -dice García Mérou-.  Era el autor un “advenedizo que no había pasado por la iniciación sagrada, recibiendo el humo del incienso de los gacetilleros amigos”, y sus obras eran “pasajero capricho de los ocios de un mundano”.  Algunos de sus comentadores fingieron desdén por el artista; como a uno le hubieran preguntado qué le parecía Música sentimental, la definió: “Un water-closet tapizado de telas de Persia”.  Otros se cuidaban menos de parecer ingeniosos y descubrían su rencor por el afortunado novelista “que buscaba en la diatriba una veta inagotable”, “cortesano de las bajas pasiones de la humanidad”, “fabricante de escritos afrodisíacos”,  “outlaw que combate todas las creencias e insulta las virtudes”.  Por estas frases podemos imaginar cuántas eran las pasiones que Cambaceres despertaba.  En el cenáculo literario zaherían al improvisado escritor los rencorosos del éxito; en el seno de los hogares se lo leía a hurtadillas; en el club se lo deprimía y elogiaba.  Durante varios años, después del ’80, Cambaceres fue un tema de actualidad; Silbidos de un vago señalan el primer éxito editorial que una novela haya obtenido en Buenos Aires.

 

Fue, pues, García Mérou quien salió a la palestra para defender al escritor; confesó haber leído Pot-pourri lejos del país, sin sospechar que el libro tuviese “clave”, y sintió movida su simparía literaria en favor del autor:  “Hay una personalidad que se impone por su propia naturaleza” -decía-: “hay un estilo especial, un vocabulario nuevo, un plan fantástico si se quiere, pero de ningunamanera vulgar”; “su mérito consiste en la pintura exacta de la realidad”; “Cambaceres, en suma, es una personalidad literaria original y dotada de mérito propio”.  ¡Cuánta originalidad -exclama el crítico- la de ese libro tan profundamente humano (Sin rumbo), tan vivido, escrito con un derroche tan continuo de paradojas humorìsticas y reflexiones bizarras!.  ¡Cómo se ve desfilar la sociedad, la política, la prensa, la vida que palpita a nuestro alrededor y que él reproduce como un daguerrotipo implacable!.  Se dirá que es cruel, algunas veces; que ante los ojos de su imaginacion todos los objetos se deforman y afean.  No lo culpemos demasiado; no olvidemos que todo verdadero observador carece de piedad”.  De ese juicio pasaba García Mérou a observaciones sobre el aealismo estético y la pornografía literaria, diferenciando lo que hay de noble en el arte libre de un Rabelais, de un Zola, de un Daudet, y lo que hay de innoble en el arte libertino de un Petronio, de un barón de Faublas, de un marqués de Sade, y en toda esa lectura clandestina de rameras y adolescentes,  de reblandecidos y de encanallados.  No era este último, seguramente, el caso de nuestro Cambaceres, y sin emular ni de lejos con aquellos otros maestros del naturalismo genial, es en ellos, sin duda, donde ha de buscarse su filiación.  Las novelas de Cambaceres fueron los primeros libros que osaron pintar la vida de los instintos tal como aparecen en el color local de nuestro ambiente, y de ahí provino el escándalo.  El autor poseía sensibilidad, fuerza y audacia; él mismo era quizá un instintivo,  a la vez que un observador despiadado, capaz de gozarse en la descripción de lo ridículo y de lo brutal.  Como escritor carecía de arte reflexivo, de ahí que sus novelas faltara orden en los desarrollos y delicadeza en el estilo, aunque la garra del talento espontáneo supliera a la conciencia técnica con trazos vigorosos, como el aguafuerte, en ciertas estampas y retratos.  Hijo de padres franceses, poseía Cambaceres, además de esa afinidad hereditaria con la cultura europea, el idioma francés aprendido de niño; la novela francesa del siglo XIX le era familiar; a la sugestión de ella y de la escuela naturalista debió no poco su vocación.  El progreso que en la composicion de sus novelas se advierte, desde los “vagos silbidos” del Pot-pourri hasta los acordes más firmes de su último libro (En la sangre. 1887), publicado en vísperas de su muerte, y el prematuro fin del a utor que apenas contaba cuarenta y cinco años cuando falleció, inducen a pensar que Eugenio Cambaceres se hubiera superado con el andar del tiempo, ya desfogada la juvenil audacia y adiestrada la mano del prosista en los primeros ensayos.

 

Treinta y dos años han corrido desde entonces, y no sé que el el último cuarto de siglo haya sido reeditada ninguna de estas novelas.  Semejante olvido de la obra contrasta con el recuerdo tradicional en que sobrevivie el nombre del autor.  Esto deja entrever que hubo mucho de ocasioanal en el éxito de aquello slibros: la posición social de Cambaceres, los odios y simpatías que suscitaban su liberalismo y su carácter, la índole realista y local de sus argumentos, la clave de sus alusiones personales, la novedad del género, la sencillez del estilo, lo picante de algunas descripciones.  Todo ello debió ser pábulo para las hablillas de imprenta y de club, según entonces se hacían y deshacían las reputaciones en “la gran aldea”.  Harto han cambiado ya las cosas de Buenos Aires y cuando el historiador de la literatura argentina, después de haber emplazado al noverlista en el ambiente de su época, desea juzgar sus novelas en el ambiente de nuestros días, ve que esa obra ha sido enormenete superada por la que ha venido después.  A pesar de ello, si un editor actual diera a luz nuevamente los cuatro libros de Eugenio Cambaceres, éstos hallarían imprevistos lectores, y los elogios de cuarenta ños atrás volverían a ser pronunciados.  Sometida la obra a esta nueva prueba de la lectura popular y de la crítica ilustrada -libres ambas de la antigua aparcería- yo estoy seguro de que Sin rumbo (la novela publicada por Lajouane en 1881) habría de resurgir aquilatada, para ocupar definitivo sitio de prelación en los orígenes de la novela argentina.

 

 

 

 

Ricardo Rojas

Historia de la Literatura Argentina.  Ensayo filosófico sobre la evolución de la cultura en el Plata.  Los Modernos; Vol VIII. Editorial Losada, Buenos Aires,1948

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