On Liberty: ¿cómo coordinar la independencia individual y el control social?

22 Abr

 

 

SOBRE LA LIBERTAD (1859)

 

John Stuart Mill

Ed. Orbis, S.A.  HYSPAMERICA; 1985. Traducción de Josefa Sainz Pulido

 

 

El gran principio, el principio culminante, al que se dirigen todos los argumentos contenidos en estas páginas, es la importancia absoluta y esencial del desenvolvimiento humano en su riquísma diversidad.

Wilhelm von Humboldt  (Esferas y deberes del gobierno)

 

 

 

 

Princesa García lee los clásicos...comiendo chocolate, ¿por qué no?

Princesa García lee los clásicos…comiendo chocolate, ¿por qué no?

                                                                                     

    Al igual que las demás tiranías, también esta tiranía de la mayoría fue temida en un principio y todavía hoy se la suele tener, sobre todo cuando obra por medio de actos de autoridad pública.  Pero las personas reflexivas observaron que cuando la sociedad es el tirano -la sociedad colectivamente, y sobre todo los individuos aislados que la componen- sus medios de tiranizar no se reducen a los actos que ordena a sus funcionarios políticos.  La sociedad puede ejecutar, y ejecuta de hecho, sus propios decretos; y si ella dicta decretos imperfectos, o si los dicta a propósito de cosas en que no se debería mezclar, ejerce entonces una tiranía social mucho más formidable que la opresión legal: pues, si bien esta tiranía no tiene a su servicio tan fuertes sanciones, deja, en cambio, menos medios de evasión, pues penetra mucho más a fondo en los detalles de la vida, llegando hasta a encadenar el alma.  No basta, pues, con una simple protección contra la tiranía del magistrado.  Se requiere, además, protección contra la tiranía de las opiniones y pasiones dominantes; contra la tendencia de la sociedad a imponer como reglas de conducta sus ideas y costumbres a los que difieren de ellas, empleando para ello medios que no son precisamente las penas civiles; contra su tendencia a obstruir el desarrollo e impedir, en lo posible, la formación de individualidades diferentes,  y a modelar, en fin, los caracteres con el troquel del suyo propio.  Existe un límite para la acción legítima de la opinión colectiva sobre la independencia individual: encontrar este límite y defenderlo contra toda usurpación es tan indispensable para a buena marcha de las cosas humanas como la protección contra el despotismo político.

 

Pero si esta proposición no es discutible en términos generales, su aspecto práctico, es decir, dónde se ha de colocar ese límite -en otras palabras, cómo coordinar adecuadamente la independencia individual y el control social-, es tema sobre el cual casi todo está por hacer.  Todo lo que da valor a  nuestra existencia depende de las restricciones impuestas a las acciones de nuestros semejantes; en consecuencia, se requieren ciertas normas de conducta impuestas, en primer lugar, por la ley y, en segundo lugar, por la opinión, en aquellos casos, muy numerosos, en que no es pertinente la acción de la ley.  El problema principal que se plantea en los asuntos humanos sn saber cuáles han de ser esas reglas; pero, excepción hecha de algunos casos notables, la verdad es que se ha hecho muy poco por llegar a una solución.  No hay dos países, ni dos siglos, que hayan llegado a la misma conclusión, y la conclusión de un siglo o de un país es materia de asombro para otro cualquiera.  Sin embargo, las gentes de cada siglo y de cada país no han pensado que dicho problema sea más complicado de lo que lo es cualquier asunto en que la humanidad ha estado siempre de acuerdo.  Las reglas que han establecido son tenidas por evidentes y justificables en sí mismas.  Esta ilusión, casi universal, es uno de los ejemplos de lo que puede la influencia mágica de la costumbre, que no es solamente, como dice el proverbio, una segunda naturaleza, sino que a menudo es considerada como la primera.  El efecto de la costumbre, al impedir las dudas que pudieran surgir a propósito de las reglas de conducta que la humanidad impone, es total debido a que, sobre este tema, nunca se ha considerado necesaria la exposición de razones, bien se tratase de los demás, bien de uno mismo.  Se suele creer (y ciertas personas que aspiran al título de filósofos nos afirman en esta creencia) que en temas de tal naturaleza los sentimientos valen más que las razones y hacen a estas inútiles.  En las opiniones sobre la ordenación de la conducta humana nos guía el principio práctico de que los demás deben obrar como nosotros y los que con nosotros simpatizan desearíamos que obraran.  En verdad que nadie confiesa que el principio regulador de su juicio  en tales materias sea su propio gusto; pero una opinión sobre materia de conducta que no esté avalada por razones nunca podrá ser considerada más que como una preferencia personal; y si las razones que pueden aducirse no son más que una simple apelación a este caso estamos ante el capricho de varias personas, en lugar de serlo de una sola.  Sin embargo, para el hombre corriente, su preferencia personal no sólo es una razón perfectamente satisfactoria, sino también la única de donde proceden todas sus nociones de moralidad, gustos y conveniencias no inscritas en su credo religioso; aún más, es su guía principal en la interpretación de éste.

 

Por consiguiente, las opiniones humanas sobre lo laudable y lo recusable se hallan afectadas por todas las diversas causas que influyen sobre sus deseos en relación con la conducta de los demás, siendo tan numerosas como las que determinan sus deseos con respecto a cualquier asunto.  A veces su razón, otras su prejuicios y supersticiones, a menudo sus afecciones sociales y no pocas veces las antisociales, la envidia o los celos, la arrogancia o el desprecio; pero lo más común es que al hombre le guíen sus deseos y temores, es decir, su propio interés, sea legítimo o ilegítimo.  Dondequiera que exista una clase dominante, la moral pública derivará de los intereses de esa clase, así como de su sentimiento de superioridad.  La moral que rige las relaciones entre espartanos e ilotas, entre colonos y negros, entre príncipes y súbditos, entre nobles y plebeyos, entre hombres y mujeres, ha sido casi siempre fruto de esos intereses y sentimientos de clase; las opiniones así engendradas operan a su vez sobre los sentimientos morales de los miembros de la clase dominante en sus relaciones recíprocas.  Por otra parte, dondequiera que una clase, dominante en otro tiempo, ha llegado a perder su ascendiente, o mejor aún, allí donde su ascendencia no es aceptada por el pueblo, los sentimientos morales que prevalecen llevan el distintivo de una impaciente aversión de la superioridad.  Otro gran principio determinante de las reglas de conducta -para la acción y para la abstención-, sancionado por el Derecho o por la opinión, ha sido el servilismo de la especie humana ante las supuestas preferencias o aversiones de sus dueños temporales o de sus dioses.  Tal servilismo, aunque egoísta en esencia, no es precisamente hipocresía, y ha dado ocasión a sentimientos de horror verdaderamente sinceros, inspirando a los hombres la quema de magos y herejes…

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